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El cangrejo que tritura lo que el mar tarda siglos en romper

Investigadores de la Universidad de Antioquia descubrieron que el cangrejo violinista fragmenta microplásticos en semanas dentro de su sistema digestivo, alterando la comprensión científica del ciclo del plástico en los manglares del Caribe colombiano.
Imagen ilustrativa
viernes 24 de julio de 2026

La escena lo dice todo. En los manglares cercanos al muelle turístico Pisisí, en Turbo, un crustáceo de pocos centímetros estaba haciendo en semanas lo que el sol, las olas y la arena tardan décadas —o siglos— en completar.

Investigadores de la Universidad de Antioquia identificaron que el cangrejo violinista (Minuca vocator) ingiere partículas plásticas y las fragmenta dentro de su aparato digestivo antes de expulsarlas al ambiente en porciones aún más pequeñas. El estudio, desarrollado entre 2022 y 2024 por científicos de los institutos de Ciencias del Mar y de Biología de la UdeA, encontró que estos crustáceos pueden consumir, en promedio, 49 partículas de plástico por individuo.

Los detalles cuentan la historia. Para rastrear el recorrido del plástico dentro del organismo, los investigadores utilizaron microesferas fluorescentes de polietileno. De los 95 ejemplares analizados, 91 incorporaron esas partículas: una de las tasas de absorción más altas registradas en condiciones naturales. La explicación que ofrece el equipo científico apunta a la estructura misma del estómago del animal, que actuaría como un mecanismo triturador al procesar el material.

Hasta ahora, la ciencia atribuía la fragmentación del plástico principalmente a la exposición prolongada a la radiación solar, el oleaje y la abrasión de la arena —procesos que pueden extenderse durante décadas o incluso siglos—. La evidencia reunida en Urabá demuestra que los mecanismos biológicos también pueden acelerar significativamente esa transformación, lo que representa, según los propios investigadores, un cambio importante en la comprensión del comportamiento de los plásticos en la naturaleza.

El trabajo no se detiene allí. Como parte de la misma línea de investigación, otro estudio de la UdeA identificó que al menos 19 grupos de organismos presentes en los manglares pueden modificar físicamente distintos tipos de plástico mediante un proceso conocido como bioerosión, lo que sugiere que la actividad biológica tiene un papel mucho más relevante de lo que se creía en la transformación de estos materiales.

Pero el hallazgo trae consigo una paradoja incómoda. Que el cangrejo acelere la fragmentación no significa que el plástico desaparezca: por el contrario, la reducción del tamaño de los residuos podría facilitar que microplásticos y nanoplásticos ingresen con mayor facilidad a la cadena alimentaria de otros animales del ecosistema. El estudio no encontró efectos directos sobre la salud de los cangrejos con las variables evaluadas, pero los investigadores advierten que todavía es necesario analizar las consecuencias de largo plazo para esta especie y para los organismos que pudieran ingerir partículas aún más pequeñas.

El escenario no es menor. Los manglares del Golfo de Urabá son considerados uno de los principales puntos de acumulación de plásticos en el Caribe colombiano, debido a las corrientes marinas que arrastran desechos desde diferentes ríos y costas del país y de Centroamérica. Esa condición ha convertido a la región en un laboratorio natural para estudiar cómo interactúan los organismos vivos con estos contaminantes.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que los datos del laboratorio confirmaron lo que los investigadores sospechaban: la naturaleza tiene sus propios mecanismos de respuesta ante la contaminación plástica, y algunos de ellos llevan pinzas.

Lo que la investigación de la UdeA pone sobre la mesa va más allá de la biología marina. Revela que el problema del plástico en los ecosistemas costeros es más complejo —y más urgente— de lo que los modelos anteriores sugerían. Fragmentar no es eliminar: es multiplicar el vector de contaminación y hacerlo invisible. Mientras los gobiernos de la región debaten marcos regulatorios sobre residuos plásticos con la lentitud característica del aparato burocrático, la naturaleza ya está procesando el problema a su manera, con consecuencias que la ciencia apenas comienza a cartografiar.

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