Christa Pike quedó inconsciente, intubada y conectada a un ventilador después de que Tennessee fallara en ejecutar la pena de muerte esta semana, según sus abogados en documentos presentados ante la corte. La mujer permanece críticamente enferma en un hospital de Nashville, mientras su defensa pide preservar «cualquier y toda evidencia» relacionada con el intento fallido.
Pike fue condenada por el asesinato de Colleen Slemmer, ocurrido en 1995. De acuerdo con las fuentes judiciales citadas por sus abogados, recibió dos dosis letales de pentobarbital el miércoles, pero siguió con vida y luego fue trasladada en ambulancia al hospital. La pena capital estaba programada para convertirla en la primera mujer ejecutada en Tennessee en más de 200 años.
La escena dentro de la sala de ejecución, según la versión de la defensa, fue mucho más caótica de lo que suele admitir el aparato estatal. Los abogados afirman que el equipo intentó establecer acceso intravenoso con al menos siete agujas. En uno de esos intentos, una aguja se dobló en un ángulo de 90 grados al ser retirada. También sostienen que Pike sugirió dónde debían intentar insertar la vía y que, durante el procedimiento, se la podía escuchar llorar, gemir y respirar con dificultad.
El punto central de la nueva disputa está en qué ocurrió con el pentobarbital. La defensa sostiene que las líneas intravenosas no estaban correctamente colocadas y que las venas se habían roto, de modo que el fármaco pudo haber entrado en el cuerpo de Pike sin llegar a su circulación sanguínea normal. Un anestesiólogo que asesora a la defensa, Joel Zivot, dijo que dos dosis habrían sido suficientes para causarle la muerte si el medicamento hubiera ingresado a la sangre en una circulación normal.
Zivot agregó que la única explicación posible para su supervivencia es que el nivel sanguíneo de pentobarbital nunca fue lo bastante alto para causar la muerte. También señaló que las ampollas en el brazo de Pike sugieren una vena rota y que su condición de trombocitosis pudo haber favorecido la formación de coágulos en el sitio de la inyección. La defensa también pidió preservar evidencia física, escrita y electrónica.
Las autoridades penitenciarias defendieron el protocolo usado y dijeron que «el protocolo no permite procedimientos adicionales más allá de lo que se llevó a cabo». Hasta ahora, no han explicado qué salió mal ni han dicho si intentarán ejecutar nuevamente a Pike. El gobernador Bill Lee ordenó una revisión independiente y suspendió todas las ejecuciones en el estado por el resto del año.
Pike fue sentenciada a muerte en 1996 tras ser hallada culpable del asesinato de Slemmer, y las fuentes consultadas señalan que tenía 18 años cuando cometió el crimen junto con su entonces novio, Tadaryl Shipp, quien fue condenado a cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional.
La escena lo dice todo. Cuando el Estado administra la pena máxima, no hay margen para la chapuza ni para la improvisación. Si el procedimiento dependía de una colocación intravenosa correcta, el fracaso no es un detalle técnico: es la señal de que la maquinaria pública volvió a fallar en el punto más extremo y definitivo.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Lo que queda ahora no es solo una interna judicial, sino una pregunta de fondo sobre la capacidad del aparato estatal para ejecutar sus propias decisiones sin convertirlas en sufrimiento adicional. Los detalles cuentan la historia: en este caso, la credibilidad de la pena de muerte quedó atada a una sala, unas agujas y un protocolo que, según la defensa, terminó en una escena de daño grave y descontrol.



