La escena lo dice todo. Un médico mira las imágenes del escáner y, en voz alta, dice: «Esto no es posible». Las metástasis hepáticas habían desaparecido. Los tumores en otros órganos se habían reducido de forma drástica. Las biopsias no mostraban células cancerosas vivas. El paciente tenía 17 años y, semanas antes, estaba sin opciones terapéuticas.
El caso fue publicado el 12 de agosto en el New England Journal of Medicine por un equipo del Hopp Children's Cancer Center en Heidelberg, Alemania. El paciente —un adolescente que había sido diagnosticado con cáncer de riñón a los 7 años— había logrado mantener la enfermedad a raya durante casi una década, pero el tumor regresó y se extendió a múltiples órganos, incluido el cerebro. El equipo tratante, encabezado por el doctor Christian Seitz, jefe del Programa de Terapia Celular y Génica del centro, decidió intentar algo que la oncología convencional no suele recomendar para tumores sólidos avanzados: una terapia de células T modificadas.
La distinción técnica importa. Durante los últimos veinte años, las llamadas células CAR-T han transformado el tratamiento de ciertos cánceres, en particular los hematológicos. El mecanismo es conocido: se extraen células T del paciente, se reprograman para identificar una proteína específica en la superficie de las células cancerosas y se reinfunden. Los resultados, cuando funcionan, pueden ser extraordinarios. El problema es que los tumores sólidos —aquellos que forman masas en tejidos y órganos— generan su propio microambiente molecular, una suerte de escudo que neutraliza a las células T convencionales. «El dogma de los últimos diez años era, básicamente, que si tienes un tumor sólido grande, esto no va a funcionar», dice Seitz en la publicación.
Lo que el equipo de Heidelberg empleó es una variante distinta: la terapia de receptor de células T modificado, conocida como TCR-T. En este enfoque, el blanco no es una proteína en la superficie de la célula cancerosa, sino una proteína dentro de la célula. Eso amplía el catálogo de dianas posibles y, según Seitz, permite que las células T actúen de forma más parecida a las células inmunes naturales, lo que podría explicar su mayor eficacia frente a tumores sólidos.
El blanco elegido fue una proteína llamada PRAME, que los científicos ya investigaban como diana terapéutica en melanoma y sarcoma, y que parece estar presente en muchos cánceres pediátricos. El equipo trabajó con Immatics Biotechnologies, una empresa alemana que conduce ensayos clínicos con tratamientos centrados en PRAME, para producir las células destinadas a la infusión.
El procedimiento no fue sencillo. Tras la infusión, el paciente pasó aproximadamente dos semanas en la unidad de cuidados intensivos. Ocho semanas después, llegó a su cita de seguimiento. Los resultados dejaron al propio Seitz sin palabras. Más de un año después de aquel momento, el joven sigue sin signos detectables de cáncer. Y lo que es más relevante desde el punto de vista científico: su sangre todavía contiene células T que buscan activamente la proteína PRAME, lo que sugiere que su sistema inmune podría ser capaz de eliminar futuras recurrencias por sí solo.
Rimas Orentas, profesor adjunto en la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health y director de inmunoterapia en Miltenyi Biotec —quien no participó en el estudio—, calificó el hallazgo de sorprendente. «Los tumores sólidos están entretejidos en tus tejidos», señaló. «Eso hace que sea muy difícil para las células T modificadas actuar. Esa es la parte sorprendente de este artículo». Orentas también advirtió, con la cautela propia del campo, que este tipo de tratamientos no funciona para todos los pacientes ni para todos los cánceres: «Solo unos pocos pacientes se benefician, pero cuando se benefician, el beneficio es real».
Seitz ya planea un ensayo clínico con 18 pacientes pediátricos cuyos tumores expresen PRAME. Esta semana volvió a ver a su paciente recuperado. El fin de semana anterior, el joven había participado en un evento de ciclismo extremo de montaña. «Aparentemente bajan a toda velocidad entre árboles y rocas», contó Seitz. «Y yo pensaba: '¡Por favor, no te choques contra un árbol!'».
Hemisferio observa en este caso algo que la burocracia regulatoria suele pasar por alto: la innovación que salva vidas nace en laboratorios que asumen riesgos, no en comités de consenso. La colaboración entre el centro hospitalario de Heidelberg y una empresa privada como Immatics Biotechnologies es precisamente el modelo que permite pasar del dogma al descubrimiento. El siguiente paso —el ensayo clínico con 18 pacientes— dirá si este resultado extraordinario puede convertirse en protocolo. Mientras tanto, un adolescente baja montañas a toda velocidad. Y eso, por sí solo, ya es una noticia.


