La escena lo dice todo. En la esquina de avenida Cabildo y Juramento, un empleado de pizzería cuelga banderas argentinas mientras atiende el celular con el rabillo del ojo. A su lado, una vendedora de ropa explica que bajará la persiana en cuanto el árbitro pite el inicio. A menos de 24 horas del partido entre Argentina e Inglaterra, Buenos Aires no espera: ya está adentro del partido.
Ariel Fernández, de 28 años, trabaja en Accademia della Pizzería, en la esquina de Cabildo y Juramento. Su diagnóstico es directo: «Esto explota». Los salones con pantallas grandes son la excepción a la regla general de persianas bajas. Isaías Hernán, de 22 años y compañero de Ariel, confiesa que hubiera querido decorar el local de forma especial para el cruce con los ingleses. No pudo, pero el ambiente lo hace solo.
El contraste entre negocios es el retrato de una ciudad que negocia con el fútbol. En el local de ropa Rakis, Seline Valdez lo tiene calculado: «Si no hay alargue, volvemos a abrir. Pero si el partido se extiende, cerramos directamente». Ella y otros empleados de la cuadra se reunirán frente a la pantalla de un kiosco cercano. En Cuesta Blanca, en cambio, abrirán igual, aunque Araceli Rodríguez, de 24 años, ya sabe lo que viene: «Casi no entra gente. Nosotras vemos la transmisión desde el celular».
Los detalles cuentan la historia. Alejandra Tomé, de 55 años y conductora de Cabify, no cerrará. Su razón no es económica: es una cábala. «Me agarró el segundo partido manejando en un embotellamiento y desde ahí seguí igual. Por cábala tengo que trabajar», explica. Escucha los partidos por radio y, más de una vez, festejó goles junto a sus pasajeros. René Facio, de 53 años, repartidor de delivery nacido en Cuba y radicado en la Argentina desde 2001, evalúa el movimiento antes de decidir. Se hizo hincha de la selección después de ver el Mundial de México 1986 y el gol de Diego Maradona. Ahora mira el partido desde la moto, si hay trabajo.
Las cábalas son el idioma secreto de esta previa. Romina Gastaldi, vestuarista de 47 años, tiene el protocolo listo: remera de manga larga debajo de la camiseta de la selección y unas medias de Messi que usa desde el primer partido. «No lavo nada, ni la remera ni las medias», admite entre risas. Sobre el cruce con Inglaterra, el tono cambia: «Estoy sensible y emocionada. Espero que no haya peleas, pero quiero que ganemos. Tenemos que ganar».
Ariana Loese, de 22 años y estudiante de Diseño Gráfico, ve el asunto de otra manera. «Para mí es un partido más», dice. Pero igual tiene su ritual: reunirse con el mismo grupo de seis o siete amigos. «Aunque sea a la hora de la merienda, la picada tiene que estar sí o sí. Vamos a comprar salame, queso y papas fritas».
La pausa colectiva llegó también al sistema de salud. Desde un importante hospital privado de la Ciudad de Buenos Aires reconocieron que, tras la clasificación argentina a la siguiente instancia, «muchos pacientes comenzaron a cancelar o pedir la reprogramación de sus turnos». La respuesta fue reorganizar la agenda para evitar un cuello de botella. El Hospital Austral, por su parte, indicó que la actividad asistencial se mantiene con normalidad, aunque algunos profesionales decidieron reprogramar turnos del horario del partido.
En educación, el Ministerio de la Ciudad confirmó a La Nación que las escuelas funcionarán con normalidad este miércoles. Cada establecimiento definirá de manera autónoma cómo organizar las actividades durante el horario del partido. La provincia de Buenos Aires tampoco anunció modificaciones al calendario escolar.
Para Hemisferio, la imagen de Buenos Aires en modo selección no es solo color local. Es el retrato de una sociedad que sabe organizarse sola, sin decreto ni asueto oficial: comerciantes que deciden, pacientes que reprograman, trabajadores que negocian con su propia cábala. La libre empresa y el sentido común hacen lo que ninguna circular ministerial podría ordenar. El partido empieza antes del pitazo inicial, y la ciudad ya eligió su lugar en la cancha.



