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El arte perdido de ligar en persona

Terapeutas y psicólogos advierten que una generación criada en pantallas ha perdido las habilidades interpersonales que el coqueteo cara a cara exige. La consecuencia es una crisis de conexión humana que las apps no pueden resolver.
Imagen ilustrativa
jueves 13 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Una mujer en un bar, un hombre que le dice «te ves muy bien hoy», y ella le da la espalda sin percibir la señal. No es descortesía: es que no reconoció el gesto. Así arranca el diagnóstico que la autora Barua construye en Time a partir de su propia experiencia y de un grupo de terapia online al que asistió recientemente.

El grupo reunía personas de distintos países, algunos en sus veinte años, otros en sus treinta o cuarenta. Dos quejas se repetían sin importar la edad ni la geografía: nadie se acerca primero, y quienes se quejan de eso tampoco saben cómo hacerlo ellos mismos.

La pantalla como escudo

Victoria Wren, terapeuta con base en el Reino Unido, ofrece el diagnóstico estructural: «Vivimos en una cultura más conectada digitalmente que nunca, y muchas personas se han desacostumbrado a las interacciones espontáneas cara a cara en la vida cotidiana». Las plataformas digitales —apps, mensajes directos, videollamadas— otorgan control total sobre lo que se dice, cuándo se responde y cuánto se revela. El mundo físico no ofrece esas garantías.

«Si sentimos que compartimos demasiado o dijimos algo que no queríamos decir, ahora tenemos la opción de editar o borrar un mensaje», señala Wren. «Acercarse a alguien en la vida real requiere arriesgarse al rechazo, tener coraje y aceptar que las cosas pueden no salir como se espera».

Generaciones anteriores practicaban la conversación con desconocidos mientras esperaban en una fila, en bares o en el transporte público, simplemente porque no había alternativa digital. Hoy, ese vacío lo llena el teléfono. Barua lo describe con honestidad: cuando un amigo llega tarde a un almuerzo, ella no observa el entorno ni inicia conversación con nadie; abre el celular y responde correos.

El costo del rechazo mal aprendido

El miedo al rechazo agrava el problema. Varios hombres del grupo de terapia relataron experiencias humillantes al intentar acercarse a mujeres en público. Uno contó que le preguntó a una mujer sobre el libro que estaba leyendo y ella respondió gritando «¡Vete!». Ese tipo de episodio, según la terapeuta del grupo Stephanie Beebe, genera una aversión generalizada a intentarlo de nuevo.

Beebe, casada desde hace más de tres décadas, apunta que su generación no tuvo otra opción que desarrollar habilidades interpersonales excepcionales: si querías invitar a alguien a salir, coquetear, disculparte o simplemente conversar, tenías que hacerlo frente a frente. La generación actual, en cambio, creció con una salida de emergencia siempre disponible.

«Depender tanto de los textos y los mensajes directos significa que podemos perdernos las sutilezas de las conexiones cara a cara», advierte Wren, «encuentros que pueden ser estimulantes, desafiantes o una mezcla de ambos».

Una crisis de habilidades, no solo de apps

La tesis central del análisis es provocadora: lo que se llama «crisis de las citas» podría ser en realidad una crisis de habilidades interpersonales. Nadie nace sabiendo hacer conversación trivial, escuchar activamente o coquetear. Son destrezas que se fortalecen con la práctica, y esa práctica se ha ido evaporando.

Bares, lugares de trabajo, eventos y transporte público siguen siendo espacios donde el flirteo ocurre, pero quienes llegan a esos espacios lo hacen con habilidades más débiles y con la hiperconciencia de la era de las redes sociales, donde cada gesto puede ser juzgado, grabado o malinterpretado. El resultado es una presión para gestionar cuidadosamente la propia imagen que paraliza antes de que empiece cualquier intercambio.

La exposición gradual aparece como el antídoto más citado: empezar por agradecer al barista, sostener la mirada un segundo más, hacer un comentario espontáneo. Pequeños actos que reconstruyen el músculo atrofiado.

Lo que está en juego

Hay algo más profundo detrás de esta conversación sobre coqueteo y rechazo. La capacidad de acercarse a un desconocido, tolerar la ambigüedad y asumir el riesgo de una interacción no guionizada es, en el fondo, una forma de libertad individual que la mediación tecnológica va erosionando silenciosamente. Cada función de «editar» o «borrar» mensaje es cómoda, pero tiene un precio: la atrofia de la tolerancia al riesgo social.

Una sociedad que delega cada vez más sus interacciones humanas a algoritmos y plataformas no solo pierde el arte de ligar. Pierde práctica en la negociación espontánea, en la lectura del otro, en la resiliencia ante el rechazo. Son habilidades que van mucho más allá de encontrar pareja; son el tejido de la vida civil. Recuperarlas no requiere regulación ni aplicaciones nuevas. Requiere, simplemente, soltar el teléfono.

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