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Amparo contra el mérito: una madre exige que la UAEM admita a su hija sin alcanzar el puntaje

Una demanda de amparo ante el Poder Judicial federal pone en jaque los exámenes de ingreso de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. El argumento: el filtro académico viola el derecho constitucional a la educación.
Imagen ilustrativa
jueves 30 de julio de 2026

La escena lo dice todo.

Una madre de familia se presentó ante los juzgados federales con una demanda de amparo contra la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) para exigir que su hija sea admitida en la Facultad de Medicina, a pesar de no haber alcanzado el puntaje requerido en el examen de ingreso. El recurso quedó radicado y publicado en estrados, lo que lo convierte, según la información disponible, en un precedente contra las políticas de cupo limitado de la institución.

El argumento jurídico es directo: la demanda sostiene que el filtro de selección impuesto por la UAEM vulnera el derecho humano a la educación garantizado en el artículo 3° Constitucional. La promovente espera que la justicia federal determine si la autonomía universitaria y sus mecanismos de evaluación sobrepasan la obligación del Estado de garantizar la cobertura en educación superior, o si procede ordenar a la UAEM la asignación inmediata de la matrícula a la aspirante.

Los números del contexto son elocuentes. En el proceso de admisión 2026, un total de 12 mil 843 aspirantes presentaron el examen de ingreso a la UAEM para una oferta disponible de solo 8 mil 700 espacios. El resultado: más de 4 mil 100 jóvenes quedaron fuera en la primera fase. La crisis de absorción educativa de la universidad estatal no es, entonces, un caso aislado; es el telón de fondo de una disputa que ahora llega a los tribunales.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el expediente se publicó en estrados. Lo que estaba en juego no era solo el futuro académico de una joven aspirante a médica. Era la pregunta de fondo: ¿puede un juez federal ordenar a una universidad autónoma que admita a quien no pasó su propio examen?

La autonomía universitaria tiene rango constitucional en México. Las universidades autónomas fijan sus propios planes de estudio, determinan sus criterios de ingreso y administran su patrimonio sin interferencia directa del Estado. Ese principio ha sido la columna vertebral del sistema de educación superior público durante décadas. La demanda lo pone en colisión directa con otro derecho también constitucional: el acceso a la educación.

Los detalles cuentan la historia. No se trata de una acusación de irregularidad en la aplicación del examen, ni de un señalamiento de discriminación. La demanda, según la información disponible, cuestiona la existencia misma del filtro de selección como mecanismo legítimo cuando el resultado es dejar fuera a miles de aspirantes.

El litigio llega en un momento en que el sistema de educación superior mexicano arrastra una tensión estructural: la demanda de acceso crece, la oferta de espacios no crece al mismo ritmo, y el aparato estatal no ha resuelto la ecuación con más infraestructura ni con más financiamiento. En ese vacío, la vía judicial se convierte en el recurso de última instancia para quienes no obtuvieron un lugar.

Desde Hemisferio, el ángulo es inevitable: si un tribunal federal ordena la admisión de una aspirante que no alcanzó el puntaje requerido, el precedente no beneficia a esa joven en particular —beneficia al principio de que el mérito académico es negociable ante un juez. El examen de ingreso no es un capricho burocrático; es el instrumento con el que una facultad de Medicina —donde la competencia técnica tiene consecuencias directas sobre vidas humanas— garantiza un estándar mínimo de preparación.

El verdadero problema no está en la familia que acude a los tribunales: está en un sistema que produce 4 mil 100 rechazados por ciclo sin ofrecer alternativas reales. Mientras el Estado no resuelva la brecha entre demanda y oferta con inversión genuina en educación superior, los juzgados federales seguirán recibiendo amparos que, en el fondo, son el síntoma de una política pública que no alcanza. Usar al Poder Judicial para sortear el mérito no amplía la educación; solo redistribuye la injusticia.

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