Desde 2019, una casa campestre en Caldas, Antioquia, alberga el programa Casa Ester, que ofrece hospedaje, alimentación, asesoría psicológica y formación en oficios a embarazadas sin red de apoyo definida. La iniciativa hace parte del trabajo social del pastor Brian Miller, un estadounidense que vive hace 23 años en Colombia y lidera la Iglesia Transformación Global, con sede en Sabaneta.
El origen del proyecto está en una escena concreta. Miller y sus voluntarios repartían alimentos a habitantes de calle en el centro de Medellín cuando una mujer embarazada le pidió ayuda. Ese encuentro lo llevó a buscar recursos para un lugar dedicado a madres vulnerables.
Casa Ester toma su nombre del personaje bíblico Ester. Miller dice que el objetivo es que las embarazadas que pasan por el programa se conviertan en «reinas» al alcanzar independencia económica y no se vean obligadas a mendigar en calles y semáforos.
La selección de beneficiarias no depende de la edad. Emma Arias, coordinadora del programa, dijo a EL COLOMBIANO que el principal criterio es que no reciban ayuda y estén en embarazo. También se revisan sus condiciones particulares y su disposición para modificar su proyecto de vida.
El programa no recibe habitantes de calle y analiza el consumo de sustancias psicoactivas para determinar si la convivencia es segura. Arias señaló que sí reciben mujeres consumidoras, siempre que no presenten un nivel de abuso de sustancias que impida su participación.
Las mujeres llegan por distintas vías. Algunas son remitidas por trabajadores sociales de hospitales u organizaciones sociales; otras conocen la iniciativa por recomendación de terceros o por anuncios en redes sociales. El equipo de Miller también encuentra candidatas en las jornadas de entrega de comida en el centro de Medellín.
Cada mujer recibe un plan de atención individual. El equipo cuenta con profesionales de psicología y trabajo social, además de acompañamiento espiritual y formadoras. Arias explicó que el plan se adapta a lo que cada participante necesita y quiere: algunas buscan permanecer un año, otras quieren parir e irse a trabajar de una vez.
Los avances se revisan cada dos meses. El tiempo de permanencia no es igual para todas y depende de la edad, las habilidades, el contexto familiar, los antecedentes de violencia y las necesidades de cada una. Según los responsables, algunas pueden avanzar en seis meses y otras requieren uno o dos años.
Desde que comenzó esta modalidad de casa hogar, unas 180 mujeres han pasado por el programa. La fundación mantiene contacto con algunas egresadas que viven de manera independiente, pero que todavía requieren apoyo en determinados momentos.
Ahora la organización prepara una segunda modalidad de atención para mujeres que necesitan formación y acompañamiento, pero no necesariamente vivir en una casa hogar. Según le dijeron a EL COLOMBIANO, la nueva sede estará en Boston y contará con talleres de habilidades para la vida, confección, repostería y acompañamiento psicológico y social.
La meta, según el equipo, es que las mujeres aprovechen la gestación para capacitarse y luego se incorporen al mercado laboral cuando tengan condiciones para hacerlo. También buscan que puedan reconstruir vínculos familiares y contar con alternativas para el cuidado de sus hijos.
La nueva sede tendrá capacidad para atender a mujeres bajo distintas modalidades. Algunas vivirán allí y otras asistirán solo a capacitaciones. En el taller de confección, por ejemplo, se proyectan grupos de unas 10 personas durante ciclos de tres meses. En otros procesos formativos se trabajará con grupos de alrededor de 20 mujeres.
Miller dijo que no recibe recursos del Estado. El funcionamiento depende de aportes privados, padrinos nacionales e internacionales, donaciones y trabajo voluntario. El equipo de base está compuesto por alrededor de siete personas contratadas y cuenta además con personal para turnos específicos, para un promedio de unas 10 personas vinculadas al trabajo.
El programa en Caldas tiene 12 cupos en la casa y busca mantener ocupadas la mayoría de las plazas para aprovechar los recursos disponibles. También recibe mujeres de otras ciudades del país. Arias dijo que cuando una mujer llama desde Bogotá, Cali u otra ciudad, se le entrevista virtualmente y, si cumple con el perfil, la fundación puede cubrir su transporte hasta Medellín.
La escena lo dice todo. Mientras el Estado mira de lejos, una red privada sostiene una respuesta concreta para mujeres embarazadas en riesgo, con trabajo, disciplina y donaciones. Ese es el tipo de solución que merece respaldo: la que crea oportunidades reales y no depende del aparato estatal para existir.
También hay una lectura más amplia. En un país donde tantas iniciativas sociales quedan atrapadas en la burocracia, Casa Ester muestra que la sociedad civil puede organizar ayuda, formación y acompañamiento sin esperar permiso ni subsidio público. Para quienes creen en la libertad, la familia y la responsabilidad, el caso de Caldas confirma que la caridad privada y la iniciativa individual siguen siendo más ágiles que el Estado.



