La publicación era sencilla. El 27 de julio, Alejandro Giraldo, diseñador gráfico, ilustrador y fundador de la marca Velmost, escribió en el perfil de Instagram de su marca una invitación directa: si estás cansado de que el algoritmo no muestre tu arte o el de tus artistas favoritos, comenta con tu Instagram o taggea a tu amigo artista.
Giraldo calculaba unos 50 comentarios. Van más de 5.000.
La chispa y el incendio
La campaña, bautizada Artistas contra el algoritmo, nació de una dinámica que Velmost lleva años cultivando: concursos de dibujo, ilustración y fotografía, encuentros presenciales llamados Coffee n' draw, colaboraciones con artistas locales. Una comunidad construida a fuego lento, que de pronto encontró una pregunta que le resonaba a todo el continente.
Respondieron artistas de Colombia, Argentina, Chile, Puerto Rico y más países de América Latina. El espectro fue amplio: estudiantes de animación, diseñadores 3D, ilustradores, escultores, fotógrafos, editores, tatuadores, diseñadores. La idea original era seleccionar trabajos y compartir diez cada lunes durante agosto. El volumen de respuestas hizo imposible publicar el trabajo de todos, pero algo más interesante ocurrió: los participantes empezaron a seguirse entre sí, a apoyarse, a construir red por cuenta propia. La campaña terminó siendo, según el propio Giraldo, «una especie de directorio de creativos en América Latina».
«El resultado fue realmente inesperado», admitió.
El peso invisible
Detrás de la campaña hay un diagnóstico incómodo. Cada día se comparten más de 100 millones de fotos y videos solo en Instagram; si se suman las Stories, la cifra se acerca a los mil millones de interacciones diarias. Sobresalir en ese volumen no es cuestión de talento: es cuestión de frecuencia, formato y obediencia al algoritmo.
Los expertos recomiendan publicar en el feed entre tres y cinco veces por semana y compartir entre dos y cinco historias diarias. Sostener ese ritmo es, en la práctica, un segundo trabajo.
Giraldo lo nombra sin rodeos: «El algoritmo ha cambiado mucho las dinámicas y la manera como creamos y mostramos eso que creamos. Hay una parte psicológica superpesada, un asunto de salud mental por el que pasamos los artistas y del que poco se habla, la presión que tenemos con las redes, la ansiedad que surge cuando lo que publicamos no llega a la gente que queremos o no tiene likes».
Lleva 13 años con Velmost. Empezó en Flickr, pasó a Facebook y terminó en Instagram. El recorrido no es solo un historial de plataformas: es un proceso de negociación personal con la exposición y sus costos.
«Uno tiene que aprender a lidiar con esto. Hay que entregar una parte, pero no todo; no hay que sucumbir y hacer cosas que lo hagan sentir incómodo, porque eso se nota. Hay que ser constantes y muy honestos con el trabajo, no subir las cosas por complacer el algoritmo, sino porque eso nos llena», dice Giraldo. Y añade algo que suena casi a fe: «Uno no sabe para quién postea, puede que tenga 10 seguidores y 5 likes, pero entre esos 5 likes lo vio alguien que puede conocer a alguien. A mí me ha pasado muchísimas veces».
La trayectoria le da crédito a esa convicción. Giraldo ha colaborado con Feid, La Miguería y La Fábrica de Licores de Antioquia. La última colaboración fue con Atlético Nacional, el equipo que él mismo describe como el de sus amores.
Lo que la campaña revela
Hay algo significativo en que una iniciativa nacida desde una marca independiente —sin respaldo institucional, sin presupuesto de difusión estatal— haya logrado lo que ningún programa de fomento cultural logró: conectar a miles de creadores latinoamericanos en días.
La lección no es menor. Cuando el Estado y las grandes plataformas fallan en visibilizar el trabajo creativo, son los propios artistas —organizados desde la libre iniciativa, desde la comunidad construida sin subsidio— quienes llenan el vacío. Velmost no pidió permiso ni financiamiento público: publicó, preguntó y escuchó. El mercado de la atención, tan distorsionado por los algoritmos de las grandes tecnológicas, encontró por un momento un cortocircuito hecho a mano. Eso, en sí mismo, es una forma de libre empresa.



