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El campo argentino no es una reliquia: es parte del motor económico

Un ensayo de Fernando de Estrada sostiene que la pobreza rural no se explica por la propiedad de la tierra, sino por el atraso tecnológico y la ruptura entre campo y ciudad. En su lectura, la Argentina ya ensayó una «reforma agraria capitalista de mercado» que el debate político suele ignorar.
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miércoles 14 de octubre de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la economía dejó de ser una sola y la ciudad industrial absorbió trabajo humano por necesidad. Desde ese giro, describe Fernando de Estrada, se levantó una muralla entre campo y ciudad, y la pobreza rural pasó a ser un problema distinto al de la vida urbana.

La tesis central del texto es incómoda para buena parte del repertorio ideológico latinoamericano: la pobreza del campo no se resuelve romanticando la pequeña escala ni idealizando formas de producción supuestamente ecológicas. De Estrada sostiene que muchos movimientos políticos siguen cautivos de estructuras mentales más que centenarias y que sus programas reformistas, al ignorar la tecnología moderna y los mercados ampliados, terminan conservando las causas de pobreza.

El artículo toma distancia de esa mirada y vuelve a la experiencia argentina. Allí, afirma, los colonizadores españoles encontraron tribus nómades trashumantes en gran parte del territorio, sin una relación profunda con la tierra en el sentido de la propiedad. Como no había trabajadores forzados ni una estructura latifundista comparable a la de otros lugares, lo que adquirió valor económico fue lo que podía explotarse con trabajo sobre la tierra: el ganado y los enseres de labranza.

De esa matriz surgieron relaciones jurídicas contractuales y una producción orientada al mercado. El autor la define, con cautela, como un sistema embrionario de capitalismo. El dato que usa para reforzar esa idea es el salario rural: cita a la historiadora Hilda Sábato para señalar que «en 1804 el salario en pesos oro en la campaña de Buenos Aires era de aproximadamente 7,50 pesos; en 1849 había aumentado a 10, en 1864 a 12, y llegaría a 15 en 1904;… entre 1845 y 1884 el ingreso anual de los asalariados en la campaña bonaerense se duplicó».

La escena lo dice todo. Mientras en el discurso político latinoamericano la tierra suele aparecer como el origen de todos los males, el ensayo recuerda que en la Argentina el campo estuvo desde el comienzo atado a la ciudad por una lógica capitalista y por la expansión tecnológica. Del molino a la agricultura de precisión, dice de Estrada, el desarrollo agropecuario no se explica como un resto del pasado, sino como una plataforma de modernización.

En ese punto, el texto insiste en que la riqueza agropecuaria no quedó encerrada en el medio rural. Las actividades de comercialización y transformación industrial de las materias primas generaron puestos de trabajo y oportunidades económicas también en las ciudades. Es decir, el campo no funcionó como un compartimento estanco, sino como parte de una economía integrada.

Ese argumento conecta con otra frase fuerte del ensayo: la llamada «reforma agraria capitalista de mercado» iniciada en la segunda parte del siglo XX habría hecho del campo no solo una gran fábrica de alimentos, sino también de productos industriales. En su lectura, esa trayectoria desmiente la idea de que el desarrollo rural depende de romper con la propiedad o de volver a formas de producción pequeñas por principio.

El texto también enlaza la experiencia local con un debate regional más amplio. Al volver sobre América Latina, de Estrada observa que muchos proyectos políticos siguen atribuyendo el retraso al modo de tenencia y explotación de la tierra. Pero el problema, sugiere, no está en la propiedad privada como tal, sino en la incapacidad de incorporar tecnología, escala y mercados más amplios.

La referencia final a la FAO refuerza ese cierre. El autor señala que el organismo de Naciones Unidas propone fomentar vínculos laborales urbano-rurales y una superación gradual de modos de vida supuestamente originarios. Sin embargo, el corazón de su tesis ya está dicho antes: la prosperidad rural no nace de aislar al campo del capitalismo, sino de integrarlo a él.

Para una región acostumbrada a discutir la tierra en clave de conflicto distributivo, esa conclusión tiene implicancias políticas claras. Beneficia a quienes apuestan por inversión, productividad y libre empresa; perjudica a los discursos que convierten la escasez en una consigna y la nostalgia en programa. La propiedad importa, sí, pero importa más todavía que esa propiedad produzca riqueza, empleo y movilidad real.

También hay una advertencia de fondo para el Estado y su burocracia: si el objetivo es reducir la pobreza rural, el camino no parece ser volver al pasado con nombres nuevos, sino ampliar acceso a tecnología, mercados y trabajo asalariado. La historia que cuenta de Estrada es, en el fondo, una defensa del crecimiento como condición de la integración social. Sin eso, la pobreza deja de ser una contingencia y se vuelve sistema.

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