El martes 28 de julio, exactamente dos años después de aquella jornada que sacudió la política venezolana, María Corina Machado publicó un mensaje en video desde su cuenta en X. El tono no era el de la derrota. Era el de quien lleva la cuenta.
La líder de la oposición democrática calificó la fecha como «un punto de inflexión para Venezuela» y sostuvo que lo ocurrido aquel día representó «mucho más que la mayor victoria electoral de nuestra historia». Lo llamó, además, una «victoria ética y espiritual».
«El 28 de julio los venezolanos cambiamos. Lo hicimos nosotros, juntos, con nuestras propias fuerzas. Cada quien hizo su parte», afirmó Machado en el video. «Ese día Venezuela cambió para siempre».
La escena lo dice todo. A dos años de distancia, la dirigente no habla de un ciclo cerrado sino de un mandato pendiente. Y el peso de ese mandato lo mide en lo que vino después.
Porque lo que vino después, según Machado, fue la represión. En su mensaje hizo referencia directa a persecución, detenciones, torturas y asesinatos como parte del escenario que enfrentó el país tras la jornada electoral. No ofreció cifras ni nombres en el video reseñado, pero el marco que trazó fue el de un pueblo que pagó un precio por haber votado.
Luego vino otro golpe, de distinta naturaleza. El 24 de junio pasado, una serie de terremotos sacudió al país. Machado incorporó ese episodio a su relato con una lectura que dice mucho sobre cómo la oposición construye su narrativa de resistencia: «Ante la catástrofe de los terremotos fue la gente la que salvó a la gente». La respuesta ciudadana ante la emergencia, dijo, evidenció «la solidaridad de los venezolanos». «Con el alma desgarrada, el país se activó para ayudar como podía… todo el país se abrazó y Venezuela se levantó una vez más».
En ese párrafo está la columna vertebral del discurso: la sociedad civil organizada, sin aparato estatal, capaz de responder donde el régimen no llega o no quiere llegar. Es el mismo argumento que la oposición ha sostenido durante años, ahora reforzado por la emergencia sísmica.
Machado rindió homenaje en su mensaje a quienes denominó los «héroes» de la causa democrática, así como a los rescatistas y voluntarios que trabajaron tras los sismos. «Somos el mismo pueblo, el pueblo de siempre: noble, valiente, unido, decidido, el que no se rinde, el que no se cansa jamás… el que entendió que su responsabilidad individual no la puede delegar en nadie», dijo.
Esa última frase —la responsabilidad individual que no se delega— no es retórica menor. Es una declaración de principios sobre la fuente del cambio: no el Estado, no un líder mesiático, sino el ciudadano organizado que hace su parte.
El cierre del video fue un llamado directo a la movilización. «El 28 de julio nos dimos un mandato y lo vamos a cumplir. ¡Levántate, Venezuela! Gloria al Bravo Pueblo», concluyó Machado.
Dos años después del 28-J, la oposición venezolana sigue apostando a que la legitimidad construida en las urnas —y sostenida en la memoria colectiva— puede sobrevivir a la represión y al tiempo. Es una apuesta difícil. Pero la alternativa, desde la perspectiva de quienes votaron aquel día, es aceptar que el voto no vale nada.
Lo que está en juego no es solo el futuro político de Venezuela. Es el principio elemental de que una elección tiene consecuencias, de que el mandato ciudadano no puede ser simplemente ignorado por quien controla las armas y las instituciones. Cada vez que Machado aparece en video y pronuncia el nombre del 28 de julio, está recordándole al mundo —y al régimen— que ese principio sigue vivo. Que hay venezolanos dispuestos a sostenerlo. Y que el costo de aplastarlo, dos años después, todavía no ha sido pagado del todo.



