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Dos balazos y 21 años: el caso Salvador sacude a San Luis Potosí

Un estudiante de Criminología, atleta y sostén de su familia fue asesinado en la capital potosina. Su familia exige que no se convierta en una cifra más.
Imagen ilustrativa
miércoles 12 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un joven de 21 años que vendía chilaquiles dentro de la universidad para ahorrar y viajar a Colombia, que los fines de semana cruzaba al Estado de México para ayudar a su familia en un tianguis, que representaba a su universidad en competencias de tiro con arco y acumulaba medallas. Gabriel Salvador Martínez Flores no era una abstracción. Era, según sus propios familiares, alguien que «comenzaba a vivir».

El 7 de agosto, dos impactos de arma de fuego acabaron con su vida en la colonia Rural Atlas de San Luis Potosí. Tenía 21 años, cursaba la carrera de Criminología en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP) y, según su familia, también apoyaba económicamente a sus seres queridos.

Días después del crimen, una de sus tías dirigió una carta directamente a la presidenta Claudia Sheinbaum. El tono no era político: era el de una familia destrozada que pide que el caso no quede impune. «Salvador no forma parte de la estadística de crímenes, porque no fue, no es y nunca será un número», escribió la familiar. En la misma carta describió el estado en que quedó su entorno inmediato: «Estoy escuchando el desgarrador llanto de mi madre que se está muriendo de dolor y pide a gritos dejar de vivir. Mi hermana sigue en shock y todavía no alcanza a dimensionar el tamaño de la desgracia con la que tendrá que lidiar el resto de su vida».

La carta pide acciones concretas para frenar la violencia y evitar que casos similares se repitan. No es una demanda nueva en México, pero el perfil de Salvador —estudiante, deportista, trabajador— le da al reclamo una fuerza particular.

Por su parte, el alcalde de San Luis Potosí, Galindo Ceballos, reconoció el miércoles 12 de agosto que contaba con «poca información» sobre el caso, aunque aseguró que se reforzaría la presencia de seguridad en la zona. Ese mismo día revisó el expediente con el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. Sus declaraciones públicas fueron cautelosas: descartó que se tratara de una riña o confrontación y calificó el evento como «algo más delicado», sin ofrecer detalles adicionales.

La investigación continúa abierta. La familia mantiene su exigencia de que se esclarezcan las circunstancias del asesinato.

Los detalles cuentan la historia. Salvador estudiaba Criminología —la disciplina que analiza precisamente el fenómeno que lo mató— y vendía desayunos para financiar un sueño de viaje. Ese contraste brutal resume algo que las cifras oficiales de homicidios en México rara vez capturan: cada número tiene nombre, trayectoria y familia.

Para Hemisferio, el caso expone una falla estructural que el gobierno federal lleva años prometiendo resolver sin resultados verificables. Que el alcalde de la capital potosina admita públicamente tener «poca información» días después del crimen, y que la respuesta institucional se limite a prometer más presencia policial en la zona, ilustra el estado real del aparato de seguridad en ciudades que no son los grandes focos mediáticos de la violencia. La familia de Salvador no pide un discurso: pide una investigación. La diferencia entre ambas cosas es, precisamente, la que define si el Estado funciona o no.

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