La escena no tiene fecha precisa ni un discurso memorable. No hubo un día en que Argentina decidiera abandonar su sistema educativo. El deterioro llegó como llegan las deudas que nadie quiere mirar: en silencio, acumulándose, hasta que los números ya no admiten otra lectura.
En 2022, según las evaluaciones del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), Argentina obtuvo alrededor de 378 puntos en matemática y 401 en lectura. Ambas cifras quedan muy por debajo del promedio de la OCDE. Más grave aún: la mayoría de los estudiantes argentinos no alcanza los niveles mínimos en ninguna de las dos áreas. No es un rezago marginal. Es una fractura estructural.
Para entender el presente hay que volver a esa semana —o a esas décadas— en que la educación dejó de ser prioridad. Ya a fines de los años noventa, Guillermo Jaim Etcheverry advertía sobre lo que llamaba «la tragedia» del deterioro progresivo del sistema educativo argentino y sus consecuencias sociales. Mariano Narodowski, por su parte, ha señalado que la escuela argentina enfrenta una crisis tanto de sentido como de calidad, en la que los avances en inclusión no siempre estuvieron acompañados por aprendizajes efectivos. Dos diagnósticos, una misma conclusión: el problema no es nuevo y tampoco fue ignorado. Fue postergado.
El contraste histórico es difícil de esquivar. Durante buena parte del siglo XX, Argentina exhibió indicadores educativos que la posicionaban favorablemente en la región. La expansión de la educación pública, la alfabetización temprana y la valorización social del conocimiento fueron los pilares de un proyecto de movilidad ascendente. Ese impulso no se sostuvo. La falta de continuidad en las políticas, la pérdida de calidad, la fragmentación del sistema y la desigualdad educativa creciente marcaron el inicio de lo que el autor Martín Rafael López describe como un proceso de «desdesarrollo».
Hoy la crisis se expresa en varias dimensiones simultáneas: bajos niveles de aprendizaje, abandono escolar, deterioro en la formación docente y una desconexión creciente entre lo que enseña la escuela y lo que demanda el mundo contemporáneo. No es, según el análisis, un problema exclusivo de recursos. Es un problema de prioridades, de visión estratégica y de consenso social. La educación dejó de ser el eje ordenador del desarrollo para convertirse, en muchos casos, en una variable de ajuste.
Los detalles cuentan la historia. Las economías que lideran el siglo XXI no son las que cuentan con más recursos naturales, sino las que han invertido de manera sistemática en la formación de su población. La productividad, la diversificación económica y la capacidad de insertarse en cadenas de valor globales dependen, en gran medida, de sistemas educativos robustos. Cuando esos sistemas fallan, el resultado suele ser estancamiento prolongado, economía primarizada y desigualdad creciente. Argentina conoce ese resultado.
La propuesta que emerge del diagnóstico apunta a recuperar la evaluación objetiva —de alumnos y de docentes— como herramienta de diagnóstico y como incentivo al esfuerzo. Implica también reformas profundas, inversión sostenida y un compromiso que trascienda los ciclos electorales. En palabras del análisis: «el futuro no se construye con improvisación, sino con planificación y conocimiento».
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Hemisferio lee estos datos con preocupación, pero también con claridad sobre sus causas. Durante décadas, el aparato estatal argentino expandió el gasto educativo sin exigir resultados medibles, protegió estructuras sindicales que bloquearon la evaluación docente y convirtió la escuela en escenario de disputas ideológicas antes que en fábrica de capacidades. El resultado está en las tablas de PISA: un país que alguna vez exportó profesionales y científicos hoy no garantiza comprensión lectora básica a la mayoría de sus estudiantes.
La recuperación educativa que Argentina necesita no es un programa de emergencia ni un eslogan de campaña. Es una política de Estado que evalúe, que premie el mérito, que devuelva autoridad al docente y sentido al aula. Sin ese capital humano, el ajuste fiscal de Milei —por necesario que sea— construye sobre arena. La libertad económica sin ciudadanos capaces de ejercerla es una promesa a medias.



