Para entender el presente hay que volver a esa semana.
Era el 28 de julio de 2024 cuando millones de venezolanos hicieron una fila que el poder no esperaba tan larga. Dos años después, el presidente electo Edmundo González Urrutia publicó un video en X para recordar lo que aquella jornada dejó escrito en papel: 7.443.584 votos a su favor, equivalentes al 67% de los sufragios emitidos. Nicolás Maduro, según los mismos documentos, obtuvo 3.385.155 votos, el 30% del total. La brecha superó los cuatro millones de sufragios.
El Consejo Nacional Electoral (CNE) proclamó ganador a Maduro. No presentó las actas.
El registro que no desaparece
Los documentos que sí circularon fueron los de la Plataforma Unitaria Democrática, puestos a disposición pública en un portal auditable. Su veracidad fue respaldada por misiones técnicas internacionales independientes. El Centro Carter, invitado oficial del propio Poder Electoral para supervisar la contienda, concluyó en su informe definitivo que la elección no podía ser considerada democrática al no cumplir con los estándares internacionales de integridad electoral. El Panel de Expertos de la ONU señaló, por su parte, que el proceso de escrutinio oficial careció de los niveles básicos de transparencia e integridad técnica.
Dos organismos. Dos veredictos. Ninguna respuesta del régimen que no fuera la represión.
La respuesta del aparato estatal
Lo que vino después es parte del expediente: una ola represiva, inhabilitaciones, detenciones de dirigentes políticos y ciudadanos. El aparato estatal respondió a la derrota electoral con lo que sabe hacer. Y sin embargo, como señala la fuente, el registro físico e inalterable de las actas transformó aquella jornada en una referencia ineludible para cualquier proceso de transición democrática en el país.
Este martes, mientras el chavismo marchaba por el natalicio de Hugo Chávez, la oposición también salió a las calles para conmemorar el segundo aniversario del 28J. Dos movilizaciones. Dos lecturas del mismo país.
El mensaje de González
«La voluntad de un pueblo nunca prescribe, permanece madura, encuentra su camino y termina transformando la historia», dijo González Urrutia en su mensaje. Añadió que «ningún país vuelve a ser el mismo cuando los ciudadanos descubren que también son responsables de su destino».
El dirigente opositor se declaró convencido de que el 28 de julio de 2024 será recordado como el momento en que Venezuela recuperó la certeza de que podía construir un futuro distinto. «Esa certeza sigue viva», concluyó.
La escena lo dice todo. Un hombre que ganó una elección con cuatro millones de votos de ventaja, documentada y validada internacionalmente, sigue enviando mensajes en video desde el exilio mientras el régimen que perdió administra el Estado, los ingresos petroleros y las cárceles.
Lo que está en juego
Venezuela lleva dos años en ese limbo que los regímenes autoritarios saben fabricar: el momento en que la verdad está documentada pero el poder sigue siendo del que tiene las armas y el petróleo. La diferencia con otros episodios históricos similares es que en este caso las actas existen, fueron contadas por los propios testigos del oficialismo en las mesas, y su autenticidad fue certificada por observadores que Maduro mismo invitó.
Eso es lo que González llama «la voluntad que nunca prescribe». No es retórica vacía: es un argumento jurídico y político que ninguna transición futura podrá ignorar. La pregunta que el segundo aniversario deja sin respuesta no es si Maduro perdió, sino cuánto tiempo más puede costar que esa derrota tenga consecuencias. El reloj corre, pero lo hace sobre los hombros de un pueblo que ya demostró, con votos y con actas, de qué lado está.



