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De Caracas a South Miami: el cacao venezolano que conquistó el podio en Estados Unidos

Isabel y Susana García Nevett levantaron una chocolatería artesanal con memoria, técnica y una apuesta financiera grande. En Miami, su marca ya figura entre las más reconocidas de Estados Unidos sin renunciar al sello venezolano.
Imagen generada con IA
viernes 18 de septiembre de 2026

A las 6:40 de la mañana, cuando el aroma del chocolate recién templado ya llenaba el local de South Miami, Isabel y Susana García Nevett trabajaban sobre una idea sencilla y difícil a la vez: convertir la memoria en negocio sin perder el rigor. La escena lo dice todo. Entre vitrinas discretas y manos manchadas de cacao, dos hermanas caraqueñas terminaron por colocar su apellido entre los nombres más celebrados de la bombonería artesanal estadounidense.

USA Today las ubicó en el segundo lugar de su ranking 10Best de mejores chocolaterías artesanales del país, un peldaño arriba del tercer puesto de una edición anterior. La tienda de Florida fue, además, la única del estado en la lista. Para una marca nacida lejos del circuito tradicional del chocolate de lujo, el dato no es menor: es una señal de validación comercial en un mercado exigente y una ventana para entender cómo una pequeña empresa puede crecer sin volverse anónima.

Isabel y Susana nacieron y se criaron en Caracas. Susana se interesó por la cocina desde niña, estudió en Le Cordon Bleu de París y trabajó después como arquitecta. Isabel tomó otro camino: estudió Ciencias Políticas en Inglaterra, empezó a cocinar por necesidad y terminó dedicada a la gastronomía. De regreso en Venezuela, trabajó como periodista en El Universal y también fue columnista de El Nacional antes de que el chocolate le cambiara el rumbo.

En su casa no existía un ritual formal alrededor del cacao, aunque el chocolate se comía a diario, como en casi toda familia venezolana. De esa intimidad salió el primer bombón de Susana: un caramelo crujiente de miel bañado en chocolate oscuro. Después, en 2009, unieron caminos para fundar Latitud 10, su primer proyecto en Caracas. Era pequeño, pero ya contenía la semilla de lo que vendría después: chocolate fino, elaboración artesanal, atención al empaque y sabores reconocibles para el paladar venezolano.

La mudanza a Estados Unidos llegó en dos tiempos. Susana se fue a Miami en 2010, con su familia, de manera inesperada. Isabel llegó dos años después. Ellas mismas dicen que fueron decisiones personales, aunque también marcadas por la situación política y económica del país. Dejaron atrás la familia, los amigos y un proyecto que apenas nacía, pero se llevaron el chocolate y una certeza intacta: su identidad viajaba con ellas.

En 2012 se reencontraron en Miami para levantar Cacao Art, su primera marca en suelo estadounidense. No llegaron con fábrica, ni con una estructura formal, ni con una escuela de negocios detrás. Empezaron produciendo en la cocina doméstica de Susana y vendiendo en mercados y ferias; la primera oportunidad comercial llegó en 2016. Ninguna tenía formación empresarial. Susana aportó su ojo de arquitecta al diseño, al empaque y a la organización del espacio. Isabel sumó sus destrezas de comunicación y relaciones públicas.

El giro decisivo llegó en 2018, cuando abrieron su primera tienda física. También fue, según Isabel, el año de mayor riesgo en catorce años de oficio: asumir un local, una remodelación, una nómina y una identidad nueva supuso su apuesta financiera más grande. Fue, además, una apuesta creativa. Ese mismo año abandonaron el nombre de Cacao Art y firmaron el producto con los apellidos de sus padres. Desde entonces, García Nevett Chocolatier funciona como marca y como declaración de origen.

Allí, en South Miami, fabrican buena parte de la producción y reciben a una clientela que no siempre llega buscando Venezuela, pero suele terminar encontrándola. El diseño y la narrativa convivieron desde el inicio, aunque solo se hicieron visibles del todo cuando el negocio ganó una casa propia. Susana llevó su mirada al espacio y a la precisión del producto; Isabel construyó la historia detrás de cada sabor. Arquitectura y periodismo dejaron de ser profesiones paralelas: se volvieron estructura.

La marca también dialoga con una tradición más amplia. Venezuela lleva siglos exportando algunos de los cacaos más finos del planeta, desde las antiguas haciendas de Chuao y Carenero hasta las cepas de Sur del Lago y Paria. El grano venezolano está clasificado internacionalmente como cacao fino de aroma, una categoría que representa apenas alrededor de un 5% de la producción mundial de cacao en grano. Cerca del 60% de lo que se cosecha en el país se destina a la exportación, sobre todo hacia Europa y Japón, según la Confederación de Asociaciones de Productores Agropecuarios.

Esa materia prima viaja, pero la empresa de las hermanas García Nevett insiste en otra idea: el valor no está solo en el grano, sino en la disciplina para transformarlo. Por eso su historia es también la de una pequeña empresa que crece desde la especialización y no desde el volumen. La ambición, en su caso, es contenida: avanzar sin sacrificar el rigor que las llevó al podio de USA Today.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que dejaron Caracas y empezaron de nuevo en Miami. El desenlace no fue una fuga ni una anécdota nostálgica, sino una lección de mercado: cuando una marca cuida técnica, empaque, relato y producto, el consumidor lo nota. Y cuando además se apoya en un cacao de origen reconocido, el resultado puede viajar más lejos que cualquier discurso sobre identidad.

La escena también deja una lectura incómoda para un país que vio partir talento, proyectos y familias. En vez de capitalizar ese conocimiento, Venezuela lo perdió por las grietas de su vida económica y política. En Miami, en cambio, ese capital humano encontró un mercado que premia la calidad, el trabajo bien hecho y la libre iniciativa. Ahí está el contraste de fondo: donde la empresa puede nacer, competir y crecer, el mérito pesa. Donde el entorno la ahoga, incluso el mejor cacao termina buscando otro puerto.

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