La escena lo dice todo. Catalina Mora creció mirando desde la banqueta —el punto más alto de la sabana inundable de Casanare— cómo el agua marcaba el ritmo de la vida. El conflicto armado expulsó a su familia. Cuando regresaron, la reserva que habían construido había pasado de cerca de 3.000 hectáreas a apenas 600. «No había nada que negociar», recuerda. Lo que sobrevivió fue la decisión de conservar.
Esa decisión, multiplicada por decenas de propietarios privados en los Llanos Orientales, es hoy uno de los activos hídricos más valiosos de Colombia. Y el país, en vísperas de un fenómeno de El Niño que ya motivó la expedición de un decreto de desastre nacional, apenas empieza a entenderlo.
El territorio que nadie ve
La Orinoquía suele evocarse como un horizonte de sabana abierta y ganado. Pero detrás de esa postal existe un entramado de humedales, bosques, ríos y sabanas que cumple una función silenciosa y decisiva. Según el último censo oficial, la región concentra el 48 % de los humedales continentales de Colombia y el 32,47 % de sus reservas de agua. Con cerca de 35 millones de hectáreas —equivalentes al 22 % del territorio nacional— alberga al menos 156 tipos de ecosistemas.
Sofía Rincón, coordinadora regional de la Orinoquía de WWF Colombia, lo explica con una paradoja: mientras el resto del país sufrirá menos lluvias durante El Niño, en la Orinoquía podría ocurrir lo contrario. «Es posible que se intensifiquen las lluvias porque la Orinoquía funciona, por decirlo de alguna manera, al revés del resto del país», dijo Rincón a El Colombiano.
Ese comportamiento inverso no es un accidente geográfico: es el mecanismo que regula la humedad de media Colombia. Según Rincón, la Orinoquía aporta cerca del 23 % de las precipitaciones que llegan a Chingaza, el ecosistema que suministra agua a Bogotá y otras grandes ciudades de la región. La Amazonía aporta otro 22 %, en el fenómeno conocido como los «ríos voladores». «Aquí vamos a estar en sequía, pero la Orinoquía nos va a ayudar a contener esa situación porque va a almacenar el agua y luego la va a liberar», explica la investigadora.
La conexión no termina en la capital. Investigaciones recientes recogidas desde centros especializados de Medellín muestran que la Orinoquía también sostiene el funcionamiento de los ríos Cauca y Magdalena, las arterias que alimentan a Antioquia. «Lo que demuestra es que todo nuestro sistema hídrico, todos nuestros grandes ríos, están conectados», señala Rincón. Y la conclusión lógica es inquietante: «Si nosotros perdiéramos la Orinoquía, la Amazonía colapsaría mucho más rápido».
La reserva que nació de una voluntad
La Palmita, la reserva de la familia Mora en Casanare, reúne hoy cerca de 250 hectáreas de bosque y 400 de sabana. Allí viven y trabajan cinco familias que encontraron una forma de sostener económicamente el territorio sin transformarlo. Llegar ya no toma tres días, como en la infancia de Catalina.
Pero el camino no fue lineal. El desplazamiento forzado por el conflicto armado no solo redujo la reserva a una quinta parte de su tamaño original: cambió la forma de habitar el paisaje. «Yo crecí en esa sabana abierta y, cuando fuimos desplazados, el bosque fue el que nos acogió», recuerda Mora. «Ver esa transformación con nuestros propios ojos y todo lo que implicó para el territorio hizo que naciera ese amor por querer conservar».
La historia de La Palmita ilustra algo que los modelos de política pública rara vez capturan: la conservación más efectiva no siempre nace de un decreto, sino de una decisión privada. «Una reserva natural nace de la voluntad de los propietarios de querer conservar la sabana inundable», dice Mora.
La presión que no cede
Mientras tanto, la Orinoquía pierde cerca de 200.000 hectáreas de ecosistemas naturales cada año, según los datos citados por WWF Colombia. La expansión de sistemas productivos no sostenibles, la deforestaciónl y las actividades extractivas avanzan sobre un territorio cuya función hídrica el Estado colombiano apenas ha comenzado a valorar formalmente. Departamentos como Meta siguen figurando entre los mayores aportantes a la deforestación nacional.
Para Hemisferio, los detalles cuentan la historia. La Orinoquía no es solo un paisaje: es infraestructura hídrica natural que ningún presupuesto público podría replicar. Y esa infraestructura se sostiene, en buena medida, gracias a propietarios privados que decidieron conservar en lugar de transformar, muchas veces sin incentivos estatales y a pesar del conflicto armado.
El principio en juego es claro: la propiedad privada bien ejercida y la libre empresa responsable pueden hacer por la seguridad hídrica lo que el aparato burocrático no ha logrado en décadas. El reto del próximo gobierno no es expropiar ni regular hasta la parálisis, sino crear los incentivos correctos para que más familias como los Mora encuentren que conservar la Orinoquía también es un negocio que vale la pena.



