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El celular propio, el lastre silencioso en la mochila escolar

Un estudio de la UCLA revela que los niños de primaria con teléfono propio obtienen peores resultados en comprensión lectora, incluso cuando el aparato no está en uso durante las pruebas. La evidencia complica el debate sobre pantallas y educación.
Imagen ilustrativa
viernes 31 de julio de 2026

La escena lo dice todo: el celular no estaba sobre el escritorio, no recibía notificaciones y, técnicamente, no interrumpía nada. Y aun así, los niños que lo poseían leían peor.

Eso es, en esencia, lo que encontró un equipo de investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) en un estudio publicado en la revista Behavioral Sciences. La investigación evaluó a estudiantes de tercero y sexto grado en colegios donde se permitía llevar teléfonos móviles. Los participantes se dividieron entre quienes contaban con un celular propio y quienes no. El ejercicio incluyó tres pasos: los niños leyeron textos breves, respondieron preguntas para medir su nivel de comprensión lectora y participaron en una encuesta sobre el uso y la tenencia de dispositivos móviles.

Los resultados mostraron una relación estadísticamente significativa entre tener un celular propio y registrar un menor puntaje en las pruebas de comprensión lectora. Patricia Greenfield, autora principal del estudio y profesora en el departamento de psicología de la UCLA, precisó que el factor relevante no era la presencia del dispositivo durante las clases o las evaluaciones, sino la posesión misma del teléfono.

El matiz importa, y mucho. Durante las pruebas, los celulares no recibían notificaciones, de modo que la distracción causada por alertas quedó descartada como variable. Tampoco se encontraron diferencias en los puntajes cuando los dispositivos estaban a la vista o retirados del entorno inmediato de los estudiantes. Lo que el estudio detectó fue una correlación entre la tenencia del aparato y el desempeño académico en lectura, independientemente de si el teléfono estaba presente o no en el momento de la evaluación.

Los investigadores son cuidadosos con el alcance de sus conclusiones. Advierten que los resultados no permiten afirmar que tener un celular cause directamente una menor comprensión lectora. Señalan que se requieren estudios adicionales para determinar si existen otras variables que expliquen la correlación, como el tiempo de pantalla acumulado, los hábitos de lectura en el hogar o el nivel socioeconómico de las familias.

Pero la cautela académica no borra el hallazgo central: la conexión existe, es medible y no se debe al azar.

Para entender el presente hay que volver a ese dato incómodo. El debate sobre celulares en las aulas solía girar en torno a un argumento simple: si el teléfono está guardado, el daño es nulo. El estudio de la UCLA erosiona esa lógica. El impacto, según sus autores, podría no limitarse al tiempo que el niño pasa mirando la pantalla en clase, sino extenderse a dinámicas más amplias relacionadas con la posesión misma del dispositivo. Qué ocurre en casa, cómo se estructuran las horas libres, qué desplaza al libro en la rutina cotidiana: esas preguntas quedan abiertas y urgentes.

Varios países europeos y algunos estados de Estados Unidos ya han impulsado restricciones al uso de celulares durante la jornada escolar, argumentando que afectan la concentración y el aprendizaje. Los resultados de la UCLA añaden una capa adicional a esa discusión institucional.

Desde la perspectiva de Hemisferio, los detalles cuentan la historia. Este estudio no es un alegato contra la tecnología ni una nostalgia por la pizarra; es evidencia de que las decisiones de los padres y las políticas de los colegios tienen consecuencias medibles sobre una habilidad fundacional: leer y comprender. La comprensión lectora no es un indicador más en una planilla escolar; es la infraestructura cognitiva sobre la que se construye todo aprendizaje posterior, desde las matemáticas hasta la capacidad de evaluar información en un mundo saturado de ruido digital.

La pregunta que el estudio deja sobre la mesa no es tecnológica sino de principios: ¿quién decide cuándo y cómo un niño accede a un dispositivo que, según la evidencia disponible, puede afectar su desarrollo? La respuesta debería ser la familia, orientada por datos como estos, y no el algoritmo de una plataforma diseñada para maximizar el tiempo de pantalla. Esa distinción, entre autonomía informada y dependencia inducida, es precisamente la que vale la pena defender.

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