Para entender el presente hay que volver a esa semana en que un grupo de mujeres criollas de Vinalito decidió que la respuesta a la crisis no vendría del Estado ni del ingenio azucarero, sino de la tierra misma.
Vinalito es un punto en el mapa de Jujuy que pocos buscan voluntariamente. Se llega por un acceso de 24 kilómetros desde la Ruta Nacional 34, en el departamento Santa Bárbara, en una zona de transición entre las yungas y el Gran Chaco Americano. Es una región que, según la crónica de Infobae, «exhibe con crudeza las inclemencias climáticas y concentra algunos de los mayores procesos de deforestación del norte argentino».
Ahí opera la Cooperativa Fraile Pintado, con 14 años de trayectoria y familias criollas descendientes de comunidades Kolla Guaraní. El territorio que trabajan abarca 1.874 hectáreas donde históricamente se desarrollaron actividades agrícolas tradicionales.
La memoria colectiva de la comunidad arranca con una imagen de abundancia. «Hace 20 años había abundancia: se cultivaba, había agua y el monte daba vida; había vida que alcanzaba para todos», recordaron las mujeres consultadas. Lo que vino después fue la erosión gradual de esa base: deforestación, cambio climático, suelos degradados y la dependencia de los vaivenes del Ingenio Ledesma, uno de los complejos agroindustriales más grandes de Argentina, ubicado en Libertador General San Martín.
La escena lo dice todo. En los años 90, la propia Cooperativa Fraile Pintado presentó un plan de cambio de uso de suelos para convertir esas tierras en terreno totalmente agrícola. Décadas más tarde, el mismo colectivo lidera la dirección opuesta: restaurar lo que se pensaba reemplazar.
El instrumento es el algarrobo. Las mujeres de Vinalito apostaron por sembrar una cortina forestal de algarrobos como primer paso de una restauración mayor. Los plantines, conservados y listos para ser plantados por la propia comunidad, son el símbolo visible de una apuesta que combina ecología y economía.
El proyecto que articula esta iniciativa se llama Proyecto Bosque Vinalito. Según la fuente, busca restaurar 1.800 hectáreas de bosque nativo y generar ingresos para unas 70 familias rurales. Lo impulsan la Asociación Cultural para el Desarrollo Integral (ACDI), la Cooperativa Fraile Pintado, la organización Nativas y otros actores. El eje productivo descansa en tres pilares: restauración forestal, captura de carbono y conservación de bosque nativo.
La lógica es la de los mercados de carbono y los servicios ecosistémicos: si el bosque en pie tiene valor económico medible —en toneladas de CO₂ capturadas, en biodiversidad preservada, en regulación hídrica—, entonces conservarlo puede competir en rentabilidad con talarlo. Es una hipótesis de libre mercado aplicada al monte chaqueño.
Mara y Gregoria, dos de las protagonistas de la comunidad, encarnan lo que la crónica describe como «una mirada intergeneracional sobre Vinalito». Saben, según el relato, que para prosperar necesitan «un modelo de empleo ligado a la tierra con sabiduría frente a la crisis ambiental que golpea a los cultivos del monte».
La pregunta que formulan en voz alta es directa: ¿puede la conservación convertirse en una actividad económica? ¿Puede la restauración del bosque generar empleo e ingresos? La respuesta que dan, al unísono, es: «¡Sí en Vinalito!».
La cobertura de esta historia forma parte de un proyecto periodístico financiado por el Pulitzer Center, presentado junto a Gabriela Oliván, líder y fundadora de Women's International News Network (WINN). Es la tercera entrega de una serie de cuatro episodios sobre mujeres de comunidades indígenas que diseñan modelos de resiliencia productiva en el Gran Chaco Americano.
Lo que ocurre en Vinalito merece leerse más allá del relato ambiental de moda. Aquí no hay subsidio estatal como protagonista ni burocracia internacional dictando soluciones desde una oficina en Ginebra. Hay una cooperativa con 14 años de historia, familias que conocen su tierra y una apuesta concreta: convertir un activo natural —el bosque nativo— en fuente de ingresos reales para 70 familias. Si los mercados de carbono y los esquemas de servicios ecosistémicos funcionan como prometen, Vinalito sería la prueba de que el libre mercado y la conservación no son enemigos, sino socios posibles. El desafío, claro, es que esos mercados sean transparentes, competitivos y no captados por intermediarios que se queden con la mayor parte del valor generado por las mujeres que siembran los algarrobos.



