La controversia explotó tras unas declaraciones de Rodrigo Londoño, alias «Timochenko», ante la Jurisdicción Especial para la Paz. Allí, el exjefe de las Farc habló del trato que, según él, recibían los secuestrados durante el cautiverio y aseguró que una de las prioridades de la guerrilla era garantizarles la alimentación.
Incluso contó que, en algunos casos, la carne era para los secuestrados y no para los guerrilleros que los custodiaban. En sus palabras: «Para el secuestrado había carne, para nosotros no había. A nosotros nos tocaba comer algo que llevaba cuchuco dulce, que es maíz molido con panela. Pero había un señor muy particular al que le encantaba el cuchuco y nos daba a nosotros la carne para que diéramos el cuchuco».
Las imágenes de la diligencia mostraron a «Timochenko» tranquilo, sentado frente a los magistrados, respondiendo preguntas en un ambiente que, por momentos, parecía más cercano a una conversación que al relato de algunos de los episodios más duros del conflicto. Esa escena generó críticas, indignación y rechazo en distintos sectores. También reabrió la pregunta sobre por qué los responsables de hechos tan graves aparecen hoy en escenarios de este tipo, mientras la JEP sostiene que su actuación responde al cumplimiento de lo establecido en el Acuerdo de Paz.
Pero la versión del exguerrillero chocó de frente con lo que muchos secuestrados han contado durante años al recuperar la libertad: hombres y mujeres salían de la selva visiblemente debilitados, desnutridos, enfermos y, en muchos casos, con secuelas físicas y psicológicas profundas.
Una de las voces que salió a controvertirlo fue Ingrid Betancourt, quien permaneció más de seis años secuestrada por las Farc. Al conocer las declaraciones de «Timochenko», recordó lo que significaba para los cautivos recibir comida durante el secuestro.
«Para nosotros, los siete años fueron arroz y lentejas. Manteníamos con hambre. Recuerdo cuando escuchábamos llegar la olla con la comida. Eso hacía ruido, como un ruido de metal. Uno comenzaba a salivar como los perros de Pavlov. Teníamos esa obsesión con la comida, ese dolor de la comida. Lo sentimos y lo vivimos», dijo en entrevista con la FM.
Luego remató: «Entonces, para que nos vengan a decir que es que ellos se sacrificaban por nosotros, es de un descaro. Falso».
La guerra en Colombia sigue siendo, también, una disputa por el relato. Para quienes estuvieron secuestrados, la experiencia fue hambre, sometimiento y condiciones extremas. Para quienes participaron de esa violencia, el incentivo sigue siendo otro: intentar acomodar el recuerdo, suavizar el daño o vestirlo de justificación.
Y ahí está el problema de fondo. No basta con que el aparato de justicia escuche a los protagonistas de la guerra; también tiene que contrastar sus versiones con las de las víctimas y con las pruebas. En un país que todavía carga las heridas del secuestro, la memoria no puede quedar en manos de quienes hicieron parte del horror.
La escena lo dice todo. Mientras unos buscan instalar una versión amable de lo ocurrido, las víctimas recuerdan una verdad más incómoda: el secuestro fue una maquinaria de control, hambre y degradación humana. En esa disputa, no solo está en juego el pasado. También está en juego el derecho de las víctimas a que el país no confunda relato con realidad.
Para una sociedad que aún intenta reconstruir la verdad, el costo de relativizar estos hechos es enorme. Cuando el testimonio del victimario gana espacio sin el debido contraste, pierde la memoria pública y se debilita el principio más básico de justicia: llamar a las cosas por su nombre.


