Momentos de tensión se vivieron durante el debate de moción de censura en el Congreso de la República el miércoles 16 de septiembre de 2026, cuando los senadores Germán Rodríguez y Alejandra Omaña protagonizaron un cruce de palabras que mezcló acusaciones políticas, referencias al pasado de la congresista y reproches personales.
Rodríguez, del partido Defensores de la Patria, comenzó su intervención mostrando fotografías de varios congresistas del Pacto Histórico y presentándolas como parte de un señalamiento contra quienes, a su juicio, han dificultado resultados operacionales. En ese momento mencionó a Omaña y recordó que antes fue conocida como Amaranta Hank en la industria de cine para adultos.
Según la intervención de Rodríguez, en una de las fotos aparecía Omaña junto a Carlos Antonio Lozada, excongresista por Comunes y también identificado en su etapa en las Farc como «Julián Gallo». El senador la presentó como una imagen tomada cuando ella era Amaranta Hank y usó ese antecedente para reforzar su ataque.
La congresista pidió la palabra para responder después de la intervención de Iván Cepeda y abrió su réplica con un insulto directo contra Rodríguez. Le dijo que, si se hiciera un consenso en el Senado sobre quién es el senador más inculto y quien no se ha leído nunca un libro, la respuesta sería él.
Omaña también defendió la fotografía con Lozada. Afirmó que no se tomó una foto con un guerrillero, sino con «un firmante de paz que fue senador de la República», y le pidió a Rodríguez que recogiera su lenguaje «desenfrenado, irrespetuoso e injurioso».
El punto más sensible de su respuesta fue el referido a su pasado en la industria de cine para adultos. Omaña reconoció el nombre con el que trabajó y dijo que no tenía pena de haber sido Amaranta Hank. Según su explicación, esa decisión de vida respondió a la falta de oportunidades, a la desigualdad y a la falta de acceso a educación gratuita o a empleo digno.
También afirmó que tomó esa decisión porque quiso, porque elige sobre su cuerpo y sobre su sexualidad, y se definió como una mujer libre. Dijo además que no le permitirá a Rodríguez cuestionar sus decisiones de vida ni ahora ni en el futuro.
Al cierre de su intervención, Omaña subió el tono otra vez y le exigió al senador «tener pantalones», respetar y estudiar. Lo llamó «el loquito del Senado» y remató con una descalificación directa contra su intervención.
La escena lo dice todo. En pleno Congreso, un debate de moción de censura terminó absorbido por un choque de identidades, descalificaciones y cuentas pendientes que poco aportan a la deliberación pública. Lo que quedó expuesto no fue solo el pasado de una congresista, sino la facilidad con la que el aparato político convierte el recinto legislativo en una tarima para el escarnio.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: cuando el debate se desplaza desde la política pública hacia el ataque personal, pierde el ciudadano y gana la corrosión institucional. El respeto no es un adorno retórico; es la condición mínima para que el Congreso haga su trabajo sin degradarse en espectáculo.



