Andrés Cepeda volvió a cantar sobre Colombia desde Bogotá. Lo hizo con Poligamia, la banda con la que creció artísticamente, y lo hizo en un momento distinto al de su juventud, cuando la violencia del narcotráfico, los atentados y la crisis política marcaban su memoria y también sus canciones.
A los 53 años, el músico sigue tomando distancia de la política. «Trato de evitar todo lo que tenga que ver con política porque creo que podemos estar al servicio de la comunidad de otras maneras y sin sentirnos utilizados por cierto interés o corriente política», dijo Cepeda a EL UNIVERSAL.
La conversación ocurrió dentro de un edificio de gobierno. Allí, Poligamia recibió un reconocimiento como embajadora de Bogotá, ciudad donde nació la agrupación y a la que sus integrantes regresan ahora no sólo para reencontrarse, sino para escribir juntos otra vez.
El giro es importante. Después de mucho tiempo, la banda volvió a componer y producir material nuevo. El primer tema de esa etapa se llama «Capitalino» y mira de frente a Bogotá. La canción confronta la ciudad que conocieron de jóvenes con la que habitan ahora.
Cepeda explicó que hay cosas de esa época que siguen ocurriendo y otras que han cambiado. «Hay muchas cosas de esa época que desafortunadamente siguen sucediendo y que hay que seguirlas diciendo, y hay otras que han cambiado un poco y también hay que decirlo», afirmó.
Su posición no es de indiferencia. Es, más bien, una defensa de la distancia. Para él, retratar la realidad no obliga a vestirla con una bandera ideológica. «Yo pienso que un artista lo que debe hacer es tratar de retratar su realidad, su entorno, su espacio, y está en el ojo de ese artista ver cómo lo retrata», dijo.
Esa idea atraviesa toda la entrevista. Cepeda no presenta al arte como un refugio ajeno a la sociedad, sino como una forma distinta de participar en ella. El concierto, en su visión, muestra esa posibilidad con una fuerza concreta: miles de personas con ideas distintas pueden reunirse frente a un escenario y cantar la misma canción.
«Desafortunadamente, a veces la política utiliza a los artistas para agrandar esa brecha y esa polarización, cuando creo que la función del arte es precisamente la opuesta. Es unir a la gente y hacer un poquito borrosas esas líneas que nos dividen para que entendamos que, a través de la expresión artística, nos podemos unir», dijo.
La escena lo dice todo. Mientras habla de unidad, el fondo es una región donde la música y la violencia han caminado juntas demasiadas veces. Cepeda llevó esa reflexión también al terreno mexicano. Allí, el auge de los corridos que narran la vida de narcotraficantes, organizaciones criminales, armas, dinero y violencia ha abierto un debate sobre el límite entre documentar una realidad y normalizarla.
Para el colombiano, su propia experiencia funciona como advertencia. «Nosotros también pasamos por un proceso similar al que está pasando México ahora y el fenómeno narco, de alguna manera, marcó muchísimo las pautas culturales, del periodismo, de la misma política», explicó.
Pero también pidió no reducir la conversación a lo más doloroso. Según Cepeda, hay muchísimo valor en las culturas colombiana y mexicana como para que todo se concentre en lo más triste. «Desafortunadamente, la cultura narco es muy atractiva, muy llamativa y vendedora, pero hay que tener cuidado con eso», advirtió.
Ahí está el desenlace de su postura. No se trata de dejar de contar la violencia. Se trata de no convertirla en modelo. «Los artistas somos capaces de retratar, pero también de moldear esas realidades», dijo.
Ese es el punto de fondo: el arte como espejo, no como propaganda. En una época en la que la política busca apropiarse de símbolos y voces, Cepeda defiende lo contrario. Que la música conserve su autonomía. Que no se vuelva herramienta de una corriente ni extensión de una trinchera.
Para una industria cultural que suele vivir entre el mercado, la fama y la urgencia del escándalo, la postura de Cepeda tiene una consecuencia clara. Protege la libertad creativa frente al aparato político. Y también recuerda que la cultura puede servir a la comunidad sin pedir permiso a las banderas.
En tiempos de polarización, esa es una forma de resistencia. No grita. No reparte consignas. Pero deja una idea nítida: cuando el arte se deja usar por la política, pierde su capacidad de unir. Y cuando conserva esa autonomía, todavía puede reunir a personas distintas frente a una misma canción.


