La escena lo dice todo. Un cuarto oscuro, una dosis desconocida de hongos y ningún profesional de salud en el cuarto. Esa es, según Fernando Cárdenas, psicólogo y neurocientífico del Departamento de Psicología de la Universidad de los Andes, la realidad más frecuente detrás del auge de la psilocibina en Colombia.
El interés por esta sustancia —un compuesto alucinógeno natural presente en ciertos hongos— ha crecido de forma notable en los últimos años. Cárdenas, en diálogo con Infobae Colombia, identificó uno de los motores principales: la percepción generalizada de que lo natural es menos peligroso que lo sintetizado en laboratorio. Una creencia que, advirtió, puede ser engañosa.
«La gente cree que es como una droga recreativa. Es que: 'Ah, voy a tener un viaje y ya'. No, la cosa es mucho más profunda porque va a hacer cambios en su cerebro, va a hacer cambios cognitivos, cambios físicos en las neuronas, en las conexiones», explicó el especialista.
La tradición de estas sustancias en el territorio colombiano es anterior a la conquista. Cárdenas señaló que además de la psilocibina derivada de los hongos, existe una larga historia de uso de la dimetiltriptamina extraída del yagé o ayahuasca, la bufotenina presente en ciertas especies de sapos y la ibogaína. Ese linaje ancestral les otorga, a ojos de muchos consumidores, una legitimidad cultural que refuerza la sensación de inocuidad.
La ciencia, sin embargo, no avala esa ecuación. La investigación actual estudia cómo los psicodélicos pueden modificar la estrategia cognitiva y, en consecuencia, la experiencia de enfermedades como la ansiedad y la depresión. Pero el propio Cárdenas fue enfático: «La depresión es realmente una enfermedad que es muy grave, es una enfermedad que tiene mucho componente genético, una enfermedad que realmente requiere un apoyo psiquiátrico y farmacológico». Muchas personas, advirtió, confunden estados de tristeza con cuadros clínicos complejos y recurren a los hongos sin diagnóstico previo.
El vacío que nadie llena
El problema central no es la sustancia sino la ausencia de marco legal. En Colombia, el uso de psilocibina y otras medicinas ancestrales no está regulado. Cárdenas precisó que, al ser catalogadas como medicinas ancestrales, estas sustancias pueden utilizarse de forma indiscriminada. Existen instituciones autorizadas para investigar, pero no siempre cuentan con los permisos completos para hacerlo.
Esa laguna jurídica tiene consecuencias directas sobre el consumidor. En un entorno clínico controlado, se administra psilocina en dosis calculadas, se registran los efectos y se monitorea al paciente. En el mercado informal —que es el que opera hoy a escala masiva— las personas no conocen la procedencia de los hongos ni la cantidad de psilocibina que ingieren. Tampoco existe evaluación previa ni seguimiento profesional.
Los riesgos son concretos. Según Cárdenas, una persona con cierta vulnerabilidad a la esquizofrenia podría desarrollar un estado psicótico tras el consumo. El neurocientífico también advirtió sobre la existencia de una ventana terapéutica posterior al consumo, en la que el cerebro es especialmente susceptible a cambios: una oportunidad en manos expertas, un riesgo en manos de nadie. A eso se suma la posibilidad de que los hongos contengan toxinas o metales pesados según las condiciones de cultivo.
Los detalles cuentan la historia: el acompañamiento psicológico previo y la evaluación de antecedentes personales serían esenciales para minimizar los riesgos, reconoció el propio especialista, aunque admitió que en la práctica eso no ocurre.
Lo que está en juego
Para Hemisferio, el caso de la psilocibina en Colombia ilustra un patrón que el Estado suele ignorar hasta que el daño es irreversible: la expansión de un mercado informal en el vacío que deja la ausencia de regulación clara. No se trata de prohibir la investigación científica —que tiene méritos genuinos— sino de reconocer que etiquetar una sustancia como «ancestral» no la exime de riesgos ni al consumidor de consecuencias.
El aparato estatal colombiano, ocupado en otras prioridades ideológicas, ha dejado crecer un mercado sin reglas donde el ciudadano asume solo los costos de la desprotección. La libertad individual tiene un límite cuando el Estado no garantiza siquiera la información mínima para elegir con conocimiento. Eso no es libertad: es abandono.



