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El CD vuelve a ganar terreno y el precio del vinilo empuja el cambio en las disquerías

En tiendas de Santiago y en fabricantes vinculados al formato, el compacto aparece con más demanda, más reediciones y más interés de artistas. La escena lo dice todo: cuando el vinilo se encarece, el CD recupera un lugar que nunca terminó de irse.
Imagen generada con IA
domingo 20 de septiembre de 2026

La decisión sorprendió a más de un cliente. Cuando Alejandro Acuña abrió una nueva tienda de Kind of Blue en calle Merced, en el Barrio Lastarria, escuchó la misma pregunta una y otra vez: «¿y vas a vender solo vinilos?». La respuesta fue otra. El local dispone solamente de música en formato CD ROM, y eso, dice Acuña, llama la atención.

«Lo encuentro un poco bizarro incluso, porque te dicen ‘no, pero si el vinilo es lo que se vende’. Pero la verdad es que está dividido», dijo al teléfono con Culto. Su apuesta, lejos de ser una rareza aislada, refleja un movimiento más amplio en las disquerías y en la producción de música física.

Acuña sostiene que el mercado de los cedés nunca se extinguió. «En general, nosotros nunca dejamos de vender CD», afirma. «Empezó a llegar el vinilo y cuando estaba de moda la gente me hinchaba por tener más y más vinilos cada vez. Y ahora yo sé que hay una tribu más demandante de CD». Para él, más que un auge súbito, el formato ha mantenido una base constante de compradores.

También ubica un punto de inflexión en la pandemia. «En pandemia empezamos a ganar harto público de CD. Pero en realidad, veníamos hace mucho rato. Nosotros nunca hemos cortado de venderlos», dice. Y añade una cifra que ayuda a explicar por qué el compacto vuelve a aparecer con fuerza en vitrinas y conversaciones.

«Te diría que en unidades, vendemos unos 2.500 cedés versus unos 600 vinilos», afirmó. «En plata, el vinilo es mucho más caro y en términos nominales es más poderoso por lo que vale, pero la gente busca mucho el CD». Según Acuña, un CD usado puede salir «10 lucas» y uno nuevo «20 lucas», mientras que un vinilo puede costar «30, 35, hasta 40 lucas», según dónde se compre. El precio, dice, cambia el comportamiento de compra.

Esa misma presión aparece en la otra gran tienda consultada, Monophone, con locales en Santa Isabel y el Mall Los Dominicos. Su dueño, Juan Pablo Bastidas, contó que al principio solo trabajaban con compactos usados o de segunda mano, pero desde el año pasado sumaron discos nuevos. «Nos dimos cuenta de había harta demanda», explicó a Culto.

La lista de títulos más vendidos muestra otra pista. «El disco más vendido que hemos tenido estos últimos dos meses ha sido Thriller y el grandes éxitos Number Ones de Michael Jackson, son los CD top de venta», apuntó Bastidas. También mencionó a Rosalía con Motomami y, entre los chilenos, a Los Prisioneros con Corazones y Pateando Piedras. Sobre el crecimiento de la categoría, añadió que la venta de CDs del último año, comparada con agosto, «subió casi un 40 o 50%».

En estas tiendas, además, la compra se cruza con la agenda de conciertos. Bastidas explica que el CD gana ventaja porque ofrece un objeto físico manejable con letras, fotografías e información del artista. «La gente que va ir al concierto quiere tener el objeto físico, porque la experiencia fue buena en el show o porque quiere conocer las letras, porque Spotify o las plataformas digitales no te dan esa ventaja del objeto físico», dice. Por eso, agrega, al planear stock también miran los conciertos que vienen.

Acuña ve algo parecido cerca del hotel The Singular, donde se hospedó Rosalía en su visita reciente al país para hacer cuatro fechas. «Llegó un montón de gente preguntando por el Motomami y por las distintas cosas de la Rosalía», cuenta. Según él, «probablemente vendimos 15 o 20 CD, versus 6 o 7 vinilos», con una diferencia de precio que vuelve al compacto más accesible para parte del público.

El giro no se explica solo por la demanda en vitrina. También hay interés de artistas y sellos por poner su música en formato físico. Desde Laser Disc, empresa fabricante de discos, Javier Silvera, encargado de contenidos artísticos, dice que «hay una mayor demanda para preguntar por la opción de fabricar cedés por parte de los artistas». Añade que eso se traduce en «mayores volúmenes de fabricación» y en una «revalorización del formato».

Silvera explica que algunos artistas lo ven como mercancía de venta rápida y otros por el sonido. Incluso señala que ahora les proponen un modelo de «vinilo + CD». La empresa tiene una planta con dos máquinas Pheenix Alpha prensadoras de vinilos en Colina, mientras que para los compactos se abastecen desde una planta que opera en Buenos Aires, Argentina.

El dato central es claro: el CD nunca desapareció, pero hoy vuelve a ganar espacio porque combina precio, utilidad y nostalgia física. En una industria marcada por plataformas digitales y por un vinilo cada vez más caro, el compacto ofrece una puerta de entrada más barata para el consumidor y una opción comercial más flexible para las tiendas.

La escena también deja una lección más amplia sobre los incentivos. Cuando el precio del vinilo se dispara, una parte del mercado busca sustitutos. Y cuando el público quiere un objeto, no solo escucha música: compra letras, carátulas, memoria y pertenencia. Eso explica por qué el CD, contra todo pronóstico, sigue en pie.

Para la libre empresa, el fenómeno es una buena noticia: donde hay demanda, aparecen ofertas; donde un formato se encarece, otro recupera espacio. En vez de forzar una moda única, el mercado vuelve a ordenar la trastienda con una lógica simple y poderosa: el consumidor decide con su bolsillo. Y en ese desenlace, el CD encontró una segunda vida.

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