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Bala de bienvenida en Esmeraldas

El ministro del Interior de Ecuador, John Reimberg, fue recibido a tiros durante un operativo antidrogas en la costa norte del país. Once detenidos, incluyendo un policía corrupto.
Imagen ilustrativa
viernes 31 de julio de 2026

La escena lo dice todo.

Cuando el ministro del Interior de Ecuador, John Reimberg, se acercó a una vivienda en Esmeraldas como parte de un operativo contra una red de narcotráfico y tráfico ilegal de combustible, una mujer abrió fuego desde adentro. No era una amenaza vacía: era el estado real del territorio.

«Nos recibió a bala. Al ver la presencia importante de los policías que nos acompañaron, decidió lanzar el arma y esconderse», relató el propio Reimberg a los medios tras el incidente. La tiradora, identificada como Patricia Espinosa, alias Lili, fue detenida junto a otras diez personas en un operativo desplegado simultáneamente en las provincias de Manabí y Tungurahua.

Los detalles cuentan la historia.

Espinosa no operaba sola. Según las autoridades ecuatorianas, coordinaba junto a dos hermanos la logística de una organización criminal que utilizaba las costas de Esmeraldas y Manabí para el acopio y envío de droga. Las mismas costas que durante años han funcionado como corredor estratégico para el narco hacia Europa y Norteamérica.

El ministro publicó en sus redes sociales un video en el que aparece interactuando con la detenida. En la grabación, Espinosa asegura haber disparado «por equivocación», argumentando que «hay muchos ladrones». Reimberg le respondió con tono reprobatorio que «solamente por el arma tiene tres años de prisión».

Pero el capítulo más revelador del operativo no fue el disparo al ministro. Fue el uniforme entre los detenidos.

Uno de los once arrestados resultó ser un agente de la Policía Nacional. La infiltración del crimen organizado en las fuerzas del orden es, desde hace años, uno de los talones de Aquiles del sistema de seguridad ecuatoriano. Reimberg no lo suavizó: «El que traiciona el uniforme, traiciona al país, y este mal policía tendrá el castigo que merece».

Para entender el presente hay que volver a esa semana.

Ecuador lleva varios años en una espiral de violencia vinculada al narcotráfico que transformó al país, antes considerado un remanso de paz en la región, en uno de los escenarios más convulsos de América del Sur. El gobierno del presidente Daniel Noboa ha apostado por una respuesta de fuerza, con operativos de alto perfil y presencia directa de funcionarios en el terreno. Que el propio ministro del Interior encabece personalmente un allanamiento en Esmeraldas —una de las zonas más peligrosas del país— es parte de esa lógica de visibilidad política.

El riesgo es evidente. También lo es la señal.

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Lo que ocurrió en Esmeraldas no es un episodio aislado: es un termómetro. Una organización capaz de infiltrar a un policía, de coordinar logística en tres provincias y de recibir a tiros a un ministro en funciones no es una banda marginal; es una estructura con raíces profundas en el aparato estatal y en el tejido social de la costa ecuatoriana.

El operativo demuestra que el Estado ecuatoriano todavía puede golpear. Pero el disparo que recibió Reimberg —y del que salió ileso— recuerda también que el crimen organizado no retrocede sin resistencia. La pregunta que queda abierta no es si el gobierno tiene voluntad de combatirlo. Es si tiene la capacidad institucional sostenida para hacerlo: fiscales sin amenazas, jueces sin presiones, policías sin doble lealtad. Ese es el verdadero campo de batalla, y los once detenidos de hoy son apenas una batalla en una guerra mucho más larga.

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