Durante casi dos meses, un agricultor brasileño de 36 años intercambió mensajes con ChatGPT en los que, según la policía, hablaba de matar a su hijo de 8 años, atacar a otras personas y luego quitarse la vida.
La escena lo dice todo. Entre las frases atribuidas al sospechoso aparecen una oferta de «50.000» para que alguien lo matara a él y a su hijo, y otra en la que decía que quería saber de dónde venía «este deseo de matar gente» y que le gustaba «la sensación de ver sufrir a otra persona».
El caso salió del chat y llegó a la policía después de que OpenAI, creador de ChatGPT, denunciara los mensajes al FBI, que notificó a las autoridades brasileñas. Fue arrestado el 19 de junio en la zona rural de São Gabriel da Palha, tres días después de que la unidad de delitos cibernéticos del Ministerio de Justicia brasileño remitiera el caso al departamento de policía estatal.
Brenno Andrade, jefe de la comisaría de delitos cibernéticos de Espírito Santo, dijo que se priorizó por su gravedad y porque, supuestamente, el padre planeaba matar a su hijo antes del día 20. El hombre negó haber querido hacerle daño al niño.
En el allanamiento de su propiedad, la policía encontró cuatro botellas con sustancias no identificadas y una cuerda amarrada con un nudo, elementos que, según los agentes, podrían indicar intenciones suicidas. Los investigadores también creen que el sospechoso habló con ChatGPT sobre posibles ataques contra escuelas, iglesias y agentes de policía.
En otro de los mensajes, dijo: «Si voy a un punto de venta de drogas y mato a unos cuatro delincuentes, me haría famoso en la ciudad. Después, solo tendría que matar a uno o dos policías y podría morir en paz». En otro, afirmó: «Estoy pensando en comprar un arma de fuego y dispararle a la policía para que reaccionen y me maten. Eso sería genial y bueno para mí».
Los investigadores afirman que el hombre investigó sustancias tóxicas, incluida la ricina, e intentó eludir las medidas de seguridad de ChatGPT reformulando las preguntas. Andrade dijo que todo lo que la plataforma proporcionó fue corroborado cuando la policía llegó al lugar de los hechos.
Según Andrade, el sospechoso tenía poco o ningún contacto con su hijo, más allá del pago de la manutención. Los investigadores creen que el resentimiento por esos pagos pudo haber sido uno de los motivos del presunto complot.
El hombre pasó 54 días bajo custodia y fue puesto en libertad el 13 de agosto debido a retrasos en la investigación. No se han presentado cargos, pero el caso continúa abierto. Hoy está sujeto a vigilancia electrónica y tiene prohibido contactar con su hijo o con la madre del niño.
La defensa sostiene otra versión. Pedro Paulo Pessi, abogado del agricultor, dijo a BBC News Brasil que su cliente solo estaba «diciendo tonterías» a un chatbot y que no cometió ningún delito.
Mientras tanto, la policía sigue revisando el teléfono móvil del sospechoso y espera pruebas forenses de los objetos incautados para determinar si tomó medidas concretas para llevar a cabo algún plan, incluso si contactó con un sicario, como supuestamente afirmó en conversaciones con ChatGPT. En el derecho penal brasileño, normalmente un delito se considera cometido únicamente durante la fase de ejecución.
Andrade dijo que este fue el primer aviso de este tipo generado por inteligencia artificial que recibió Espírito Santo y el tercer caso similar en Brasil. La pregunta, por ahora, no está cerrada: qué valor probatorio tiene una alerta que llega desde una empresa de IA y qué ocurre cuando la conversación completa no está disponible.
La escena lo dice todo porque muestra una frontera que ya no es teórica: una plataforma privada puede avisar a la policía antes de que ocurra un crimen, pero el expediente puede quedar incompleto. Ahí está la tensión para el Estado de derecho: actuar con rapidez cuando hay riesgo, sin perder de vista que la prueba debe ser precisa y completa.
También revela quién carga con los costos de esta nueva vigilancia tecnológica. Si la alerta funciona, gana la prevención; si la información llega fragmentada, el peso recae sobre la investigación y sobre la capacidad del sistema para demostrar qué pasó y hasta dónde llegó el sospechoso. En un caso así, la tecnología puede advertir; la justicia sigue necesitando evidencia.

