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Dientes de leche como archivo del cuerpo

Investigadores de la Universidad Estatal de Ohio recolectan dientes de leche de niños para determinar si décadas de aplicación legal de salmuera petrolera en carreteras dejaron rastros radiactivos en los organismos de quienes crecieron en esas comunidades.
Imagen ilustrativa
domingo 2 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un niño pierde su primer diente de leche y, en lugar de colocarlo bajo la almohada, sus padres lo entregan a un equipo de epidemiólogos. No es un cuento. Es lo que ocurre este verano en los condados de Licking, Coshocton y Ashtabula, en el estado de Ohio.

Durante décadas, una práctica poco conocida se repitió en distintos puntos de ese estado: la aplicación de salmuera procedente de pozos petroleros sobre carreteras rurales para derretir el hielo en invierno y controlar el polvo en épocas secas. La práctica es legal en Ohio desde 1985. Lo que no estaba claro —y es precisamente lo que ahora se intenta medir— es qué dejó esa salmuera en el cuerpo de quienes crecieron junto a esas carreteras.

La investigación está dirigida por la doctora Arbor Quist, epidemióloga ambiental y profesora asistente de la Universidad Estatal de Ohio, quien lleva una década estudiando los efectos del desarrollo petrolero y gasífero sobre la salud. Su equipo recolecta tres tipos de muestras: dientes de leche de niños, recortes de uñas de los pies de adultos y muestras de suelo. Cada uno funciona como un registro distinto del tiempo: el suelo habla del entorno, las uñas de la exposición reciente, y los dientes de leche de los primeros meses de vida, cuando el organismo es más vulnerable.

Para que un diente sea útil al estudio, debe pertenecer a un niño que haya residido en el condado de Licking durante el segundo y tercer trimestre del embarazo de su madre y durante su primer año de vida. Los adultos que deseen participar deben haber vivido en ese condado durante los últimos 12 meses. Los investigadores ofrecen tarjetas de regalo como incentivo para quienes colaboren.

La lógica científica detrás del método es precisa. Los dientes de leche, al formarse durante el desarrollo fetal y la primera infancia, incorporan en su estructura mineral los elementos a los que el organismo estuvo expuesto en ese período. Si la salmuera aplicada en las carreteras liberó sustancias radiactivas al entorno, esa huella podría estar registrada en el esmalte y la dentina de esos dientes.

La pregunta no es menor. Estudios del Departamento de Recursos Naturales de Ohio analizaron muestras de salmuera procedentes de 107 pozos distribuidos en 26 condados. Todas contenían niveles de radiactividad demasiado elevados para ser liberados directamente al ambiente, según la normativa estatal. Esa misma salmuera, sin embargo, se aplicó legalmente sobre caminos rurales durante años.

Los detalles cuentan la historia. La brecha entre lo que la regulación prohíbe verter directamente al ambiente y lo que permite esparcir sobre carreteras públicas es el nudo del problema. No es un accidente industrial ni una operación clandestina: es una práctica autorizada cuyas consecuencias sobre la salud humana, según los propios investigadores, aún no han sido medidas con rigor.

Para entender el presente hay que volver a esa semana —o más bien a esas décadas— en que camiones cisterna recorrieron los condados rurales de Ohio sin que nadie en esas comunidades supiera con exactitud qué contenía el líquido que se derramaba sobre el asfalto y la tierra. El proyecto de la Universidad Estatal de Ohio es, en ese sentido, una auditoría tardía: el intento de cuantificar, con instrumentos científicos, lo que la regulación no midió a tiempo.

Hemisferio observa aquí un patrón que merece atención más allá del caso concreto. Cuando el aparato regulatorio autoriza una práctica durante décadas sin exigir estudios de exposición humana, la factura la pagan las comunidades, no los funcionarios que firmaron los permisos. La salmuera petrolera se aplicó legalmente en Ohio desde 1985; la investigación sobre sus efectos en la salud comenzó este verano de 2026. Cuatro décadas de distancia entre la autorización y la pregunta científica básica.

El libre mercado requiere regulación honesta, no regulación de papel. Una norma que prohíbe liberar directamente al ambiente un residuo con exceso de radiactividad, pero permite esparcirlo sobre carreteras donde caminan niños, no protege a nadie: desplaza el riesgo hacia quienes tienen menos información y menos poder para exigir cuentas. Eso no es libre empresa; es externalización del costo sobre el ciudadano más vulnerable. Los dientes de leche de Ohio podrían, en los próximos meses, ofrecer la evidencia que la burocracia nunca buscó.

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