Para entender el presente hay que volver a esa semana en que los restauradores levantaron los primeros pisos de la iglesia de San Antonio Abad y encontraron que Lima guardaba, debajo de sus propios muros, una ciudad más antigua que ella misma.
La iglesia fue construida en 1765 por el arquitecto limeño Cristóbal de Vargas. Dos años después, el inmueble pasó a denominarse iglesia San Carlos por disposición real, en el contexto de la expulsión de la Compañía de Jesús del Perú. En 1924, durante los actos por el centenario de la Batalla de Ayacucho, el recinto fue destinado al Panteón de los Próceres, el espacio donde la república peruana conserva la memoria de quienes protagonizaron su independencia. Tres vidas en un solo edificio, y aún así el edificio guardaba secretos.
La Gerencia de Prolima, organismo de la Municipalidad Metropolitana de Lima, ejecuta el proyecto de recuperación integral del monumento. Los trabajos comprenden la restauración de la torre campanario, el altar mayor, el púlpito, el inspiratorio y la restauración o restitución de más de 150 piezas de cerrajería. También incluyen el mantenimiento de la cripta de los héroes y la actualización de la museografía del Panteón. La conclusión está prevista para 2026.
Pero los detalles cuentan la historia. Luis Martín Bogdanovich, gerente de Prolima, lo admitió sin rodeos ante Infobae Perú: «Cuando empezamos el proyecto no sabíamos todo lo que íbamos a encontrar en el camino. Las obras siempre nos dan sorpresas.» La primera sorpresa fue arqueológica: los especialistas identificaron restos de una iglesia anterior al terremoto de 1746, el seísmo que destruyó Lima y que forzó la reconstrucción de buena parte del Centro Histórico. Esos vestigios permiten rastrear una etapa constructiva que hasta ahora no figuraba en la documentación disponible del inmueble.
La segunda sorpresa llegó desde las alturas. Durante la intervención de la torre campanario apareció decoración pictórica correspondiente a la primera mitad del siglo XVIII. «Me ha sorprendido muchísimo porque es de gran belleza y no sabíamos que la íbamos a encontrar», dijo Bogdanovich. Las pinturas murales permanecieron ocultas durante décadas, probablemente cubiertas por capas de enlucido aplicadas en remodelaciones sucesivas.
La tercera fue subterránea. El equipo localizó la cripta jesuita, cuya existencia no figuraba entre las expectativas iniciales del proyecto. «También hemos encontrado la impresionante cripta de los jesuitas», señaló el funcionario. La Compañía de Jesús fue expulsada del Perú en el siglo XVIII, pero dejó bajo el suelo de Lima una huella que los siglos no borraron.
Cada hallazgo implicó, según Bogdanovich, nuevos desafíos técnicos y administrativos: adaptar el proyecto sobre la marcha, incorporar los descubrimientos al plan de intervención sin comprometer la integridad del monumento. «Cuando uno empieza a restaurar un inmueble o una obra de arte, conforme va retirando los pisos y otros elementos, va encontrando sorpresas», explicó.
Uno de los componentes más minuciosos del proyecto es la recuperación de las piezas metálicas originales: bisagras, chapas, goznes, cerrojos, cerraduras, pestillos y llaves. Las piezas existentes pasan por procesos de limpieza, ensamblaje e incorporación de injertos cuando resulta necesario. Donde los elementos desaparecieron, artesanos elaboran nuevas piezas en hierro forjado siguiendo estudios sobre la cerrajería tradicional limeña. «Dios está en los detalles», resumió Bogdanovich.
Los trabajos, que concluirán en 2026, buscan reincorporar San Antonio Abad a los recorridos patrimoniales del Centro Histórico de Lima.
La escena lo dice todo. Debajo de la república hay un virreinato, y debajo del virreinato hay otro virreinato más antiguo. Lima no es una ciudad de capas geológicas sino de capas de decisiones humanas: expulsiones reales, terremotos, centenarios, guerras de independencia. Cada una tapó a la anterior. El mérito de proyectos como este no es solo técnico: es el de sostener con dinero público —y con artesanos que forjan hierro a la manera de hace tres siglos— la continuidad de una memoria que, de otro modo, se habría perdido bajo el enlucido de la indiferencia. En un país donde el debate patrimonial suele ahogarse en burocracia y en disputas de competencia institucional, que una obra de restauración arroje hallazgos de esta magnitud es, antes que nada, un argumento a favor de hacerla bien.



