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El Aconcagua rompe la barrera del sonido

Sesenta estudiantes del ITBA diseñaron y construyeron un cohete supersónico que ganó el primer puesto en Diseño y Construcción en la competencia universitaria de cohetería más grande del mundo. Una historia de ingeniería privada que compite al máximo nivel sin depender del aparato estatal.
Imagen ilustrativa
domingo 2 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. En algún punto entre el 15 y el 20 de junio, en el desierto de Texas, un cohete bautizado Aconcagua cruzó la barrera del sonido a velocidades estimadas en Mach 2. A bordo no había astronautas ni presupuesto gubernamental: había el trabajo de 60 estudiantes argentinos de una universidad privada de Buenos Aires.

El ITBA Rocketry Team acaba de conquistar el primer puesto en la categoría Diseño y Construcción de la International Rocket Engineering Competition (IREC) 2026, la competencia universitaria de cohetería más grande del mundo, organizada por la Experimental Sounding Rocket Association (ESRA). El certamen reunió a más de 150 equipos universitarios de distintos países. El Aconcagua, además, se ubicó en el séptimo puesto en la categoría 30k COTS —que exige alcanzar 30.000 pies, equivalentes a 10 kilómetros de altitud— y en el onceavo lugar en el reporte técnico entre todos los participantes. En Diseño y Construcción obtuvo puntaje perfecto.

Los detalles cuentan la historia. El equipo nació en 2022 como proyecto estudiantil del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). Su debut en la IREC fue en 2023, con el cohete Theros III en la categoría 10k COTS, donde llegó al cuarto puesto en Diseño y Construcción. Un año después alcanzó el tercer puesto en la categoría SRAD —Student Researched and Developed—, convirtiéndose en uno de los ocho equipos en el mundo que lograron desarrollar un motor propio en esa edición. En 2024 marcó otro hito: fue el primer equipo latinoamericano en volar exitosamente con un motor híbrido de diseño propio. En 2025 se consolidó en el top 20 de la categoría 10k COTS.

El Aconcagua representó el salto cualitativo siguiente: triplicar la altitud objetivo de los proyectos anteriores y cruzar la barrera del sonido. Para lograrlo, más de 60 estudiantes de distintas ingenierías y de la Licenciatura en Analítica del ITBA trabajaron durante más de un año. Se organizaron en áreas especializadas —aeroestructuras, aerodinámica, recuperación, aviónica, carga útil y materiales compuestos— y cubrieron todas las etapas del proceso: diseño, cálculo, fabricación, integración y validación. El cohete fue recuperado tras el vuelo, requisito clave para la evaluación final del certamen.

El equipo trabaja bajo la supervisión de Patricio Pedreira, profesor e investigador del Departamento de Ambiente y Movilidad del ITBA, y utiliza modelado computacional, ensayos científicos, prototipado rápido y maquinaria industrial de alta precisión.

«Que un jurado integrado por ingenieros de algunas de las instituciones aeroespaciales más importantes del mundo haya reconocido nuestro trabajo nos demuestra que desde la Argentina se puede desarrollar ingeniería de excelencia y competir al máximo nivel internacional», dijo Lucas Freyre, Team Leader del equipo, en declaraciones a Infobae. Freyre también miró hacia adelante: «Si algo nos enseñó Aconcagua es que muchas veces lo que parece grandioso y lejano está más a nuestro alcance de lo que creemos».

El jurado de la IREC está compuesto por ingenieros de instituciones aeroespaciales internacionales y evalúa criterios como innovación técnica, calidad del diseño y recuperación exitosa del vehículo.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de junio en Texas. Lo que el ITBA Rocketry Team demostró no es solo una victoria deportiva universitaria: es una prueba de que la formación técnica de excelencia, cuando se articula con libertad académica, competencia real y cultura de resolución de problemas, produce resultados que ningún decreto ni subsidio podría garantizar. Sesenta jóvenes argentinos, sin monopolio estatal ni protección regulatoria, compitieron contra 150 equipos del mundo y ganaron con puntaje perfecto.

El Aconcagua es, en ese sentido, un argumento en sí mismo: el talento existe, la capacidad técnica existe, y cuando se le da espacio para crecer —en una institución privada, con exigencia real y exposición internacional— puede cruzar la barrera del sonido. El desafío para la Argentina no es descubrir ese talento. Es no desperdiciarlo.

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