Los dolores de barriga empezaron lejos de Lima, en Chota, Cajamarca. Los padres de Milagritos pensaron al principio que era una molestia pasajera. Cuando el abdomen de la niña comenzó a crecer, la llevaron al hospital local. Una ecografía mostró el hígado aumentado de tamaño y el caso fue derivado a Chiclayo, donde los especialistas de EsSalud detectaron una elevada concentración de alfa-fetoproteína. La señal era inequívoca.
La familia viajó a Lima. En el Hospital Nacional Guillermo Almenara Yrigoyen, los médicos confirmaron el diagnóstico: hepatoblastoma en fase avanzada con metástasis pulmonar. La pequeña tenía dos años.
Tres meses de quimioterapia
Los oncólogos pediátricos iniciaron un tratamiento de quimioterapia durante tres meses. Para Gina, la madre de Milagritos, aquella etapa fue especialmente dura: su hija enfrentaba procedimientos continuos, transfusiones y medicamentos mientras su cuerpo apenas comenzaba a crecer. El tratamiento logró eliminar los nódulos en los pulmones. Sin embargo, el tumor principal seguía ocupando gran parte del hígado. La enfermedad pulmonar estaba controlada; el órgano, no.
Una junta médica de EsSalud recomendó entonces un trasplante hepático. Milagritos ingresó a la lista de espera para recibir un órgano de donante fallecido, aunque también se evaluó la opción de un donante vivo. Sus padres fueron sometidos a estudios para determinar si alguno podía ceder parte de su hígado. Ninguno resultó apto por motivos de salud.
«Fue por amor»
Fue entonces cuando apareció Luz Meri, hermana del padre de la niña. Sin dudar demasiado, se ofreció como donante vivo. «Tuve miedo, pero no lo pensé mucho. Fue por amor. Era darle vida a una pequeña que recién está creciendo, darle otra oportunidad», declaró Luz Meri al recordar el momento de la decisión.
El trasplante se realizó con éxito. Después de la intervención, Milagritos continuó bajo controles de trasplante y oncología en EsSalud. Su evolución fue suficiente para que los especialistas le dieran el visto bueno de regresar al colegio. Hoy puede jugar, cantar, saltar y correr. Sus padres la llaman «una guerrera».
La experiencia transformó también la mirada de la familia sobre la donación de órganos. Los padres de Milagritos actualizaron su DNI para expresar su voluntad de donar. «Un órgano es sinónimo de salvar una vida. Si tenemos la oportunidad de ser donantes, estamos dando una esperanza y una segunda oportunidad de vida», señalaron.
Lo que la historia revela
El caso de Milagritos es, ante todo, una historia de familia y de medicina. Pero los detalles cuentan algo más: una niña de dos años, nacida en una provincia de Cajamarca, accedió a diagnóstico especializado, quimioterapia pediátrica y trasplante hepático a través del sistema de EsSalud, que la acompañó desde Chiclayo hasta el Almenara en Lima. El recorrido geográfico e institucional que hizo posible ese desenlace no es menor.
Lo que queda en pie, más allá de los protocolos, es el gesto de Luz Meri: una mujer que evaluó el riesgo, sintió miedo y aun así dio el paso. En un país donde las listas de espera para trasplante dependen en buena medida de la voluntad individual de donar, ese acto privado tuvo consecuencias públicas. Los padres de Milagritos lo entendieron así y actualizaron su DNI. Es el tipo de decisión que no requiere burocracia ni decreto: solo convicción.



