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Del surco al estrado

Benjamín Ortiz, el niño que recogía café en el Tolima a los seis años, preside hoy el Consejo Nacional Electoral y firmó la ponencia que sancionó la campaña de Gustavo Petro por superar los topes electorales.
Imagen ilustrativa
domingo 26 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un muchacho de doce o trece años sube a un taburete en una vereda de Ibagué, recibe unas ideas de un viejo periodista liberal y pronuncia su primer discurso ante vecinos y políticos. Entre el público, Alberto Santofimio —el orador más célebre del Tolima de aquella época, según el propio Ortiz— aparece en la foto «concentrado, mirándome». Ese instante, conservado en un registro fotográfico que Benjamín Ortiz todavía guarda, es quizás el primer capítulo de una historia que desemboca, décadas después, en la presidencia del Consejo Nacional Electoral (CNE).

Ortiz nació en una familia que él mismo describe como «sencilla». Su padre, don Hilario, era tolimense; su madre, doña Omaira, santandereana. Desde los seis años trabajó en los campos: recogía café, removía tierra con el azadón, ordeñaba vacas y madrugaba antes de que amaneciera. La radio —un aparato de pilas al que le adaptaban una pila grande para que durara más, amarrado con un caucho— fue su ventana al mundo. Por ese hilo de voz llegaron Juan Gossaín, Yamid Amat y otros nombres que hoy evoca con afecto. «Soy un melómano consagrado», dice. Y añade, con humor, que también es «un periodista frustrado».

El giro llegó con Hugo Téllez, un periodista liberal ibaguereño que reclutaba niños para los llamados Pioneros Liberales del Tolima. Téllez vio en el joven Ortiz algo —la capacidad de «hilar ideas y juntar sílabas»— y lo lanzó al ruedo. El muchacho habló de Jorge Eliécer Gaitán y de Rafael Uribe Uribe. «No sé qué incoherencias diría aquella mañana», recuerda, «pero a la gente le gustó mucho».

La trastienda de su formación, sin embargo, tiene otro protagonista: el doctor Flavio Rodríguez Arce, quien tendría unos 25 o 26 años cuando conoció a Ortiz y que, según el magistrado, «ha sido el arquitecto de lo que hoy soy». La relación empezó de manera casi doméstica: Ortiz cuidaba el viejo Renault 12 blanco de Rodríguez, le hacía mandados, le pagaba los servicios. Su padre había muerto cuando él tenía entre diez y doce años, y Rodríguez «de alguna manera, me adoptó», dice.

Fue ese mentor quien lo confrontó con la pregunta decisiva. Ya como secretario de Gobierno del Tolima y gobernador encargado, Rodríguez llamó a Ortiz a su despacho: «¿Usted qué va a hacer con su vida?». Ortiz había llegado hasta segundo de bachillerato y luego había interrumpido los estudios cuando descubrió que comprar un cuarto de tomate en la galería de la 28 de Ibagué y venderlo por libras el domingo le triplicaba la inversión. «Esta plaza va a ser mía. Por lo menos media», se decía. La pregunta del mentor torció ese cálculo.

El camino desde entonces fue largo: vigilante, político, abogado, magistrado. Hoy, recién posesionado como presidente del CNE, Ortiz es el autor de la ponencia que ese tribunal acogió para sancionar a la campaña del presidente Gustavo Petro por superar los topes electorales —lo que la fuente describe como «hacer trampa»—. La compulsa de copias a la Fiscalía vincula, según la misma fuente, a Ricardo Roa como gerente de esa campaña y a otros personajes que, en palabras del propio Ortiz, «tienen que responderle a la justicia». El camino hasta esa decisión no estuvo libre de obstáculos: Ortiz reconoce haber enfrentado presiones y amenazas.

Los detalles cuentan la historia. Un hombre que aprendió a leer el mundo con un radiecito amarrado con caucho, que memorizó discursos de pie sobre un taburete y que cuidó el carro de su mentor en la calle, termina presidiendo el órgano que controla la pureza del dinero en las campañas electorales. El arco es improbable y, por eso mismo, revelador.

Para Hemisferio, la trayectoria de Ortiz ilumina algo que la narrativa oficial del petrismo prefiere ignorar: que las instituciones electorales colombianas tienen vida propia, construida por personas que llegaron desde abajo sin el respaldo de un aparato estatal ni de una maquinaria ideológica. Que el CNE haya podido sancionar a la campaña del presidente en ejercicio —y compulsar copias a la Fiscalía— es precisamente el tipo de contrapeso que distingue a una república de un proyecto de poder sin límites. La pregunta que queda abierta es si ese contrapeso resistirá la presión que, según el propio Ortiz, ya ha comenzado a ejercerse.

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