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Cien años de silencio recuperados

El Museo Lowe de Miami reúne más de 100 obras y 58 artistas cubanos en dos exposiciones que rescatan del olvido a creadores afrodescendientes marginados por el canon oficial, junto a las piezas del movimiento afrocubanista de los años treinta.
Imagen ilustrativa
martes 28 de julio de 2026

La escena lo dice todo. En las salas del Museo de Arte Lowe, en el campus de la Universidad de Miami, once pintoras cubanas cuelgan juntas por primera vez en la historia. Ninguna instrucción académica las reunió antes. Las reunió, en cambio, la constatación de que habían sido excluidas.

El Lowe anuncia dos exposiciones que permanecerán abiertas al público hasta el 12 de septiembre. La primera, El Pasado Mío/My Own Past: Contribuciones de afrodescendientes al arte cubano, fue organizada por el Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas de la Universidad de Harvard. La segunda, Afrocubanismo: Selecciones de la colección de Ramón y Nercys Cernuda, presenta obras clave del movimiento cultural que sacudió a Cuba entre los años treinta y cuarenta del siglo pasado.

Entre las dos muestras suman más de 100 obras que abarcan 200 años de producción artística, desde 1822 hasta 2022, con 58 artistas cubanos representados. El nombre más reconocible es Wifredo Lam: la exposición exhibe nueve de sus pinturas, incluyendo obras raramente vistas creadas en 1926, 1931 y 1937.

El curador invitado de ambas muestras es Alejandro de la Fuente, director del Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas de Harvard. Su diagnóstico es preciso: «En conjunto, estos artistas lograron algo notable: enfatizaron la idea de que no se puede imaginar a Cuba sin sus raíces africanas».

La versión que ahora se presenta en Miami es más amplia que la que se exhibió previamente en Cambridge. La adición de obras pertenecientes a colecciones locales duplicó el número de piezas históricas creadas antes de 1959.

Dos movimientos, una sola fractura

Las exposiciones abordan una paradoja que atraviesa la historia cultural cubana. El Pasado Mío documenta cómo los artistas de ascendencia africana fueron relegados y marginados del canon oficial. Afrocubanismo, en cambio, presenta un grupo distinto: artistas que, según la fuente, fueron clasificados como blancos durante sus vidas —con la excepción de Lam— y que, sin embargo, pusieron las culturas afrocubanas en el centro de su obra.

Ese movimiento surgió en los años treinta y alcanzó su punto máximo en los cuarenta. Muchos de sus protagonistas habían pasado por París en la década anterior, donde entraron en contacto con la fascinación parisina por el arte tradicional del África subsahariana. Lo que encontraron allá fuera los llevó a mirar adentro.

No sin tensiones. Según De la Fuente, a algunos de estos creadores se les consideró adoptadores de una historia que no les pertenecía, y ciertas obras suyas han sido catalogadas como explotadoras o caricaturescas. A otros, en cambio, se les reconoce como artistas que buscaban reimaginar a Cuba a través de sus raíces africanas y sus formas afro-religiosas.

«El afrocubanismo fue un movimiento transformador que produjo algunas de las piezas visuales más bellas en la historia del arte cubano. Nunca se había realizado una exposición como esta, enfocada específicamente en ese momento histórico», afirma De la Fuente. Y agrega un dato que no pasa inadvertido: los años treinta eran también los años del auge de la Alemania nazi y de las ideologías raciales más violentas. En ese contexto, estos artistas intentaban, según sus palabras, «repensar a Cuba de una manera más inclusiva, celebrando la presencia africana en la nación».

Hasta la década de 1920, la sociedad cubana había denigrado las manifestaciones culturales afrocubanas. Lo que el afrocubanismo propuso fue, en esencia, una Cuba donde distintos grupos sociales y distintos pasados pudieran coexistir.

Jill Deupi, directora ejecutiva y curadora principal del Lowe, resume el propósito de la muestra: «Es un privilegio para el Museo Lowe presentar esta impresionante exposición que no solo contextualiza estas voces perdidas, sino que también las pone en diálogo con artistas contemporáneos y artistas de la vanguardia cubana».

Fundado en 1950, el Museo de Arte Lowe alberga cerca de 19.000 obras que representan 5.000 años de creatividad humana.

La trastienda del olvido

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que once artistas cubanas —mujeres, afrodescendientes, excluidas del registro histórico— colgaron juntas por primera vez. Lo que estas dos exposiciones ponen sobre la mesa no es solo arte: es la evidencia de que el canon, cualquier canon, es también una decisión política. Las omisiones no son accidentales; son arquitectura.

El mérito de recuperar esas voces recae aquí en instituciones privadas y universitarias, no en el aparato estatal cubano, que durante décadas administró la memoria cultural de la isla a conveniencia. Que sea Miami —y no La Habana— el lugar donde esta historia se reescribe dice más sobre el régimen que sobre la ciudad.

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