La escena lo dice todo. A bordo del Air Force One, de regreso desde Ankara tras la cumbre de la OTAN, Donald Trump se sentó frente a los reporteros y pronunció la frase que cerró una semana de diplomacia frágil: «Creo que se acabó. Ya no quiero tratar con ellos».
El «ellos» era Irán. Y el acuerdo al que se refería era el Memorándum de Entendimiento firmado el 17 de junio, que había establecido los términos de un alto el fuego de 60 días para dar espacio a negociaciones técnicas. Ese plazo vencía a mediados de agosto. No llegó a cumplirse.
Dos noches, casi 170 blancos
El martes, el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) lanzó los primeros ataques contra activos iraníes tras una serie de ataques a embarcaciones en el Estrecho de Ormuz. Irán respondió golpeando instalaciones militares estadounidenses en Kuwait y Baréin durante las primeras horas del miércoles. El ciclo se repitió menos de 24 horas después.
El miércoles, CENTCOM ejecutó una segunda ronda de ataques contra «aproximadamente 90 objetivos militares iraníes», según su propio comunicado, con el propósito declarado de «degradar aún más la capacidad de Irán de amenazar la libertad de navegación en el Estrecho de Ormuz». Sumados a los cerca de 80 objetivos alcanzados el martes, el total superó los 170 blancos en dos días.
Los golpes dejaron sin electricidad varias zonas costeras iraníes. El condado de Chabahar, en el sureste del país, registró cortes temporales en sus líneas eléctricas, según medios semioficiales iraníes. El Ministerio de Salud de Irán informó que los ataques del 8 y 9 de julio causaron 14 muertos y 78 heridos en cinco provincias.
Drones sobre el Golfo
Irán no se quedó quieto. En las primeras horas del jueves, el ejército iraní anunció —a través de la agencia semioficial Fars— que había atacado un sistema interceptor Patriot en Kuwait, una antena de satélite de alerta temprana en Qatar y depósitos de combustible en Baréin, empleando «un gran número de distintos tipos de drones de ataque».
El Ministerio de Defensa de Kuwait informó que interceptó cuatro misiles y diez ataques con drones; una persona resultó herida por escombros. El Ministerio del Interior de Baréin emitió varias alertas a civiles para que buscaran refugio. Qatar elevó su nivel de alerta de seguridad durante la noche.
La onda expansiva llegó hasta Jordania: la Embajada de Estados Unidos en Ammán publicó una alerta indicando que «reportes señalan misiles, drones o cohetes en espacio aéreo jordano» y pidió a los residentes buscar cobertura de inmediato.
Diplomacia en pausa
El enviado estadounidense Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno del presidente, se reunieron con mediadores en Doha a finales de junio para discutir el acuerdo con Irán. Sin embargo, no hubo conversaciones de alto nivel con funcionarios iraníes en esa ronda.
El jueves, el canciller de Qatar, Sheikh Mohammed bin Abdulrahman bin Jassim Al-Thani, habló por teléfono con el ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, y condenó los ataques iraníes a embarcaciones. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores de Qatar, el canciller señaló que esos ataques «socavan la confianza, amenazan la seguridad marítima internacional y dañan los esfuerzos por consolidar la seguridad y estabilidad regionales». Egipto, por su parte, calificó los ataques iraníes contra Baréin y Kuwait como «una escalada peligrosa y una violación inaceptable».
Trump, desde el avión presidencial, aseguró que Estados Unidos estaba «ganando» y afirmó que Irán había «llamado» para pedir un trato. «Solo no sé si son dignos de hacer un acuerdo. No sé si van a honrarlo. Ese es el problema», dijo. Y advirtió, en una publicación en redes sociales, que la respuesta militar estadounidense «empeorará mucho» si Irán sigue atacando embarcaciones en el Estrecho.
Lo que está en juego
El Estrecho de Ormuz no es una abstracción geopolítica: es el cuello de botella por el que transita una fracción significativa del petróleo mundial. Cada dron que atraviesa esa zona sin ser interceptado, cada buque que desvía su ruta, tiene un precio que pagan los consumidores, las empresas y los contribuyentes de medio mundo.
Desde Hemisferio, el cuadro es claro: la política de presión máxima tiene lógica cuando el adversario respeta las reglas del juego; el problema surge cuando ninguna de las dos partes confía en que la otra las respetará. Trump lo dijo sin rodeos. Irán lo demostró con sus drones. El MoU firmado en junio fue un paréntesis, no una solución. Lo que venga después dependerá de si alguno de los dos actores decide que el costo de continuar supera el costo de ceder. Por ahora, ninguno da esa señal.


