Para entender el presente hay que volver a esa semana de 1985 en que un ministro de Hacienda de 33 años entró a la sede de la Sofofa con una propuesta que los industriales chilenos recibieron como una sentencia de muerte: bajar los aranceles del 35% al 15% en tres etapas, en medio de la peor recesión que el país había vivido en décadas.
Ese episodio, rescatado por Juan Andrés Fontaine en su próximo libro El gran impulso: cómo la economía chilena despegó entre 1985 y 1989, condensa la paradoja central del periodo: las reformas que construyeron el Chile moderno estuvieron a punto de no ocurrir, no por falta de ideas, sino por falta de confianza.
La crisis que casi entierra el modelo
Cuando Hernán Büchi asumió el Ministerio de Hacienda en 1985, la economía arrastraba una herida abierta desde fines de 1981. El alza de tasas de interés internacionales, el desplome del precio del cobre y la crisis de deuda que sacudió a toda América Latina habían dejado un saldo devastador: deudores arruinados, bancos intervenidos en 1983, desempleo disparado y una sensación generalizada de que el experimento liberal había fracasado.
«Había una sensación de que el modelo había muerto», recuerda Fontaine, quien en ese momento era director de Estudios del Banco Central y asesor directo de Büchi. Las críticas externas se sumaban a las internas: instituciones como Cieplan cuestionaban las reformas, y dentro del propio gobierno militar la tensión era permanente.
El problema de fondo, explica Fontaine, era cultural. La formación militar era «muy apegada a lo estatista, a lo nacionalista»: protección de industrias estratégicas, más gasto público, restricción de importaciones para acumular reservas. Una visión radicalmente opuesta a la apertura, la disciplina fiscal y las privatizaciones que los economistas proponían. La crisis del 82 pareció darle la razón a esa visión.
Convencer a todos, uno por uno
Lo que Fontaine documenta en su libro es el trabajo político —en el sentido más literal— que requirió sostener y profundizar las reformas. Büchi no solo debía convencer a Pinochet y a la Junta Militar, sino también a dirigentes empresariales que veían en la apertura comercial el colapso de una industria ya golpeada, y a los mercados internacionales que desconfiaban de la solvencia chilena.
El episodio de la Sofofa ilustra el clima. En 1985, cuando Fontaine fue a explicar la nueva política arancelaria, la directiva le pintó «un cuadro futuro lúgubre, un colapso de la industria nacional». Un año después, en la cena anual del gremio, uno de los críticos más duros de aquella reunión lo tomó del brazo para decirle: «Juan Andrés, tenías toda la razón. Este 1986 es el mejor año de la historia en la industria nacional».
La anécdota no es menor: el libre mercado no se impone por decreto. Se demuestra con resultados. Y los resultados llegaron.
El legado que nadie quiso reconocer
Uno de los argumentos centrales del libro —y uno de los más incómodos para cierta narrativa política chilena— es la continuidad. Fontaine destaca que la Concertación, al llegar al poder en 1990, no desmanteló las reformas de Büchi sino que las mantuvo y, en varios aspectos, las consolidó. El Banco Central autónomo, la apertura comercial, la disciplina fiscal: todo sobrevivió el cambio de gobierno.
El libro será presentado el 6 de agosto por el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, y el académico de la Universidad de California Sebastián Edwards. Lo edita Faro UDD.
La lección que sigue vigente
Hemisferio lee este libro como algo más que historia económica. Es un manual sobre la política de las reformas: la evidencia de que abrir mercados, reducir aranceles y privatizar empresas no solo enfrenta resistencia ideológica de la izquierda, sino también el proteccionismo instalado en sectores empresariales y en aparatos estatales de todo signo.
Büchi ganó esa batalla convenciendo con argumentos y, sobre todo, con resultados. La industria que en 1985 temía desaparecer tuvo en 1986 el mejor año de su historia. Ese es el tipo de evidencia que no necesita ideología: habla por sí sola. La pregunta que el libro deja en el aire —y que los lectores de hoy deberían hacerse— es cuántos países de la región están hoy en 1985, con un modelo en crisis y un Büchi que todavía no ha logrado ganarse la confianza de nadie.



