La escena lo dice todo. El domingo por la tarde, Donald Trump bajó por la escalerilla del Air Force One en Joint Base Andrews, Maryland, se detuvo frente a la cámara y explicó, con la soltura de quien vende una propiedad, que el avión regalado por Qatar sería enviado «en aproximadamente un mes» a recibir mejoras. «Tiene mucha capacidad, pero lo van a dejar al máximo», dijo. No precisó qué mejoras.
La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, completó el cuadro en un comunicado enviado a TIME: «El nuevo Air Force One es perfectamente seguro para los viajes del presidente, pero recibirá actualizaciones y mejoras adicionales en el otoño, que tomarán aproximadamente un mes. Durante ese tiempo, el presidente volará en el viejo Air Force One.»
Lo que Leavitt no mencionó es el episodio que precipitó ese anuncio. Según informó The New York Times a principios de mes, Trump realizó parte del trayecto de regreso desde la cumbre de la OTAN en Turquía a bordo del avión antiguo, no del nuevo, como medida de seguridad vinculada a la reanudación de hostilidades con Irán. Fuentes al tanto de la decisión le dijeron al diario que fue tomada bajo la orientación del Servicio Secreto.
Trump negó ante los periodistas que el cambio de aeronave respondiera a razones de seguridad. Dijo que el nuevo avión fue enviado a la base aérea de la RAF Mildenhall, en Inglaterra, para ser mostrado a los militares estadounidenses destinados allí. Sin embargo, cuando fue presionado, reconoció que los miembros de la prensa que viajaban con él estaban en «un vuelo peligroso por culpa de los sinvergüenzas con los que tenemos que lidiar», en aparente referencia a Irán, con quien Estados Unidos ha intercambiado ataques desde que se derrumbó un alto el fuego.
El trasfondo del avión es, en sí mismo, una historia de varias capas.
El Boeing 747-800 fue obsequiado al gobierno de Estados Unidos por Qatar, con un valor estimado de 400 millones de dólares. La administración Trump lo aceptó formalmente en mayo pasado, convirtiéndolo en uno de los regalos más valiosos jamás recibidos por el gobierno federal. Trump anunció que la aeronave servirá como Air Force One durante el resto de su presidencia y que luego será transferida a su futura biblioteca presidencial.
El presidente defendió la aceptación del regalo argumentando que no era para él personalmente, sino para el gobierno: «El Boeing 747 está siendo entregado a la Fuerza Aérea de Estados Unidos/Departamento de Defensa, ¡NO A MÍ!», escribió. El primer ministro y canciller de Qatar, el jeque Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, también restó importancia a la controversia y lo describió como «un trato muy simple de gobierno a gobierno».
Pero expertos legales consultados por TIME advirtieron que el asunto dista de ser simple. La Cláusula de Emolumentos Extranjeros de la Constitución restringe a los funcionarios federales de aceptar regalos o pagos de estados extranjeros sin la aprobación del Congreso. Grupos de vigilancia y exfuncionarios de ética señalaron que el presidente podría beneficiarse igualmente de la aeronave, independientemente del destinatario formal.
A las dudas constitucionales se suma el costo. Expertos en seguridad nacional advirtieron que el proceso de reacondicionamiento y modernización del avión para cumplir los estándares de Air Force One podría superar los mil millones de dólares. El secretario de la Fuerza Aérea, Troy E. Meink, ofreció ante el Congreso una estimación más conservadora: «probablemente menos de 400 millones de dólares».
Mientras el debate técnico y jurídico seguía abierto, el Departamento de Justicia emitió subpoenas contra varios periodistas de The New York Times por su cobertura del asunto de seguridad. El diario rechazó la medida con dureza. «La aparición de agentes federales en la puerta de reporteros debería sacudir la conciencia de cualquier estadounidense que crea en la Constitución y en la libertad de prensa que esta protege», declaró David McCraw, el principal abogado de la redacción del Times. CNN informó, por su parte, que Trump continuará usando el avión qatarí para vuelos domésticos y posiblemente algunos internacionales antes de que comiencen las actualizaciones.
La historia del Air Force One de Qatar condensa, en una sola aeronave, casi todas las tensiones que definen este momento político. Un regalo de 400 millones de dólares de un gobierno extranjero, un costo de modernización que podría duplicar o triplicar esa cifra a expensas del contribuyente estadounidense, dudas constitucionales no resueltas y, ahora, subpoenas contra la prensa libre. Para Hemisferio, el principio en juego es nítido: la soberanía no se financia con generosidad ajena, y el dinero público merece una rendición de cuentas que todavía no ha llegado. Que la Casa Blanca haya optado por perseguir a quienes reportaron el problema antes que por responder las preguntas de fondo dice más sobre las prioridades del momento que cualquier comunicado oficial.



