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El aplauso final de Urlezaga, esta vez desde el otro lado

A los 50 años, el exbailarín argentino vuelve al escenario no para bailar sino para encarnar a un coreógrafo en una obra propia sobre la despedida de una artista. Una reflexión sobre el tiempo, la madurez y la vida después del escenario.
Imagen ilustrativa
sábado 15 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Una sala de ensayo, mallas, medias, tutú, y una voz que ordena: «Anda para allá, vení para acá, vas tarde, estás temprano». Eso es lo que el público verá cuando Iñaki Urlezaga suba al escenario del Teatro Ópera de Buenos Aires en El aplauso final, su nueva obra, que debuta en La Comedia de Rosario antes de cruzar al Sodre de Montevideo, hacer escala en el Teatro Argentino de La Plata y en el Auditorium de Mar del Plata.

Urlezaga se retiró como bailarín en 2018, con lluvia de pétalos en el Teatro Colón, un gran espectáculo al aire libre en La Plata y una gira nacional. Pero nunca dejó la danza. Ahora regresa al escenario en un rol más actoral: el de un coreógrafo que prepara y acompaña a una bailarina en el momento de su despedida profesional.

«Lo que el público verá esta vez es lo que casi nunca se muestra», explica. La obra recorre el camino desde el día cero de una creación hasta la función misma, cuando la bailarina recibe los pétalos en el aplauso final. La sala de ensayo se transforma en teatro; la malla y las medias ceden paso a la corona y el traje de gala. Urlezaga, a sus 50 años, será en escena «la voz omnisciente», el motor que hace avanzar la historia hasta el desenlace.

El espectáculo nació de una conversación con Julieta Paul, primera bailarina del Teatro Argentino de La Plata. Desde ese diálogo, Urlezaga fue construyendo un personaje que se le parece bastante, pero que no es él. «No es una obra autobiográfica», aclara. «Tuve un lindo aplauso final y esa es una etapa cerrada, de la que estoy profundamente agradecido, y a la que no anhelo volver».

Lo que sí le hizo eco fueron las voces de otros bailarines. «Siempre es un momento difícil, complejo y de mucha sensibilidad, como si se amplificaran las emociones que a veces están guardadas, o reprimidas, y se viven con una magnificencia muy fuerte», dice. Eligió que el personaje central fuera una mujer, no un hombre, porque la carrera femenina en la danza clásica tiene sus propias particularidades. «Aún a la fecha a la mujer se le exige mucho más que a un hombre, porque son muchas, por la competencia que hay», señala. El repertorio clásico y académico, recuerda, estuvo pensado históricamente para mujeres; fue recién en el siglo XX, con Nijinsky primero y Nureyev después, que el hombre comenzó a ganar protagonismo protagónico en escena.

Sobre su propia identidad artística, Urlezaga es preciso: «Siempre fui un coreógrafo que bailó, nunca me sentí un bailarín que devino coreógrafo». A los 8 años ya coreografiaba actos escolares. Cuando bailaba, dirigía y coreografiaba al mismo tiempo. Cuando su cuerpo comenzó a marcar límites, las otras dimensiones de su trabajo continuaron sin pausa. «No soy una persona nostálgica», dice. «La vida no me pasó por el costado, me pasó por dentro, y no me pesa el tiempo, no me asusta».

La gestión cultural también forma parte de ese mapa. Urlezaga ha transitado, según describe, «del otro lado del mostrador» en múltiples roles: interpretación, creación, dirección, gestión pública y privada. Una trayectoria atípica que él mismo reconoce como tal.

Los detalles cuentan la historia. El aplauso final no es una obra de nostalgia ni un ejercicio de ego. Es, en palabras de su autor, un trabajo construido desde «lo intelectual» y desde la escucha de lo que le ocurre a un bailarín dentro de una sala de ensayo. El placer, dice, está en trabajar para el otro.

Hay algo significativo en que uno de los artistas más reconocidos de la danza argentina elija volver al escenario no para reivindicar su propio pasado, sino para iluminar el de otros. En un medio cultural donde el Estado suele ser el principal financiador y el aplauso institucional muchas veces reemplaza al mérito, la trayectoria de Urlezaga —construida sobre la creación propia, la gestión y la reinvención constante— recuerda que la vida larga de un artista se sostiene sobre el trabajo, no sobre la nostalgia. El escenario, esta vez, es solo el punto de partida.

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