En 2018, un pequeño felino cubierto de barro llegó al refugio Senda Verde, en los Yungas de La Paz, Bolivia. Un joven de una comunidad lo había encontrado solo, bajo una intensa lluvia, a orillas de un camino vecinal. Pensó que era un gato doméstico, pero después notó actitudes que no encajaban con esa idea y lo llevó al refugio.
Allí creyeron primero que se trataba de un Leopardus tigrinus. Le pusieron Tigrino, aunque su apariencia no terminaba de cerrar. Senda Verde contactó entonces a la bióloga boliviana Paola Nogales-Ascarrunz, que junto con un equipo de científicos inició una investigación en 2019.
El resultado fue la confirmación de una nueva especie para la ciencia: Leopardus tilcayo. El equipo analizó información genética de 38 felinos de distintos países de Sudamérica y concluyó que Tigrino pertenecía a una especie diferente a las conocidas hasta ese momento.
Nogales-Ascarrunz explicó que el grupo empezó a secuenciar genomas enteros de gatos en 2021 y 2022, y que desde 2024 trabaja con un equipo internacional liderado por el doctor Eduardo Eizirik de Brasil. Según la investigadora, el gato boliviano había divergido de otros gatos tigre hace 1.4 millones de años.
En taxonomía, dijo, cuando un gato diverge a partir de un millón de años ya se considera otra especie. Por eso, el Leopardus tilcayo fue considerado merecedor de ese estatus.
La diferencia principal es genética, aunque también hay rasgos morfológicos que lo separan de otros felinos comparados. Nogales-Ascarrunz señaló que, frente al Leopardus pardinoides de Colombia, el tilcayo es mucho más pequeño, tiene el pelo más corto y una cola menos esponjosa. También indicó que el pardinoides presenta anillos en la cola, mientras que el tilcayo tiene manchas y solo en la parte final muestra algunos anillos.
Por ahora, la especie ha sido encontrada en los Yungas de La Paz, tanto norte como sur. Es un bosque húmedo de montaña que, según la bióloga, está siendo amenazado.
Nogales-Ascarrunz advirtió que el hábitat del gato es uno de los ecosistemas más frágiles por tratarse de un ecosistema de montaña. Los incendios son, dijo, un problema principal porque la gente habilita tierras de cultivo y luego hay fuegos que se escapan. A eso se suma que el ecosistema tarda en restaurarse.
La investigadora también habló de otra presión: la minería ilegal y legal, que se ha incrementado en los últimos años, sobre todo la minería del oro, con efecto en los cauces de los ríos. En el caso de otros minerales en las montañas, mencionó el uso de dinamitas que explotan y perturban a algunos animales, desplazándolos.
Dijo además que hay un puma acercándose a las comunidades por esas explosiones, y que eso también afecta al gato. En el bosque yungueño, agregó, hay solo parches de vegetación y no una conectividad ideal entre ellos.
La escena lo dice todo. Un felino que la ciencia apenas acaba de nombrar ya vive bajo la presión de incendios, minería y fragmentación del bosque. Descubrir una especie nueva es una buena noticia para la biología; proteger su hábitat debería ser una obligación inmediata del Estado y de las autoridades que administran ese territorio.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Tigrino dejó de ser una curiosidad de refugio y pasó a ser Leopardus tilcayo. El hallazgo recuerda que el patrimonio natural no se defiende con discursos, sino con resguardo efectivo, límites claros a la destrucción del bosque y reglas que protejan la vida silvestre antes de que el daño se vuelva irreversible.


