La escena lo dice todo. En el Salón Metropolitano de Rosario, con la Mesa de Enlace en primera fila y el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, junto al intendente Pablo Javkin en el estrado, el 34° Congreso de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) abrió el martes bajo un lema que no dejaba lugar a interpretaciones: «Nuestro suelo, nuestra voz».
El presidente de la entidad, Marcelo Torres, fue directo desde el arranque. Describió un mundo sacudido por tensiones geopolíticas, disputas comerciales y un reordenamiento del comercio global que, en su lectura, convierte a la Argentina en protagonista potencial: un exportador de alimentos y energía en un momento en que la seguridad alimentaria pesa más que el precio. «Tenemos más oportunidades de tener conversaciones serias y con base científica», afirmó ante productores, empresarios y funcionarios reunidos en Rosario.
Pero Torres no se quedó en el diagnóstico optimista. Puso sobre la mesa la contradicción de fondo: el país lleva décadas sometiendo al sector productivo a una presión fiscal que, según sus palabras, impidió el salto que el agro necesitaba. «No podemos, como se ha hecho mucho tiempo, someter al sector productivo a una presión fiscal tremenda», señaló. Y fue más lejos: cuestionó la narrativa que durante años enfrentó al campo con parte de la opinión pública, acusándolo de no generar empleo o de dañar el ambiente.
El contraste que eligió para ilustrar su argumento fue Brasil. Según Torres, ese país logró expandir su producción gracias a reglas estables, inversión en ciencia y ausencia de derechos de exportación. La comparación no fue casual: es el espejo incómodo que el agro argentino lleva años sosteniendo frente a Buenos Aires.
La imagen que dejó Torres para el cierre de su exposición resumió décadas de historia en una frase: «Generamos una superraza de productores, pero ahora tendríamos que volver a tener reglas claras, infraestructura para poder llevar esto a otro nivel». La adaptación permanente a reglas cambiantes forjó resiliencia, pero también agotó energía que pudo haberse volcado en inversión y tecnología.
Luego tomó la palabra el secretario de Agricultura, Sergio Iraeta, quien realizó un extenso balance de las políticas del gobierno nacional. Iraeta defendió el rumbo de la administración de Javier Milei y enumeró la estabilización macroeconómica, el equilibrio fiscal, la desregulación y la reducción de impuestos como avances concretos para mejorar las condiciones de producción e inversión.
Sobre el punto más sensible para el sector, Iraeta fue explícito: «Nuestro objetivo es eliminar definitivamente las retenciones y la única manera de hacerlo de forma permanente es sostener el equilibrio fiscal y la estabilidad macroeconómica». La promesa no es nueva, pero el contexto en que se pronunció —un gobierno que exhibe superávit fiscal como bandera— le da una densidad distinta a la que tuvieron compromisos similares en el pasado.
El secretario también planteó la necesidad de avanzar en una nueva legislación sobre propiedad intelectual en semillas para estimular la investigación y la incorporación de tecnología. Y reformuló el desafío productivo: no se trata de producir menos, sino de producir más y mejor, aumentar rendimientos, reducir pérdidas y mejorar la salud de los suelos.
Los detalles cuentan la historia. El congreso se realiza en un momento en que el comercio global se fragmenta y las grandes potencias pelean por cadenas de suministro alimentario. Para países como la Argentina, ese desorden puede ser una palanca —si las condiciones internas lo permiten.
Lo que quedó en el aire en el Salón Metropolitano es la pregunta que el campo lleva décadas formulando: ¿cuándo las condiciones internas estarán a la altura de las oportunidades externas? Torres lo dijo sin rodeos: primero generar, luego distribuir. Es un principio elemental de economía que el aparato estatal argentino tardó décadas en reconocer. Que el secretario de Agricultura lo respalde desde el estrado, en nombre de un gobierno que hizo del equilibrio fiscal su razón de ser, sugiere que, al menos en el discurso, la dirección cambió. El campo, que ya no cree en promesas sino en reglas, tomará nota —y esperará los hechos.



