La escena lo dice todo. Mientras los misiles seguían cayendo, el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baqaei, se plantó ante las cámaras en Teherán y reconoció lo que pocos esperaban escuchar: los contactos diplomáticos con Estados Unidos no se han interrumpido. Siguen vivos, a través de mediadores, en la trastienda de una crisis que amenaza con desbordarse.
«Se nos han trasladado propuestas a través de los mediadores y las hemos recibido, pero por ahora no puedo dar detalles», dijo Baqaei en rueda de prensa este lunes. La frase resume la paradoja del momento: dos potencias intercambian golpes en la región y, al mismo tiempo, intercambian mensajes a puerta cerrada.
Irán confirmó además que el objetivo de esos contactos es «rebajar las tensiones y volver al cumplimiento del alto el fuego de abril y los términos del memorando de entendimiento firmado en junio». Dos documentos que, según Teherán, Washington incumplió primero. «Cuando la otra parte incumplió sus obligaciones una tras otra, nosotros destacamos que no cumpliríamos con las nuestras», argumentó el portavoz. La lógica iraní es lineal: el memorando vale lo que vale el cumplimiento mutuo; sin eso, «no será más que un documento escrito».
Estados Unidos lleva varios días lanzando ataques contra Irán alegando precisamente esas violaciones del memorando. Teherán las rechaza, denuncia a su vez violaciones del alto el fuego y ha respondido con ataques contra intereses estadounidenses en la región. El ciclo de acción y reacción ha alimentado el temor a un colapso total de las negociaciones de paz.
Pero el colapso, al menos por ahora, no ha llegado. «El aparato diplomático está cumpliendo con sus deberes en paralelo con las acciones de las fuerzas armadas», subrayó Baqaei, quien añadió que «algunos mediadores han trasladado mensajes» en los últimos días. No reveló qué países actúan como puente, ni el contenido de las propuestas recibidas.
El portavoz iraní eligió un lenguaje que mezcla firmeza y apertura. Rechazó los argumentos de Washington como «excusas para continuar con su ofensiva», pero al mismo tiempo pidió «abandonar las ideas románticas y fantasiosas sobre la guerra y la paz». «La guerra es algo real», advirtió. «La paz es un bien extremadamente caro, especialmente en nuestra región, en la que la guerra se ha abaratado y se ha normalizado».
La declaración apunta a una audiencia doméstica tanto como a la internacional. Baqaei necesita mostrar que Teherán no es el agresor —«la guerra nos fue impuesta», repitió— y que la República Islámica no renuncia a la vía negociada, aunque tampoco capitula. Es el equilibrio retórico habitual en las crisis iraníes: no cerrar puertas, no abrir demasiado las ventanas.
Los detalles cuentan la historia. El hecho de que Irán haya confirmado públicamente la existencia de propuestas en tránsito sugiere que alguna de las partes —o los propios mediadores— tiene interés en que ese canal sea visible. La publicidad del secreto es, en sí misma, una señal: nadie quiere ser visto como el que cerró la última puerta.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El memorando de junio y el alto el fuego de abril representaron el intento más concreto de los últimos meses por estabilizar una relación que arrastra décadas de hostilidad. Que ambos documentos estén ahora en disputa —cada parte acusando a la otra de haberlos roto primero— ilustra la fragilidad de cualquier arquitectura diplomática construida sobre desconfianza estructural.
Desde la línea editorial de Hemisferio, el cuadro merece una lectura sin eufemismos. La política exterior de la administración Trump ha apostado por la presión máxima como palanca negociadora, y los ataques de los últimos días son coherentes con esa doctrina. El riesgo, sin embargo, es que la presión sostenida sin salida negociada creíble no doblegue a Teherán sino que lo endurezca ante su propia opinión pública. El canal de mediadores que Irán ha confirmado este lunes es, en ese sentido, un activo que conviene preservar: es el único mecanismo que, en este momento, separa la crisis de su peor desenlace. Que siga abierto no es mérito de la retórica; es el resultado de que ninguno de los protagonistas, por ahora, ha querido ser el último en colgar el teléfono.


