La Fuerza Aeroespacial Colombiana confirmó que el Facsat-2 Chiribiquete, el único artefacto espacial que el país mantenía en órbita, concluyó su vida orbital tras reingresar a la atmósfera terrestre.
La entidad explicó que la pérdida de altura obedeció a un decaimiento natural acelerado por el aumento de la actividad solar. También desmintió versiones sobre una pérdida imprevista sin notificación previa y aseguró que el informe oficial sobre el fin de la misión fue radicado ante el Gobierno del entonces presidente Gustavo Petro el 1 de diciembre de 2025.
La FAC agregó que la notificación internacional ante la Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre corresponde al Estado colombiano a través de su Misión Permanente. Frente a los reparos de miembros de la comunidad científica, la entidad sostuvo que, una vez consolidada la información técnica del fin orbital, tramitó el informe oficial ante el Ministerio de Relaciones Exteriores mediante la comunicación N.° 1581724-RA.
El satélite había sido lanzado el 15 de abril de 2023 a bordo de un cohete Falcon 9 de SpaceX desde Estados Unidos. Fue construido por la firma GomSpace con una inversión aproximada de $3.400 millones de pesos. Según la FAC, era el tercer satélite fabricado en Colombia y el segundo desarrollado bajo responsabilidad de la institución.
Su propósito principal era captar imágenes del territorio nacional para proyectos de topografía y cartografía. Además, el proyecto fue diseñado con equipos electrónicos calificados para operar hasta 5 años en el entorno espacial, aunque la estadía orbital estimada era de 3,04 años, sujeta a variaciones climáticas espaciales.
La FAC dijo que el reingreso anticipado se produjo porque la mayor actividad solar incrementó la resistencia en la atmósfera. La entidad subrayó que este fenómeno afectó a múltiples dispositivos a nivel global y señaló que 30 de los 51 satélites desplegados en ese mismo lanzamiento reingresaron a la atmósfera antes que el Chiribiquete.
La inoperatividad del satélite tomó relevancia pública tras el terremoto del 10 de agosto de 2026, cuando se requirió material fotográfico de alta precisión para la atención del desastre natural. Al no contar con el satélite en servicio, la FAC recurrió a sensores satelitales disponibles y a plataformas aéreas equipadas con sistemas electroópticos, con los que fotografió 6.626 kilómetros cuadrados de los municipios afectados.
Esas imágenes fueron entregadas a las mesas de coordinación interinstitucional integradas por la UNGRD, el PNUD, el Comando de Inteligencia Aérea y Espacial y el Centro Nacional de Recuperación de Personal. Pese a lo ocurrido, la FAC reiteró que el Programa Satelital de Colombia continúa vigente dentro de una estrategia de largo plazo orientada al desarrollo de conocimiento científico, la transferencia tecnológica y la formación de personal especializado.
La escena lo dice todo: el país pierde su único satélite en órbita y, al mismo tiempo, descubre que la respuesta pública depende de sistemas alternos, trámites administrativos y capacidad de reacción. No hay margen para la improvisación cuando el soporte tecnológico es tan estrecho.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La verdadera lección no es solo orbital; es institucional. Un programa que se presenta como estrategia de soberanía aeroespacial termina revelando la fragilidad de una infraestructura pequeña, costosa y expuesta a decisiones que deben llegar a tiempo. En un país que necesita datos, orden y continuidad, cada hueco tecnológico termina pagando intereses en seguridad, gestión del riesgo y dinero de los contribuyentes.



