Julia Cristina Daza Noguera asumió este jueves la dirección de la Biblioteca Nacional de Colombia en un acto de posesión ante la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes, Paola Holguín.
La nueva directora nació en Ciénaga, Magdalena, y creció en Santa Marta. Es comunicadora social y periodista de la Universidad de La Sabana y tiene estudios de posgrado en Derecho Público e Instituciones Administrativas de la Universidad de los Andes.
En su trayectoria profesional, Daza Noguera ha desempeñado funciones relacionadas con la articulación territorial entre el Gobierno nacional, las gobernaciones y las alcaldías. También ha liderado estrategias corporativas y diplomáticas en Europa y Singapur.
Durante su posesión, agradeció al presidente de la República, Abelardo De La Espriella, y a la ministra de Cultura por la confianza para asumir la dirección de una institución fundada en 1777. Dijo que su llegada es «un enorme honor y una gran responsabilidad» y que recibe la misión «con humildad, gratitud y profundo sentido del deber».
Daza Noguera señaló que su gestión estará enfocada en el cumplimiento de la misión de la Biblioteca Nacional: recuperar, conservar, catalogar y divulgar el patrimonio bibliográfico, hemerográfico, audiovisual y digital de Colombia. También afirmó que la Biblioteca Nacional es «el custodio de nuestra memoria» y que su propósito es garantizar que el patrimonio «esté preservado, digitalizado y accesible para las presentes y futuras generaciones».
La funcionaria planteó cuatro ejes para su gestión: la salvaguardia integral del patrimonio bibliográfico y documental; el fortalecimiento y la descentralización de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas; la innovación y la convergencia digital; y la internacionalización del acervo bibliográfico nacional.
La Biblioteca Nacional es la institución encargada de la conservación y divulgación del patrimonio bibliográfico y documental del país. En ese marco, el giro de la nueva dirección no es menor: se trata de una entidad que administra una parte sensible de la memoria colombiana y que necesita ordenar prioridades con disciplina, eficiencia y resultados visibles.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La escena lo dice todo: mientras el discurso oficial habla de patrimonio, digitalización y acceso, la tarea real sigue siendo sostener una infraestructura pública que no puede permitirse improvisaciones. Cuando el Estado asume la custodia de la memoria, la obligación es clara: proteger lo que es de todos sin convertir la gestión cultural en un trámite burocrático más.
El desenlace dependerá de si esos cuatro ejes se traducen en capacidad concreta para preservar y abrir ese acervo al público. Ahí está el verdadero examen. No basta con nombrar la misión; hay que ejecutarla con orden, transparencia y sentido de responsabilidad sobre el dinero de los contribuyentes y sobre un patrimonio que no admite descuido.



