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Doscientos treinta y cinco investigadores, un sistema que apuesta por retener talento

Panamá reconoció a 166 científicos del Sistema Nacional de Investigación en un encuentro que incorporó 40 nuevos miembros y elevó a dos veteranos del STRI a la categoría de Eméritos.
Imagen ilustrativa
martes 11 de agosto de 2026

El auditorio de la Ciudad de la Salud fue el escenario. La Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt) convocó a sus investigadores para un acto que, en la trastienda, era también una declaración de intenciones: Panamá quiere que su talento científico se quede en casa.

El evento se celebró el viernes 7 de agosto —fecha consignada así en la fuente oficial, sin año explícito— durante el Encuentro de Intercambio Científico y Reconocimiento a los Miembros del SNI 2024-2025-2026. El resultado en cifras: 166 investigadores reconocidos, 40 de ellos incorporados como nuevos miembros del Sistema Nacional de Investigación (SNI).

De los 166 homenajeados, 68 son mujeres y 98 son hombres. Sus trabajos cubren cinco grandes áreas: ciencias naturales, químicas, biológicas y de la Tierra; ciencias médicas y de la salud; ciencias agrícolas; ciencias sociales, humanísticas, administrativas y económicas; e ingenierías, ciencias físicas y matemáticas. La diversidad de disciplinas no es un detalle menor: refleja la apuesta institucional por un ecosistema científico que no dependa de un solo sector.

Con las nuevas incorporaciones, el SNI suma ahora 235 investigadores activos, de los cuales 90 son mujeres y 145 son hombres. La categoría con mayor número de miembros es Investigador Nacional I, con 134 integrantes. Le siguen Investigador Nacional II, con 60; Investigadores Distinguidos, con 38; e Investigadores Eméritos, con tres.

Dos de esos tres eméritos fueron nombrados en este acto. Héctor Guzmán y Roberto Ibáñez, ambos investigadores del Smithsonian Tropical Research Institute (STRI), recibieron la distinción más alta del sistema. Guzmán ha dedicado su carrera al estudio de especies marinas altamente migratorias —ballenas, tiburones, aves marinas, manatíes y tortugas— con el objetivo de generar evidencia para la conservación. Ibáñez, por su parte, ha centrado su trabajo en las ranas de Panamá, algunas de las cuales, según la fuente, probablemente ya no existen en estado silvestre debido a una infección causada por hongos; esas especies se mantienen mediante programas de reproducción en cautiverio. Los detalles cuentan la historia: detrás de cada categoría hay décadas de laboratorio, campo y publicaciones.

El secretario nacional de la Senacyt, Eduardo Ortega Barría, puso el acento en la cultura del trabajo científico. «La investigación científica pocas veces ofrece respuestas inmediatas», dijo, aludiendo a las horas de análisis, ensayos y aprendizaje que preceden a cualquier publicación o innovación. La secretaria técnica del SNI, Sandra Sharry, fue más directa en el diagnóstico estructural: subrayó la importancia de invertir en ciencia y de generar condiciones para que el talento y el conocimiento permanezcan en Panamá.

El SNI reconoce la labor de sus miembros mediante incentivos económicos y distinciones, tomando en cuenta la calidad, producción, trascendencia e impacto de las investigaciones.

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Para Hemisferio, el giro relevante no está en los números sino en el marco que los rodea. Un sistema de incentivos que combina reconocimiento público con retribución económica es, en esencia, un mecanismo de libre mercado aplicado a la ciencia: premia el mérito medible —producción, impacto, calidad— en lugar de distribuir recursos por criterios administrativos o políticos. Que Panamá, bajo el gobierno de Mulino, refuerce ese andamiaje institucional apunta en la dirección correcta: retener cerebros no con burocracia, sino con condiciones competitivas.

El desafío, claro, es de escala. Doscientos treinta y cinco investigadores es un número modesto para una economía que aspira a diversificarse más allá del Canal. Pero los sistemas se construyen desde la base, y una base con reglas claras, categorías diferenciadas y eméritos que sirven de referencia es mejor punto de partida que el vacío. La pregunta que queda abierta —y que el acto del viernes no respondió— es cuánto del presupuesto nacional está dispuesto a respaldar esa apuesta a largo plazo.

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