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Claudio Fernández, el hombre del teatro desde adentro

El actor, director y jurado de los Premios Hugo falleció el 26 de julio a los 53 años. Tandil lo formó; Buenos Aires lo reconoció; el teatro independiente lo perdió.
Imagen ilustrativa
domingo 26 de julio de 2026

La noticia llegó un domingo. La Asociación Argentina de Actores confirmó ese 26 de julio la muerte de Claudio Gabriel Fernández, actor, director, gestor cultural y jurado de los Premios Hugo, a los 53 años. Nacido el 27 de octubre de 1972 en Tandil, provincia de Buenos Aires, Fernández había construido durante tres décadas una carrera que no siguió el camino más corto ni el más visible, sino el más honesto.

Los detalles cuentan la historia. Fernández no llegó al teatro por la puerta grande de la capital. Se formó primero en la Escuela Municipal de Teatro de Tandil, donde también se recibió como comunicador teatral, y continuó en el Instituto Superior de Teatro de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires —la UNICEN—. Solo después se trasladó a Buenos Aires para cursar en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático, hoy parte de la Universidad Nacional de las Artes. Ese recorrido, de adentro hacia afuera, marcó todo lo que vendría.

Su formación fue deliberadamente ancha. Talleres de maquillaje, danza —tango de escenario y salón, folklore, ritmos latinos, jazz—, dirección de actores, puesta en escena, canto, vocalización, teatro callejero, radioteatro, iluminación teatral y títeres de guante y varilla. También estudió cinematografía en la UNICEN y producción audiovisual en la Universidad Abierta Interamericana. Se formó además con referentes del teatro nacional como Rubén Szuchmacher, Patricia Gilmour, Paco Redondo, Luis Roffman, Miguel Ángel Santín, Luis Agustoni y Ana María Campoy, según informó la Asociación Argentina de Actores.

Esa amplitud no era dispersión: era método. Fernández entendió temprano que el teatro independiente argentino exige personas que sepan hacer más de una cosa, y que el técnico de iluminación y el director de actores a veces son la misma persona.

Su actividad en encuentros y certámenes fue sostenida durante años. Participó de los Encuentros de Teatro Universitario en Tucumán y Córdoba; de certámenes en Saladillo, Rojas y Mendoza; del Primer Encuentro de Teatro Independiente Teatro sin alfombras; y de la Tercera Semana de la Cultura Nacional y Popular organizada por el Municipio de Tandil. Integró también el Segundo Encuentro Provincial de Escuelas Municipales de Arte en Mar del Plata, donde participó con las muestras «Cromático», en la categoría Danza, y «Circense», en la categoría Integral.

En el área técnica trabajó en salas como El Hormiguero y el Teatro Estrada, de Tandil; La Fábrica Teatral, de La Plata; y La Cuadrada, de Mar del Plata. También integró el equipo técnico del ciclo de recitales de verano Buenos Aires Vivo II, organizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Como creador, fue coautor junto a la escritora Susana Maya de «La quena de cristal», una obra de teatro infantil. Como gestor, fue socio fundador del Centro Cultural El Errante, en Haedo, un espacio con vocación comunitaria. Y siendo presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela Municipal de Teatro de Tandil, organizó junto con la UNICEN el Primer Encuentro Nacional de Historia y Folklore en el Teatro Argentino, una iniciativa que reunió a referentes de todo el país en torno a la identidad cultural y las artes escénicas.

Fue también uno de los jurados de los Premios Hugo, los galardones más importantes del teatro independiente argentino. Ese lugar no se improvisa: se gana con años de presencia, de criterio y de compromiso con un sector que no tiene subsidios garantizados ni audiencias cautivas.

Realizó ciclos de radioteatro para emisoras de FM de Tandil y su zona de influencia, un formato que cultivó con la misma seriedad que el teatro en sala, y que le permitió llegar a públicos sin acceso habitual a las artes escénicas en vivo.

La escena lo dice todo. Fernández fue el tipo de artista que el teatro independiente necesita y pocas veces celebra en vida: alguien que construyó desde el interior del país, sin esperar que la capital lo descubriera, y que entendió la gestión cultural no como burocracia sino como extensión natural del oficio. En un ecosistema donde la supervivencia depende de la iniciativa privada y la vocación individual —no del aparato estatal—, su trayectoria es un argumento en sí misma. El teatro argentino no pierde un nombre; pierde una forma de hacer las cosas.

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