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Brasil: la disputa por el voto evangélico abre una pelea clave para la derecha y Lula

Los evangélicos suman más de 47 millones de personas y pueden volver a inclinar la elección brasileña. La pulseada muestra que ningún bloque tiene asegurado ese caudal y que el trabajo territorial pesa más que las consignas.
Imagen generada con IA
lunes 28 de septiembre de 2026

Es domingo por la mañana en Río de Janeiro. Mientras unos jóvenes bailan sin camisa en una calle del centro, la iglesia Batista do Caminho abre sus puertas a los feligreses. La escena lo dice todo: en Brasil, la batalla política también se libra en los templos, y el voto evangélico volvió a quedar en el centro del tablero.

La comunidad evangélica suma más de 47 millones de personas, equivalentes al 27% de la población, según el Censo de 2022. En algunas encuestas, ese dato puede llegar al 30%. Es el nivel más alto de la historia de Brasil, un país que sigue ostentando el récord de tener el mayor número de católicos del mundo.

La pelea no es nueva. En 2018, el voto de los evangélicos fue considerado uno de los factores clave para la victoria de Jair Bolsonaro. Según Datafolha, obtuvo la preferencia de unos 21,6 millones de cristianos, equivalentes al 69% del total. Cuatro años después, en 2022, Bolsonaro fue derrotado por Lula por un puñado de votos. En la recta final de la segunda vuelta, Datafolha mostraba entre los evangélicos una ventaja para la candidatura de la ultraderecha, con entre el 55% y el 59% de preferencia, frente al 26% al 32% de Lula.

Hoy, el universo evangélico aparece más disputado. Una encuesta de Datafolha muestra que el 52% de los evangélicos se identifica con las pautas conservadoras de la derecha, entre ellas el no al aborto, la defensa de la familia tradicional y el rechazo a la llamada ideología de género. Pero al mismo tiempo, el Partido de los Trabajadores de Lula lleva años trabajando para acercarse a ese electorado.

En 2015, el PT creó el Núcleo de Evangélicos. Junto al Movimiento Sectorial Interreligioso, ese grupo intenta mitigar el rechazo hacia el PT, la izquierda y Lula, un sentimiento que, según el reportaje, es fomentado desde las principales iglesias evangélicas. La estrategia mostró resultados: un sondeo de Quaest de junio reveló que Lula había subido siete puntos entre los evangélicos y Flávio Bolsonaro había caído nueve.

Para Magali Cunha, investigadora del Instituto de Estudios de la Religión, sería un error reducir el comportamiento de este segmento a una sola etiqueta. «Las personas deciden porque son evangélicas, pero también porque son mujeres, negras, pobres, o porque son hombres sin trabajo o jóvenes sin oportunidades... Todo eso en conjunto determina la forma de votar», destaca.

Del otro lado, Silas Malafaia, uno de los líderes evangélicos con más peso de Brasil, sostuvo que Flávio Bolsonaro es el «candidato favorito de los evangélicos». El pastor, que ofició la boda de Jair e Michelle Bolsonaro en 2013, remarcó que Bolsonaro representa a su padre y su vieja penetración en el mundo evangélico. La frase muestra hasta qué punto la derecha todavía conserva un puente poderoso con parte de ese electorado.

Pero el propio texto también expone que la izquierda no renunció a pelear ese espacio. Nilza Valéria Zacarias, coordinadora del Frente de Evangélicos por el Estado de Derecho, dice que el trabajo de grupos como el suyo explica la mejora en las encuestas. Desde 2021, ese frente mantiene un programa de radio llamado «Papo de Crente», donde, a partir del texto bíblico, difunden información sobre el derecho, la defensa de la democracia y la construcción de ciudadanía.

Cosme Felippsen, pastor y secretario estatal del Núcleo de Evangélicos del PT en Río de Janeiro, va más lejos: sostiene que es posible ser de izquierda y ser evangélico al mismo tiempo. Según él, la extrema derecha observó el crecimiento de los evangélicos y comenzó a penetrar en los púlpitos y templos. En su iglesia, dice, antes no veía políticos agarrando el micrófono; ahora eso cambió.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: la disputa ya no pasa solo por la fe, sino por quién logra organizar mejor a los creyentes como fuerza política. Los detalles cuentan la historia. En Brasil, el voto evangélico no es un bloque monolítico ni una propiedad exclusiva de la derecha; es un terreno en disputa donde pesan la identidad religiosa, la condición social y la capacidad de cada fuerza para construir presencia.

El desenlace importa porque revela algo más amplio: la política brasileña sigue premiando a quien consigue arraigo social antes que a quien solo levanta consignas. Para los protagonistas de esta pelea, el beneficio no está en el discurso sino en la organización. Y para los votantes, la pregunta es otra: quién traduce mejor sus valores sin convertirlos en botín de aparato político.

En esa tensión se juega una parte de la elección. La fe mueve multitudes, pero también revela la fragilidad de los atajos ideológicos. El voto evangélico puede inclinar la balanza, sí, pero no pertenece de antemano ni al oficialismo ni a la oposición. Quien quiera ganarlo tendrá que hacerlo en la trastienda, templo por templo, no en el eslogan.

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