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Cuatro de una familia

El Ayuntamiento de Marín confirmó la identificación de los cuerpos de Lía, Ulises, Adela y Yhosvany, una familia residente en Pontevedra que viajó a La Guaira al terminar el curso escolar. Los terremotos de magnitud 7,5 y 7,2 los sepultaron lejos de casa.
Imagen ilustrativa
viernes 7 de agosto de 2026

La escena lo dice todo.

Un comunicado municipal. Una frase que el Ayuntamiento de Marín calificó de «tristísima noticia». Y cuatro nombres —Lía, Ulises, Adela y Yhosvany— que cerraron una semana de angustia para una localidad de Pontevedra con la peor de las certezas.

Los cuatro miembros de la familia, residente en Marín, habían viajado a Venezuela al concluir el curso escolar para sorprender a sus allegados. Se alojaban en La Guaira, la región costera que los dos terremotos —de magnitud 7,5 y 7,2— convirtieron en una de las zonas más castigadas del sismo. Allí fueron identificados entre los cadáveres que dejó la catástrofe.

El Gobierno local no escatimó palabras. «Hay momentos especialmente duros como pueblo y hoy es uno de ellos», escribió el consistorio en su comunicado. El pésame se extendió a las familias directas, a la comunidad educativa del Colegio de la Inmaculada —donde estudiaban los dos hijos— y al Club de Hockey de Marín, que la propia familia había impulsado.

Los detalles cuentan la historia. Un viaje de reencuentro familiar. Un destino elegido por afecto, no por obligación. Dos niños que terminaban el colegio y cruzaban el Atlántico para abrazar a los suyos. La tragedia no distingue entre turistas y migrantes, entre quienes huyen y quienes regresan.

Venezuela acumula capas de dolor que van mucho más allá de la geología. La Guaira, puerto de entrada y salida de millones de venezolanos en las últimas dos décadas, recibió esta vez a una familia española que volvía con ilusión. El sismo no dio margen.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. La familia llevaba tiempo establecida en Marín, integrada en el tejido social de una localidad pequeña donde las ausencias se notan. El hockey, el colegio, los vecinos: todo apunta a una historia de arraigo, de esas que construyen comunidad sin aspavientos.

La identificación de los cuerpos cierra la incertidumbre, pero abre el duelo. El Ayuntamiento lo sabe y lo dice sin rodeos.

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Hay una dimensión que Hemisferio no puede ignorar. Venezuela sigue siendo un país donde la capacidad del Estado para responder a emergencias de esta magnitud es, en el mejor de los casos, opaca. La información sobre víctimas, rescates y labores de identificación llega fragmentada, filtrada por un aparato oficial que históricamente ha gestionado las crisis con más atención a la narrativa que a los hechos. Que una familia española haya sido identificada gracias, en parte, a la gestión consular y municipal española dice algo sobre dónde residen hoy las instituciones que funcionan.

El duelo de Marín es concreto y humano. Pero la pregunta que queda flotando —cuántas familias venezolanas sin consulado que las busque siguen sin identificar entre los escombros de La Guaira— es la que un Estado responsable debería estar respondiendo en tiempo real. Esa es la deuda que los terremotos dejan al descubierto: no solo de infraestructura, sino de gobierno.

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