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Cómo hablar con un hijo sobre su imagen corporal sin cerrar la conversación

La reacción instintiva de decir «eres hermoso» puede calmar a un adulto, pero no siempre ayuda a un niño. Expertos citados por TIME recomiendan validar primero, preguntar después y mirar qué hay debajo de la preocupación por el cuerpo.
jueves 1 de octubre de 2026

Cuando un hijo llega de la escuela diciendo que odia su estómago, que nadie quiere ser su amigo porque es «gordo» o que todos en su clase se ven mejor, el impulso más común es responder con una frase rápida de consuelo. «¡Eres hermoso!», «¡Eres perfecto!». Pero esa reacción, aunque nazca de un buen lugar, puede cerrar la conversación que de verdad importa.

La pediatra Whitney Casares, de Portland, Oregón, dice que el objetivo inicial no es convencer al niño de que está equivocado, sino hacerle espacio a lo que siente. «El objetivo es ayudar a los niños a sentirse escuchados primero y realmente mantener la puerta abierta», dijo Casares.

La escena lo dice todo. Antes de ayudar, hace falta entender a qué responde el malestar: una broma cruel de un compañero, algo visto en línea o la incomodidad propia de la pubertad. Casares sostiene que esas posibilidades piden conversaciones distintas. Un niño que dice que todos son más delgados puede estar comparándose en clase de danza o sentirse excluido por un mejor amigo y asumir que la apariencia es la causa.

Charlotte Markey, profesora de psicología en la Universidad Rutgers y autora de libros sobre imagen corporal, recomienda dar tiempo para que el hijo explique y decirle que fue valiente al confiar algo difícil. Para Markey, que un niño lleve el tema a sus padres ya es una señal positiva. Incluso si el adulto no sabe bien cómo responder, mostrar que la conversación es bienvenida aumenta la probabilidad de que el niño vuelva a abrir el tema.

El punto clave, dicen las especialistas, es validar el sentimiento sin reforzar el juicio duro que el niño hace sobre sí mismo. No se trata de discutir de inmediato con cada crítica, sino de nombrar el dolor sin avalar la condena.

Si el detonante fue un comentario de un compañero, Markey sugiere preguntar: «¿Por qué crees que esa persona dijo eso?». Tal vez el niño que insultó ni entendía la palabra que usó, o simplemente estaba siendo cruel con todos. Explorar qué pasó puede ayudar al hijo a cuestionar cuánta importancia darle al comentario. «Si el niño puede llegar por sí mismo al punto de pensar: “No, están equivocados”, eso es mucho más poderoso», dijo Markey.

La respuesta automática del padre o la madre tiene un límite evidente: el niño sabe quién habla. Por eso el alivio no siempre llega con un cumplido. La confianza crece más cuando el menor llega a su propia conclusión de que el comentario ajeno no define su valor.

A preguntas como «¿Por qué soy más grande que mis amigos?», Markey propone una respuesta simple: la genética ayuda a dar forma a los cuerpos, igual que influye en la estatura o el color de ojos. Hablar del parecido familiar puede volver normales esas diferencias. El mensaje, dice, es que el niño no necesita parecerse a su mejor amigo y que su cuerpo no es un proyecto que deba arreglar.

Giulia Suro, psicóloga clínica en Washington, D.C., especializada en trastornos alimentarios, advierte contra el reflejo de contestar «No» cuando un hijo pregunta «¿Soy gordo?». Según Suro, esa respuesta puede reforzar la idea de que ser gordo es algo que da miedo. En cambio, recomienda preguntar qué significa esa palabra para el niño y de dónde aprendió a asociarla con algo negativo.

Suro cuenta que durante la primera semana de jardín de infancia su hija volvió a casa y dijo: «No soy la niña más bonita de la clase». En vez de responder con una garantía sobre su apariencia, le preguntó qué era lo que más la asustaba. La niña temía no hacer amigos, quedarse sola en el almuerzo y que nadie la quisiera.

Ahí aparecía un problema concreto. Ya no se trataba de belleza, sino de pertenencia. Podían hablar de con quién se sentaría, si podría pedir ayuda a una maestra o si Suro podría ofrecerse como voluntaria en el almuerzo. Preguntar por el miedo debajo de la queja sobre el cuerpo revela preocupaciones de aceptación o de valía que un elogio no resuelve.

Suro también recomienda tomar distancia de los pensamientos crueles. Si un hijo dice: «Mi estómago es asqueroso» o «Me veo terrible», sugiere responder: «Eso suena como un pensamiento cruel». La idea es recordar que se trata de algo producido por la mente, no de un hecho objetivo ni de una sentencia que deba obedecerse.

Después conviene preguntar: «¿Cómo te hace sentir ese pensamiento cuando está en tu cabeza?». También sirve explorar qué lo empuja a hacer: faltar a la escuela, cambiarse de ropa, abandonar una actividad o evitar a sus amigos. El objetivo es que el niño note cuándo un pensamiento duro empieza a decidir por él. «Queremos que las acciones siempre se basen en las cosas que son importantes para nosotros: nuestros valores, pasiones, entusiasmo, motivación, y no en pensamientos críticos», dijo Suro.

En la trastienda de estas recomendaciones hay una lección sencilla: no toda incomodidad con el cuerpo se resuelve con una frase amable. A veces el problema real es el miedo a no encajar, a no ser querido o a perder lugar entre los demás. Si los padres pasan por alto ese fondo emocional, el elogio puede sonar vacío y la conversación, morir antes de empezar.

Para una familia, el desenlace importa porque ahí se juega algo más amplio que la autoestima momentánea. Se juega la capacidad de un niño de pensar con claridad, de no tomar como verdad absoluta cada pensamiento duro y de no dejar que la vergüenza dicte sus decisiones. Y para una cultura que bombardea a los menores con imágenes, comparaciones y ansiedad, la respuesta más útil quizá no sea imponer una certeza desde arriba, sino enseñar a preguntar mejor desde adentro.

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