A las 6:40 de la mañana, cuando el puerto apenas empieza a moverse y la cubierta todavía guarda el eco de los preparativos, el ARC Simón Bolívar ya está en marcha en el Pacífico colombiano. Al mando va la capitana de fragata Natalia María Otálora Murillo, primera mujer en comandar el buque científico de la Dirección General Marítima, la Dimar, en una misión que mezcla investigación, soberanía y anticipación climática.
La escena lo dice todo. El país enfrenta este año el fenómeno de El Niño más fuerte desde 1950, y la respuesta oficial no es un discurso sino un laboratorio flotante de acero, datos y tripulación especializada. El buque recorre miles de millas náuticas para recolectar información oceanográfica que permita proteger el territorio marítimo colombiano y entender mejor un ciclo climático que ya presiona la capacidad de respuesta del Estado.
Otálora lidera la Misión Océano: Capítulo Pacífico 2026, que inició el 3 de agosto desde Cartagena con una tripulación de 85 personas entre marinos y científicos. La operación se extenderá hasta la primera semana de noviembre, con resultados previstos para el primer semestre de 2027. Son cien días de navegación con tres grandes frentes: oceanografía física, química, biológica e hidrografía.
La primera fase recorre más de 7.000 millas náuticas sobre la plataforma continental. Allí se recoge información batimétrica, es decir, mediciones de la profundidad del fondo marino en relación con el nivel del mar, con el objetivo de actualizar la cartografía náutica del país. En términos prácticos, es el tipo de información que mejora la navegación, ordena el conocimiento del mar y reduce la dependencia de mapas desactualizados.
La segunda fase es el Crucero Oceanográfico del Estudio Regional del Fenómeno de El Niño, conocido como ERFEN, que zarpó desde San Andrés de Tumaco el 8 de septiembre en su edición número 65. En esta etapa se estudia el comportamiento de El Niño en 75 estaciones, 46 de ellas dentro de áreas marinas protegidas. La tercera, Pacífico Abisal: geografías del azul profundo, pretende mapear por primera vez ecosistemas del fondo marino que nadie ha visto todavía.
La misión también instalará tres boyas meteo-oceánicas en Buenaventura, Bahía Solano y Tumaco. Esos equipos reforzarán el sistema de alerta temprana del país ante eventos climáticos extremos. En una región donde el clima y el mar determinan transporte, pesca, puertos y seguridad, esa infraestructura no es ornamental: es capacidad de Estado.
Otálora, oceanógrafa e hidrógrafa formada en el Servicio Hidrográfico Nacional, ya había sido directora del Centro de Investigaciones Oceanográficas e Hidrográficas del Pacífico, el CCCP, y segunda comandante del mismo buque antes de asumir el mando. En su propia lectura, la autoridad se recibe con el cargo, pero el liderazgo se gana todos los días. También dice que no quiere ser recordada solo por ser la primera mujer, sino por dejar una mejor unidad, una mejor tripulación y una huella útil para Colombia.
A bordo viajan además 25 investigadores de distintos centros científicos del país. La misión se desarrolla en alianza institucional entre la Dimar, la Comisión Colombiana del Océano, Parques Nacionales Naturales, el Invemar, el IDEAM, la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca, las universidades Nacional, de Antioquia y del Valle, y el Fondo Mundial para la Naturaleza, WWF. Para la Dimar, este es uno de los principales esfuerzos nacionales de investigación oceanográfica emprendidos en el país.
El ERFEN se desarrolla de manera simultánea en Perú, Ecuador, Chile y Colombia, entre septiembre y octubre, con la Dimar como entidad coordinadora. En el tramo colombiano, la misión busca recolectar la información que el país necesita para enfrentar de manera informada un fenómeno de El Niño que, según las proyecciones mencionadas en la expedición, será el más fuerte desde 1950.
Natalia Arango Vélez, directora ejecutiva de Fondo Acción, pone el problema en su dimensión política: Colombia, dice, mira de espaldas al mar. Y agrega que lo que no se conoce no se aprecia ni se cuida. Su observación resume el valor de esta expedición: convertir un activo gigantesco en conocimiento útil antes de que el costo de la ignorancia recaiga sobre pescadores, puertos, comunidades costeras y contribuyentes.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el buque zarpó con cien días de navegación por delante. Lo que está en juego no es solo una campaña científica, sino la capacidad del país para administrar su mar con información propia y no con improvisación. En un Estado serio, los datos no son adorno técnico: son la base del orden, la prevención y la soberanía.
También hay una lectura de fondo que esta misión deja a la vista. Cuando una nación necesita mandar un buque científico a buscar las respuestas que debieron construirse durante años, queda claro que la relación con el mar todavía es incompleta. La inversión en ciencia aplicada no es un lujo; es una obligación pública. Y si esa obligación se cumple, gana el país. Si se posterga, pierde el ciudadano que termina pagando, otra vez, el precio de navegar sin mapa.



