La escena lo dice todo. Mientras el debate global sobre inteligencia artificial se libra en los grandes laboratorios de Silicon Valley y en los parlamentos de Bruselas, un país de cuatro millones de habitantes en el istmo centroamericano decidió que no iba a quedarse mirando desde la orilla.
Panamá prepara una ley de gobernanza adaptativa de inteligencia artificial que ya se encuentra en el Parlamento, y acaba de lanzar lo que llama la Agenda Nacional de Tecnologías Avanzadas, centrada en IA, semiconductores y microelectrónica. El titular de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt), Eduardo Ortega Barría, lo resumió sin rodeos: «La tecnología es la palanca más importante de crecimiento que tienen los países».
Para entender el presente hay que volver a esa apuesta. Panamá no llegó sola a esta mesa. El país forma parte de la iniciativa 'Pax Silica', lanzada por Estados Unidos en 2025 para garantizar cadenas de suministro de IA y semiconductores. La iniciativa ya cuenta con 24 socios, entre ellos Australia, Japón, Israel, el Reino Unido, los Países Bajos, India y Finlandia. Estar en esa lista, explicó Ortega Barría, «es importante» porque permite al país «escuchar y expresar su visión de agregarle valor a esa cadena de suministros».
Los detalles cuentan la historia. El nicho que Panamá quiere ocupar en el ecosistema global de semiconductores tiene nombre técnico: ATP, por sus siglas en inglés, que corresponde a ensamblaje, prueba y empacado de chips. Según Ortega Barría, Estados Unidos apenas maneja el 3 % de toda la capacidad mundial de ATP, lo que obliga a que los semiconductores que produce viajen hasta Asia para ser evaluados, probados y empacados. La propuesta panameña es directa: «Panamá está más cerca», y cuenta con ventajas logísticas para asumir ese rol.
El ecosistema existe, aunque es incipiente. Desde hace dos años funciona una Comisión de Innovación en Microelectrónica y Semiconductores, y ya hay 26 organizaciones privadas que producen semiconductores en el país. Una primera generación de profesionales formados en posgrados y maestrías en Estados Unidos está por regresar. En paralelo, se trabaja en la creación de un Centro Avanzado de Semiconductores en la Universidad Tecnológica de Panamá, institución pública, y las universidades nacionales avanzan en maestrías de IA.
La ley de IA que se debate en el Parlamento propone un modelo de «gobernanza adaptativa»: un marco regulatorio que permita probar normas en un ambiente controlado antes de convertirlas en ley, con revisiones cada tres o seis meses. El objetivo declarado es hacer del país un destino atractivo para la aplicación e innovación en IA, sin renunciar a parámetros de seguridad y protección individual. «Queremos ser un hub de innovación», dijo Ortega Barría.
El financiamiento es el nudo. Ortega Barría reconoció que el desarrollo de estos campos requiere recursos ingentes, que deberán provenir de fuentes públicas y privadas, con énfasis en la inversión extranjera. La formación de talento humano, señaló, debe comenzar desde las etapas educativas más tempranas.
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Lo que Panamá está construyendo, con todas sus limitaciones de escala, es exactamente el tipo de apuesta que los países pequeños con instituciones estables pueden ganar: no competir en fabricación masiva, sino insertarse en la cadena de valor global desde una posición geográfica y logística privilegiada. El Canal le enseñó esa lección hace más de un siglo.
La alineación con 'Pax Silica' no es un detalle menor. En un mundo donde las cadenas de suministro tecnológico se están reorganizando en torno a bloques de confianza, estar del lado de las democracias de mercado —y no del lado de Beijing— tiene consecuencias económicas concretas. Para el gobierno de Mulino, esta agenda no es solo política industrial: es también una declaración de posicionamiento geopolítico. El libre mercado y la inversión extranjera son los motores; la estabilidad jurídica, el combustible. Si Panamá logra sostener ambos, el hub no será solo una aspiración.



