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De los talleres de Huánuco a las pasarelas de Milán: el ascenso de cuatro artesanas peruanas

El diseñador Jorge Luis Salinas invita a cuatro tejedoras de su equipo al Milan Fashion Week 2027, en un gesto que expone cómo el mérito y el trabajo, no la dádiva, abren camino en la moda global.
Imagen generada con IA
lunes 7 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo: cuatro mujeres que hasta hace poco veían los desfiles de Milán desde la pantalla de un celular escuchan, con la voz quebrada, que viajarán a verlos en persona. El video que difundió Jorge Luis Salinas en redes sociales no anuncia un premio de lotería ni un subsidio. Anuncia una invitación ganada con hilo, aguja y meses de trabajo.

Sonia Laura Condori Mengue, de Chanaque; Elizabeth Murra Huerta, de Huánuco; Elizabeth Eugenio Aquino, de Tingo María; y Juliana Justo Bonifacio, de la provincia de Dos de Mayo, fueron las elegidas para acompañar al diseñador peruano al Milan Fashion Week 2027, donde verán en pasarela las prendas que ellas mismas tejieron para su nueva colección de invierno europeo.

Ninguna llegó al taller de Salinas pensando en Italia. Según contaron en el propio registro, antes de dedicarse al tejido de las prendas que hoy viajan a Europa, una vendía comida en la calle, otra cultivaba naranjas y otras trabajaban en el enlatado de conservas. "Ese era tu día a día. Cosechar, enlatando, enlatado de comida", resumió el diseñador al escuchar sus historias.

El oficio que las llevó hasta Milán no nació en una escuela ni en un programa oficial de capacitación. Nació, según relataron ellas mismas, de la observación y la enseñanza familiar: madres, vecinas, generaciones enteras transmitiendo el tejido de mano en mano. "Miraba a mi mamá que tejía y es un poco complicado, pero todo se puede", contó una de las artesanas. Ese capital de conocimiento heredado, puesto al servicio de una marca privada con proyección internacional, es lo que hoy se traduce en una invitación a la capital mundial de la moda.

Para entender el presente hay que volver a esa grabación, donde Salinas explicó el criterio detrás de la selección. "Durante esta temporada hemos visto con Keily cómo se han desarrollado ustedes en todo este trabajo. Cada una ha demostrado bastante talento, porque hemos visto los resultados en las piezas y prendas terminadas", dijo, antes de que las mujeres rompieran en llanto.

El diseñador fue explícito respecto a los límites del gesto: fue el presupuesto disponible, no la falta de mérito de otras integrantes, lo que fijó el cupo en cuatro viajeras. "Se les ha dado esta oportunidad", dijo sobre mujeres que, según narró, llegaron a Lima "sin ninguna idea de viajar, sino con una idea de trabajar nada más". El reconocimiento, insistió, no se agota en las cuatro elegidas: alcanza a todo el equipo de artesanas que sostiene la producción de la marca.

Salinas recordó además que no es la primera vez que su empresa lleva artesanas a estos eventos. En ocasiones anteriores, dijo, invitó a siete mujeres que hoy siguen trabajando con su equipo y que, según su relato, aportaron a la formación de las nuevas seleccionadas. "Son personas también muy hábiles, que también les han enseñado a ellas también, y ellas también han aportado mucho", explicó, describiendo un proceso de transmisión de oficio dentro del propio taller.

Los detalles cuentan la historia mejor que cualquier comunicado corporativo. Antes del anuncio, las pasarelas de Milán ya eran, para estas mujeres, un acontecimiento casero: una de ellas relató que se preparaba desde temprano, cargaba el celular la noche anterior y convocaba a la familia frente a la televisión. "Ven hijitos, va a pasar la pasarela del desfile de Milán", contaba que decía. Esa rutina de espectadora remota se convertirá, la próxima temporada, en presencia física junto a las prendas que ellas mismas confeccionaron.

El cierre del video, con Salinas agradeciendo y prometiendo "nos vemos en Milán todos juntos", condensa el desenlace de una historia que empezó con enlatados y cultivos de naranja en Huánuco y termina, al menos para cuatro mujeres, en primera fila de un desfile europeo.

Es una historia pequeña frente a los grandes titulares económicos de la región, pero ilustra un mecanismo que rara vez ocupa portadas: una empresa privada que identifica talento, lo capacita dentro de su propia cadena de producción y lo recompensa con algo más que un salario. No hubo programa estatal, subsidio ni cuota de género detrás de esta invitación; hubo un negocio de moda que decidió que el trabajo bien hecho merecía ser visto por quienes lo hicieron.

En un continente donde la movilidad social suele discutirse en términos de políticas públicas y transferencias, el caso de estas cuatro artesanas recuerda algo más simple: cuando el mérito se reconoce dentro de la empresa privada, el ascenso no necesita intermediarios burocráticos. Solo necesita, como en este caso, un empleador dispuesto a pagar el boleto.

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