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El azúcar del cosmos

Científicos españoles detectaron por primera vez eritrulosa en el espacio interestelar, una molécula que pudo llegar a la Tierra primitiva en toneladas y que abre nuevas pistas sobre el origen de la vida.
Imagen ilustrativa
martes 14 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un radiotelescopio de 40 metros en la localidad española de Yebes apunta hacia el centro de la Vía Láctea y capta, entre el ruido del cosmos, una huella dactilar química que nadie había visto antes en el espacio interestelar. Era eritrulosa: un azúcar de cuatro átomos de carbono que en la Tierra aparece de forma natural en las frambuesas y que se usa en algunos autobronceadores.

El equipo que hizo el hallazgo fue liderado por Izaskun Jiménez-Serra, investigadora del Centro de Astrobiología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la mayor institución pública de investigación de España. Los resultados fueron publicados en la revista Nature Astronomy.

La molécula fue encontrada en una nube de gas y polvo denominada G+0,693−0,027, ubicada cerca del centro galáctico. Para confirmar su presencia, el equipo combinó las señales captadas por dos instrumentos: el radiotelescopio de Yebes y el telescopio de 30 metros del Instituto de Radioastronomía en el Rango Milimétrico (IRAM). Doce coincidencias entre las señales espaciales y las obtenidas en laboratorio en la Universidad del País Vasco certificaron el descubrimiento.

Los detalles cuentan la historia. La eritrulosa no solo apareció: resultó ser al menos ocho veces más abundante que los azúcares más pequeños de tres átomos de carbono, los cuales ni siquiera fueron detectados en esa misma región. Ese dato desconcertó a los investigadores porque el modelo dominante suponía que las moléculas del espacio crecen incorporando un átomo de carbono a la vez, de menor a mayor complejidad. El hallazgo sugiere que la química interestelar puede saltarse pasos.

Para entender cómo se forma la eritrulosa en el vacío, el equipo colaboró con químicos de la Universidad de Extremadura y de la Universidad Radboud, en los Países Bajos. Sus análisis indican que el azúcar puede producirse en los hielos que recubren las diminutas partículas de polvo del espacio, a partir de moléculas más simples como alcoholes y aldehídos de dos átomos de carbono.

La pregunta que sigue es cuánto de ese material pudo llegar a la Tierra. Con base en la cantidad de eritrulosa detectada en la nube, los investigadores calcularon que entre 500.000 y 50 millones de toneladas de este azúcar pudieron haber alcanzado el planeta durante el llamado Bombardeo Intenso Tardío, un período ocurrido hace entre 4.100 y 3.800 millones de años, cuando la Tierra recibió numerosos impactos de asteroides.

«Lo que sugiere nuestro estudio es que compuestos esenciales para la vida, como los azúcares, podrían formarse en las grandes nubes de gas y polvo que más tarde darán origen a sistemas planetarios, incluso antes de que nazcan las estrellas», explicó Jiménez-Serra. Carlos Briones, también investigador del Centro de Astrobiología y coautor del estudio, señaló que el descubrimiento abre la posibilidad de encontrar en el espacio otros azúcares aún más relevantes para la biología, como la ribosa, molécula que forma parte del ARN.

No obstante, expertos ajenos a la investigación piden cautela. Emilio Martínez Núñez, catedrático de Química Física de la Universidad de Santiago de Compostela, advirtió que el estudio no demuestra que la eritrulosa haya llegado realmente a la Tierra ni que haya participado en la aparición de los primeros seres vivos. Su valor principal, afirmó, es mostrar que el espacio es capaz de producir moléculas cada vez más complejas y ofrecer nuevas pistas sobre la química que existía antes de que se formaran los planetas.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el telescopio de Yebes entregó sus datos. Lo que está en juego no es solo un hallazgo astronómico: es la pregunta más antigua de la ciencia, la de cómo la materia inerte dio el salto hacia la vida. El descubrimiento de la eritrulosa no cierra ese debate, pero lo enriquece con una evidencia concreta: la química de la vida no comenzó en la Tierra. Comenzó, al menos en parte, en el frío interestelar, mucho antes de que existiera el Sol. La investigación básica, financiada con rigor y sin agenda, sigue siendo la apuesta más rentable que puede hacer una civilización.

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