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Donde las dan, las toman

Un refrán del Siglo de Oro español, pasado por Cervantes y Sancho Panza, sigue operando en el habla cotidiana argentina como recordatorio de que las acciones tienen consecuencias.
Imagen ilustrativa
viernes 17 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Sancho Panza, fiel escudero y filósofo de a pie, se inclina sobre don Quijote caído y le recuerda, con esa mezcla de compasión y sentido común que lo define, que «donde las dan las toman». Siglos después, la frase vive en las conversaciones de Buenos Aires con la misma vigencia que tuvo en las páginas del Quijote.

Según el Centro Virtual Cervantes, la locución se emplea para señalar que aquel individuo que inflige un perjuicio o emite juicios críticos sobre terceros tarde o temprano termina recibiendo un trato equivalente. No es una amenaza; es una descripción de la dinámica social. Una ley no escrita que el refranero popular elevó a la categoría de principio.

La referencia más antigua y autorizada aparece en la obra de Miguel de Cervantes. En sus páginas, Sancho le dice a su amo: «Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé gracias al cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna costilla quebrada; y pues sabe que donde las dan las toman y que no siempre hay tocinos donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha menester para que le cure en esta enfermedad». La variante original, «donde las dan, allí las toman», perdió el «allí» con el tiempo, pero conservó intacta su carga de advertencia.

Con el correr de los siglos, el concepto abandonó las páginas de la literatura clásica para infiltrarse en diversos formatos culturales. El cine también se hizo eco de la máxima: en 1957, el director mexicano Juan Bustillo Oro utilizó la frase como título de una película que exploraba, desde una mirada humorística, cómo las personas experimentan en carne propia los daños que alguna vez infligieron a los demás.

En el habla cotidiana de los argentinos, pocas expresiones logran condensar con tanta contundencia la idea de reciprocidad negativa. Hoy se utiliza en conversaciones informales para señalar contradicciones: el que acostumbra a criticar y se molesta al ser cuestionado, el que impone reglas que no cumple, el que exige lo que no da. La frase conecta con otros términos equivalentes del idioma: «cosechas lo que siembras», «el que las hace las paga», la popular idea de que «todo vuelve».

Los detalles cuentan la historia. Lo notable del refrán no es su antigüedad sino su resistencia. Nació en el Siglo de Oro, sobrevivió cuatro siglos de cambios políticos, revoluciones culturales y transformaciones del lenguaje, y llegó al siglo XXI sin perder ni su estructura ni su sentido. Eso no ocurre por accidente: ocurre porque describe algo verdadero sobre la condición humana.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Cervantes puso esas palabras en boca de Sancho. El escudero no estaba filosofando en abstracto; estaba consolando a un hombre derrotado y, al mismo tiempo, recordándole que el mundo tiene su propia contabilidad. Que las acciones generan reacciones. Que el tejido social, tarde o temprano, cobra.

Desde Hemisferio, la vigencia de este refrán invita a una reflexión que va más allá de la lingüística. En una época en que el discurso público premia la agresión y castiga la coherencia, la sabiduría popular lleva siglos diciendo lo mismo: quien construye sobre la arbitrariedad, sobre el doble estándar o sobre el daño ajeno, no está construyendo sobre roca. La reciprocidad no es un valor progresista ni conservador; es una constante humana que el libre mercado de las ideas, igual que el de los bienes, termina por imponer. El refrán sigue vigente en Argentina, y su capacidad pedagógica, lejos de agotarse, parece más necesaria que nunca.

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