La escena lo dice todo. En la bodega de la casa de su abuela paterna, muerta en 2016, Rafael Guendelman Hales encontró un conjunto de cintas que nadie le había mencionado. Su padre, artista visual y cineasta como él, nunca había hablado de su existencia ni de su contenido. Lo que guardaban esos rollos era la vida cotidiana de una familia judía chilena que emigró a Israel en los años setenta. Un episodio que el padre prefería no tocar.
«Era una especie de tesoro escondido en la bodega. Nunca imaginé que me encontraría con algo así», dice Guendelman, nacido en Santiago en 1987 y descendiente de judíos y palestinos. El hallazgo se convirtió en la excusa que necesitaba para abrir una conversación que la muerte de la abuela —«que tiene un gran peso simbólico en toda familia judía», señala— había vuelto, por fin, posible.
De esas charlas padre e hijo nació Az Zeeb, su primer largometraje, que acaba de tener su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Marsella —FIDMarseille— y que llegará a salas chilenas durante el primer semestre de 2027. La película narra en paralelo dos trayectorias: la de una familia judía que emigra desde Chile a Israel y la de una familia palestina expulsada de la aldea de Az-Zeeb tras la llegada de colonos. Sin respuestas simples, advierte el director.
El formato como argumento
Los detalles cuentan la historia. Guendelman decidió filmar en Super 8, el mismo formato de las grabaciones originales de su abuelo. Tras un proceso de digitalización y corrección de color, los materiales de los años setenta y las imágenes rodadas por él en 2017 y 2024 se funden en un mismo tejido visual. El resultado, dice, es que «en algún punto no sabes si son los años 70 o 2025, si es Palestina, Israel o Chile».
La elección no es estética sino conceptual. Al inicio del documental, la madre del director señala que su familia no tenía cámara para filmar. Esa ausencia es, según Guendelman, una metáfora deliberada: «Los que construyen la historia son los que tienen las imágenes, los que tienen un archivo y les dan una narrativa. En general los ganadores son los que cuentan la historia». Israel, explica, conserva un archivo documental extenso sobre sus orígenes; la historia palestina, en cambio, «ha sido destruida y desplazada, y ha habido una pérdida de archivo».
La cámara que recorre esas imágenes no es la de un observador omnisciente. «No es una cámara tranquila que te muestra todo. No es una mirada hegemónica, sino que es una mirada más bien parcial», describe. Un archivo de propaganda israelí es la única excepción; el resto son registros domésticos, erráticos, personales.
Un viaje de siete meses y un giro familiar
Para entender el presente hay que volver a esa semana —o, en este caso, a ese año. En 2012, cuando tenía 24 años, Guendelman viajó a Israel gracias a un programa financiado para jóvenes judíos menores de 26. Llevó su cámara. No tomó el vuelo de regreso y se quedó siete meses en Palestina. «Ese año fue de gran aprendizaje», recuerda. «Me conecté muchísimo con lo que pasaba allá y con la realidad de ambos lados».
En 2017 volvió al territorio para filmar. Luego vinieron el videoarte Aliyá, yeridá y el proyecto editorial Nosotros estudiamos hebreo, piezas que, según el director, sentaron las bases del largometraje. Admira al cineasta palestino Kamal Aljafari y al israelí Avi Mograbi, a quien describe como «una especie de Ignacio Agüero israelí».
Los eventos de octubre de 2023 y la escalada posterior modificaron el material. En 2024 el equipo viajó a filmar nuevas escenas e incorporó las protestas que se produjeron. El padre del director, que en la película tiene «una trayectoria que va cambiando», terminó por revisar su relación con Israel. «Hoy en día no hay áreas grises», dice Guendelman. «Más allá del color político, esto no es humano».
Lo que está en juego
Az Zeeb llega en un momento en que el debate sobre quién posee el relato —quién tiene el archivo, quién financia el viaje, quién decide qué se filma— se ha vuelto inseparable del conflicto mismo. El mérito del trabajo de Guendelman es haber planteado esa pregunta desde adentro: no como observador externo sino como alguien cuya propia genealogía reproduce la fractura.
La lección que emerge no es ideológica sino más antigua: las familias, como los Estados, construyen su identidad sobre lo que eligen recordar y sobre lo que dejan en la bodega. Cuando alguien abre esa bodega, la historia se complica. Y esa complicación, en el mejor cine documental, es precisamente el punto de partida.



